Los aranceles de Trump al alcohol pueden provocar una resaca tardía

Las marcas europeas han evitado lo peor, pero podría haber más represalias

Donald Trump, bebiendo Diet Coke en un vaso de vino en una comida de la ONU.
Donald Trump, bebiendo Diet Coke en un vaso de vino en una comida de la ONU.

Los aranceles de Donald Trump sobre las bebidas alcohólicas podrían haber sido peores para los destiladores europeos. Los fabricantes de whisky escocés y vino francés están entre las víctimas del abstemio presidente de EE UU, que el miércoles impuso aranceles a las importaciones europeas por valor de 7.500 millones de dólares. Los inversores pudieron encontrar consuelo en el coñac (Remy Cointreau) y el champán (Pernod Ricard) franceses, que, al menos por ahora, se han librado.

Diageo es posiblemente el más afectado. Sus productos, como el whisky puro de malta Lagavulin y el licor Baileys, están expuestos a los gravámenes. Los analistas de Jefferies estiman que afectarán a ingresos anuales por valor de 440 millones, casi el 5% de las ventas totales en EE UU. A corto plazo, es probable que la empresa dirigida por Ivan Menezes pueda permitirse el lujo de absorber el coste adicional, en vez de subir los precios, con la esperanza de proteger a sus leales clientes estadounidenses hasta que pase el conflicto comercial.

Pero es demasiado pronto para un trago de celebración. A juzgar por la guerra comercial global de Washington con Pekín, esto podría ser solo el aperitivo. La administración Trump ha demostrado su voluntad de atacar industrias totalmente ajenas al conflicto original, que en este caso tenía que ver con las subvenciones de la UE a Airbus. Es cierto que estas últimas sanciones han sido autorizadas por la OMC. Pero a principios de año, Trump ordenó una investigación sobre el plan de Francia de fijar un impuesto a empresas como Google y Facebook. Puede que le resulte difícil resistirse a emprender represalias contra el champán o el coñac.

Si el menú de bebidas sancionadas se mantiene, firmas como Diageo no tendrán más remedio que trasladar el coste a los bebedores estadounidenses. A diferencia de, digamos, los fabricantes alemanes de automóviles, no hay manera de que los productores de whisky escocés cambien sus cadenas de suministro en EE UU. Las marcas europeas de bebidas alcohólicas han evitado lo peor, pero no pueden descartar una resaca tardía.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías