El envejecimiento exige una reforma integral de pensiones y mucho ahorro

Hay que actuar en varios frentes, tanto en los ingresos como en los gastos, para reducir el riesgo que supone desconfiar de la prestaciones de retiro

Las finanzas de la Seguridad Social se deterioran cada año que pasa porque los gastos en pensiones no dejan de crecer y los políticos no encuentran el momento de reformar los parámetros de los ingresos y los pagos, pese a saber cuán grave es el diagnóstico de la situación, y en qué medida se va a deteriorar en los años venideros por el envejecimiento demográfico. La feliz noticia de la prolongación de la vida, esa que lleva a la certeza de que ya hay miles de personas con más de 100 años en España y que entre los nacidos hoy una generosa proporción superarán también el siglo de vida, puede convertirse en un mal sueño si la sociedad no logra dar una respuesta que proporcione a los moradores españoles confianza financiera. Hoy el sistema público de pensiones no la proporciona y las alternativas complementarias privadas no consiguen abrir un hueco lo suficientemente importante como para dar sosiego colectivo, puesto que es minoría quien opta por los planes privados y con cuantías de capitalización muy modestas.

La jornada que sobre planes de pensiones en España ha organizado CincoDías con la colaboración de Ibercaja, que en su quinta edición ha afrontado la situación con muy cualificadas aportaciones de los expertos, deja claro que hay que darse bastante prisa en solventar el problema, porque el déficit cercano ya a los 20.000 millones de euros anuales que las pensiones públicas tienen será creciente y de más complicada solución cuanto más tiempo pase.

No hay una tecla mágica que devuelva la salud al auténtico enfermo que es la Tesorería de la Seguridad Social. Hay que actuar en varios frentes, tanto en los ingresos como en los gastos, para que el riesgo de la desconfianza acerca de las prestaciones de retiro se conjure. Lo primero que los españoles deben saber, y no saben por la negligencia de los políticos en esta materia, es que las pensiones del futuro no pueden ser tan generosas como las actuales, y que, a pesar de todo, las aportaciones deberán ser más abultadas.

Tras ese ejercicio de realidad, debe acoplarse la edad de retiro efectivo a la exuberante esperanza de vida; debe ajustarla más la contributividad; debe ligarse la propia cuantía de las prestaciones a la duración del retiro, rescatando el imperfecto factor de sostenibilidad eliminado alegremente el año pasado tras haberlo incorporado trabajosamente en 2013 al acervo legislativo. Y deben fortalecerse los mecanismos de ahorro de la gente, en una operación en la que deben estar implicados tanto la legislación como la imaginación de la industria financiera como única fórmula de que ganen terreno en el patrimonio de los particulares los activos más líquidos, y se produzca una complementación lenta pero segura de una pensión pública inevitablemente menguante.