El riesgo es estar invertidos en activos sin rentabilidad

Pagamos mucho, incluso puede costarnos dinero, por lo estable y lo poco volátil

El riesgo es estar invertidos en activos sin rentabilidad

Octubre está volviendo a ser otro de esos meses interesantes a los que nos tienen acostumbrados últimamente los mercados. Ya en el ecuador del mes, hemos asistido a importantes caídas en las bolsas, seguidas de una fuerte recuperación que deja las cosas como estaban al principio, o incluso mejor para mercados más rezagados como el japonés o los emergentes.

El Fondo Monetario Internacional y la OCDE acaban de revisar a la baja el crecimiento mundial, y de la mayoría de los países, para este año y para el que viene. En cuestión de seis meses, desde la última revisión, la previsión de crecimiento mundial para 2019 ha caído dos o tres décimas, actualizando el impacto de la escalada reciente de la guerra comercial. Aun así, estamos hablando de un crecimiento próximo al 3% (2,9% para la OCDE) en el año en curso. Poco se está comentando, sin embargo, del nuevo impulso monetario administrado por los principales bancos centrales y de la caída reciente del precio del petróleo, factores que van a impulsar el crecimiento económico, en alguna medida, en muchas partes del mundo.

Estamos dentro de una de las expansiones económicas más largas de la historia y, aunque llevemos tiempo empeñados en que debe estar cerca la siguiente recesión, la tozuda realidad es que no termina de llegar. Y cuando llegue, será, probablemente, difícil de prever. Parece que a los economistas tampoco se nos da excesivamente bien anticipar este fenómeno. Según un estudio publicado recientemente por JP Morgan, de las 153 recesiones vividas en 63 países entre 1992 y 2014, solo cinco de ellas fueron predichas por un consenso de economistas del sector privado en abril del ejercicio previo.

Llevamos tanto tiempo con malas sensaciones respecto a la desaceleración económica, la guerra comercial o el Brexit, que casi se nos olvidaba que las cosas, además de poder seguir empeorando, a veces también mejoran o, al menos, dejan de empeorar.

De repente, tenemos lo que el presidente Trump ha llamado acuerdo de primera fase con China que, si al final se materializa, permitirá enfriar la guerra comercial y ser un primer paso para fases, siguiendo con el término, más ambiciosas. Con el Brexit, después de tres años desde el referéndum y tres primeros ministros, estamos más cerca que nunca de un acuerdo para la salida de los británicos, lo que ha supuesto un alivio para la libra esterlina y, en general, para los activos de riesgo.

Como comentaba recientemente en un artículo el psicólogo José Carrión: “La vida actual nos mantiene en estado de alerta permanente, con la sensación física de que algo importante va a ocurrir en cualquier momento”. Quizá, el exceso de información al que estamos sometidos y la constante apelación a las emociones sea parte de esos atributos de la vida actual –con una influencia evidente de las redes sociales– que no ayudan a que tomemos decisiones más razonadas.

Esas emociones se perciben de forma clara en el mundo de las inversiones. El diagnóstico que nos ofrecen los precios que encontramos hoy en los distintos mercados financieros es bastante claro respecto a la alta emocionalidad actual. Pagamos mucho, incluso puede llegar a costarnos dinero, por la seguridad, por lo estable y lo poco volátil; en definitiva, lo que nos produce confort en momentos de desasosiego. Por ejemplo, comprar hoy un bono a 10 años que acaba de emitir el Tesoro alemán, paradigma actual de la seguridad, implica pagar hoy 105 euros y recibir dentro de diez años (no hay cupones o pagos intermedios) un importe de 100 euros. Es decir, una pérdida a vencimiento próxima al 5%.

En el mundo de la renta variable también nos encontramos con esta situación de apetito por la seguridad. Las empresas con beneficios más estables, de calidad, cuyas acciones fluctúan poco, han tenido un comportamiento (en general) espectacular durante los dos últimos años. Sin embargo, las empresas más cíclicas, más inestables y volátiles, no son del agrado de casi nadie. Lo bueno y lo bonito se va haciendo más y más caro, y lo barato, cada vez más barato.

Esta importante prima (diferencia de precio) entre los activos más y menos seguros, está en niveles que rara vez se dejan observar. Hay mucho dinero embalsado en activos seguros, o percibidos como seguros. Este año se ha producido un trasvase incesante desde fondos de inversión de renta variable hacia fondos de renta fija y activos monetarios que van a generar baja o negativa rentabilidad a sus partícipes. Por lo demás, esta fuerte polarización debe ser algo así como la anticipación a una gran desgracia que está a punto de producirse; ese “algo importante que va a ocurrir en cualquier momento” que comentábamos antes. Puede ser, o puede que no. No lo sabemos. Pero, como seamos igual de buenos en predecir desgracias que en predecir recesiones –como dijo Michel de Montaigne, “mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”–, el riesgo va a ser estar invertidos en unos activos que no nos van a dar rentabilidad ni permitir cumplir nuestros objetivos vitales.

Ángel Olea es Director de inversiones de Abante