Nadia Calviño, ministra de Economía

Un seguro de rigor contra el poderoso comando del gasto

Sobre esta gallega sin filiación política descarga Sánchez la responsabilidad de dar lustre ortodoxo en Bruselas a sus decisiones sociales y económicas

Nadia Calviño, ministra de Economía.
Nadia Calviño, ministra de Economía.

De rigor técnico, perfeccionismo en el trabajo, pragmatismo en las decisiones y tenacidad en las negociaciones inversamente proporcional a su menudez física, Nadia Calviño (La Coruña, 1968) es el estandarte que Pedro Sánchez lleva a Bruselas para defender y explicar a los socios comunitarios y a los mercados internacionales las decisiones económicas que se toman en el Consejo de Ministros.

Es la guardiana del sello del rigor fiscal, el escudo que todo país comprometido con el equilibrio de sus cuentas públicas necesita para neutralizar las demandas desmedidas del poderorísimo comando del gasto con el que convive en la mesa ovalada del Palacio de la Moncloa. De la firmeza de sus decisiones y de la capacidad para hacer naufragar las de otros muchos compañeros de banco azul dependerá que España prosiga modernizándose con reformas y mantenga el crecimiento para absorber el desempleo que enfermizamente arrastra la sociedad española.

Hija del primer responsable de la Televisión pública con el gobierno de González, (José María Calviño) esta economista y abogada inició su carrera profesional en el Ministerio de Economía; pero hace ya catorce años emprendió un enriquecedor y exitoso viaje por los intrincados laberintos económicos de la Unión Europea. Comenzó como directora general adjunta de Competencia, pasó por la dirección general de Servicios Financieros de la Comisión como cargo de confianza de Michel Barnier, y culminó su primera etapa comunitaria (el destino seguro que le tiene reservados honores mayores, según quienes conocen sus objetivos) como responsable de los presupuestos europeos.

Un ideario social-liberal

  • Rigor y corrección de desigualdad. Su discurso es socialdemócrata con matices, a sabiendas de que está en una sociedad con una economía con poco margen para cultivar las dos orillas del río: liberalismo, reformismo y rigor presupuestario, con el reparto de la riqueza que limite la desigualdad.

  • Obsesionada con la modernización. Toma también las riendas de la digitalización de la administración pública, una de sus obsesiones reformistas, junto con la adopción plena de las normas comunitarias protectoras de consumidores e inversores.

Refuerza su poder en el Consejo desde la vicepresidencia tercera para Asuntos Económicos, un cargo que obstentaron antes que ella Pedro Solbes y Elena Salgado, con distinta suerte, pero que González le negó a Miguel Boyer por imposición de Alfonso Guerra, en el que fue el episodio más explícito de la pelea entre el rigor económico y el capricho político. Una disputa que podría reproducirse con la presencia de un vicepresidente de Derechos Sociales encarnada por Pablo Iglesias, el perfil más izquierdista del Gobierno, y que pretende dar transversalidad a las decisiones.

No lo tendá fácil Calviño para compatibilizar el rigor fiscal con el vasto programa socializante que Sánchez ya ha pactado con Iglesias, que solo puede ser atendido con gasto público. No hay cuantificación presupuestaria, pero tiene varios ceros y no es financiable con la estructura fiscal actual, ni siquiera con las subidas de impuestos agitadas en el debate político.

Calviño, que tendrá en José Luis Escrivá al mando de las pensiones al mejor aliado estratégico, sabe que en 2019, con unas cuentas supuestamente austeras, fue imposible reducir una sola décima el desequilibrio fiscal; sabe lo que le espera para 2020 y siguientes; sabe que exprimir más el crecimiento modesto que tiene España es complicado, y que tendrá que sudar tinta para convencer al comando del gasto, más numeroso y agitador que nunca, de que sin crecimiento, sin generación de riqueza, no hay reparto que valga.

 

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