Evo Morales ha sido víctima de su propio éxito

Cuanto más ricos se vuelven los ciudadanos, menos tolerantes se vuelven respecto a la conducta de sus líderes

Cartel electoral de Evo Morales, el martes en La Paz (Bolivia).
Cartel electoral de Evo Morales, el martes en La Paz (Bolivia). AP

El dimitido presidente boliviano Evo Morales dice que es víctima de un golpe de estado. En realidad, puede que haya sido víctima de su propio éxito. La reducción de la pobreza le ayudó a mantenerse en el cargo casi 14 años, pero puede que la creciente clase media esté menos dispuesta a tolerar la corrupción.

Las protestas estallaron poco después de las elecciones presidenciales del 20 de octubre, cuando un recuento preliminar se detuvo inexplicablemente, y luego se reinició mostrando de repente que Morales tenía el margen de victoria de más del 10% que necesitaba para evitar una segunda vuelta. Después de que la Organización de Estados Americanos publicara que los resultados probablemente fueran falsos, los militares presionaron a Morales para que renunciara.

Este lío puede sorprender si se miran las estadísticas. Durante su largo mandato, se ha producido la reducción más significativa de la pobreza de cualquier país sudamericano. La clase media creció del 35% al 58% entre 2005 y 2017. Y el país ha disfrutado de un crecimiento promedio del PIB del 4,9% durante su permanencia en el cargo, según el FMI.

Pero el futuro es incierto, incluso sin trampas. El auge de los productos básicos que ayudó a generar prosperidad ha terminado. El país tiene tanto un déficit comercial como un déficit fiscal. El modelo económico que funcionó con precios de combustible más altos –vendiendo gas natural y minerales y repartiendo los ingresos mediante un fuerte gasto gubernamental– va a tener que cambiar.

Los bolivianos tampoco son una cómoda clase media según los estándares del mundo rico. Su PIB per cápita es de solo unos 3.500 dólares anuales, uno de los más bajos de América del Sur. La nueva clase media de los países emergentes ha sido esencial en los recientes movimientos contra la corrupción política de Brasil, Turquía o Chile.

Esto envía un mensaje para otras economías emergentes. Cuanto más ricos se vuelven los ciudadanos, menos tolerantes se vuelven respecto a la conducta de sus líderes, incluso aquellos que hayan ayudado a generar el cambio positivo.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías