Bicefalia, desconfianza y egos, los riesgos del futuro Gobierno

Socialistas y podemitas se han dejado más de millón y medio de votos en seis meses debido a su incapacidad para llegar a un acuerdo

Bicefalia, desconfianza y egos, los riesgos del futuro Gobierno

Tras lo sorpresivo del escaso tiempo en ponerse de acuerdo sobre unos mínimos genéricos, no así en el propio hecho de que las izquierdas se pongan de acuerdo tras el veredicto de las urnas, laten en el horizonte próximo severos interrogantes, ¿estaremos en caso de conseguir la investidura –ayer mismo el PNV cedía en Vizcaya un escaño– ante un gobierno que dure una legislatura? De otra parte, ¿cómo será en verdad esta coalición, auténtica o una cohabitación oportunista y de intereses recíprocos pero necesarios entre los socios?, ¿entrará alguno más, como por ejemplo Más País? ¿cuál será el precio de la gobernabilidad de los nacionalistas, hoy más envalentonados que nunca? Y la pregunta más evidente, ¿cómo responderá España frente a un Gobierno, por vez primera desde la República puramente de izquierdas, con todo el arco parlamentario de izquierda representado? Recuerden que Felipe González nunca estuvo dispuesto a que los comunistas entrasen en sus Gobiernos de minorías mayoritarias, pero a cambio, sí necesitó el apoyo del nacionalismo catalán. Hoy ya todos sabemos, como también supo el siguiente Gobierno popular, a qué condujeron aquellos votos de investidura y sus prebendas, algunas ocultas.

La lección que depararon las urnas este pasado domingo arroja tragos amargos para digerir, sobre todo, para algunos. Auge de una derecha montaraz y sin complejos en la que pocos o casi nadie de quiénes les votaron saben cuál es su programa, y un centro diluido hasta la nada tras los errores de quien hoy podía estar sentado en el Consejo de ministros y llevando España en funcionamiento y no esta interinidad que, de momento, solo de momento, parece que se despeja. Socialistas y podemitas se han dejado más de millón y medio de votos en estos seis meses, culpa de su falta de acuerdo. Pero Sánchez e Iglesias se han dejado por el camino su nula sintonía durante este tiempo y un no pequeño cruce de reproches, desconfianzas, recelos y cordones sanitarios. Amén de súplicas de último minuto que rozaron el esperpento político, no menor que el de otros. No quieres caldo, pues toma taza y media, y donde dije digo, digo diego.

¿Había otra solución? Realmente no. Pues muchos hemos apostado por un Gobierno de gran coalición capaz de sentar el rumbo de este país con bisturí y seriedad y de dejarse de tanto error y soberbia, pero no han querido. El PP, que sí tiene razón al decir que ni siquiera le han llamado, nunca se abstendría. Lo repitieron hasta la saciedad, incluso todavía piden la dimisión de Sánchez. Ciudadanos apenas cuenta, aunque diez actas son diez votos en la investidura. Pero no lo olvidemos, lo mejor que le puede pasar a la derecha, es este Gobierno de izquierdas que active sus posibilidades y el olvido de su pasado y trayectoria. Todo es cíclico y llegará su turno. Quizás no muy lejano y ni siquiera en cuatro años.

¿Pero por qué despierta tanto recelo un pacto que es algo natural? Sí, natural, es lógico que los partidos pacten, acuerden. Y no lo que hemos vivido hasta el presente. Y lo es que las derechas lo hagan entre sí, y las izquierdas entre los suyos. Muertas las bisagras, en las que nunca cree el electorado, la solución natural es la que es. Lo que no quiere decir que sea lo mejor para un país. Pero de momento hemos escuchado más lamentos y quejas de mal agorero que bendiciones o de dar al menos, el beneficio de la oportunidad. ¿Por qué esta reacción? En el fondo también hay desconfianza a la verdadera armonía que pueda existir realmente entre las dos formaciones y que no se produzca en Moncloa una bicefalia y en los ministerios de cada uno, una independencia visceral y poco leal entre socios.

Ambos saben que tienen que sobrevivir, y esta era la última oportunidad. Que lo consigan o no dependerá de su inteligencia y de su propio instinto. Por lo de pronto los diez puntos base –no 150 como hubo en marzo de 2016 con Ciudadanos, a priori– los compraríamos casi todos. Son generalidades de sentido común. ¿Quién no desea empleo de calidad, la España vaciada y oportunamente publicitada por las huestes políticas en época electoral, quién no quiere mejores salarios, mejores indemnizaciones por despido, pensiones, competitividad, etc.? Todos lo queremos, pero ¿de dónde va a salir todo ese dinero y de modo que no ponga en peligro el crecimiento, la competitividad y el equilibrio presupuestario? Y aquí empieza uno de los múltiples caballos de batalla entre los dos formaciones y las que vengan para apuntalar Moncloa cuatro años: la disparidad de enfoques, premisas, imposiciones y criterios. Desde la ortodoxia financiera que a priori está en las manos de Nadia Calviño y la extravagancia de ciertos populismos que lo estará en las de Iglesias. Por lo de pronto, ¿qué solución se brindará a la venta de Bankia? ¿Acaso piensan igual unos y otros? ¿Y qué decía expresamente el programa de Podemos?

Mal harían si conciben de nuevo la economía como un gran demiurgo de subvenciones y trágalas que es lo que es este país en este punto, gobierne quién gobierne. ¿Cómo se van a implementar las políticas sociales de verdad, desde una dependencia efectiva y útil, hasta una mejor gestión de la sanidad pública? ¿Acaso el proyecto de unos y otros coincide? Y la gran cuestión, Cataluña. Después del socorrido uso de la palabra diálogo, está la realidad, ¿hasta donde tensará Podemos el límite de lo admisible y tolerable frente a un nacionalismo que necesitan imperiosamente para gobernar y que cobrará su tributo?

El mayor peligro que acecha en este pacto se llama desconfianza mutua, recelo y egos. Bicefalias y cada uno a contentar a sus parroquias respectivas, olvidando o quizá, orillando, los verdaderos intereses generales. La Bolsa castiga, pero también son los inversores los que castigan a aquellos que recelan y son los empoderados económicos que mueven bastidores. Todo está por ver. Incógnita.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas