Una economía en desaceleración necesita reformas urgentes y sensatas

Hacer experimentos en política económica es hoy más arriesgado que nunca

La economía española se contrajo durante la última crisis menos de lo que se pensaba, pero el proceso de desaceleración posterior se inició también de un modo más brusco. Así se desprende de la revisión que ha realizado el INE sobre las series de los datos de Contabilidad Nacional entre 1995 y 2018, llevada a cabo de forma armonizada con otros países de la UE, con Eurostat, con el BCE y con otros organismos, así como con las aportaciones del Banco de España y otras instituciones del Estado, como la Intervención General, la Agencia Tributaria o la Inspección de Trabajo. La radiografía que se obtiene tras esa revisión dibuja una economía que en 2018 creció dos décimas menos (un 2,4%) de lo calculado inicialmente, elevó más el porcentaje de deuda pública, hasta el 97,6%, y sumó al déficit público una centésima, hasta dejarlo en el 2,49%. Tras un 2015 en el que el PIB se comportó con más vigor de lo registrado con los anteriores datos, la desaceleración arrancó en 2016 con más intensidad y cerró el ejercicio con un avance del PIB del 3% en lugar del 3,2%.

Con las cifras revisadas del INE en la mano, que ha recortado también del 0,7% al 0,5% el crecimiento del primer trimestre de este año, no es aventurado esperar que la economía cierre 2019 con un comportamiento peor de lo que se pensaba y se quede por debajo del 2,2% que prevé el Gobierno. Se trata de unos cálculos, en cualquier caso, sujetos a los fuertes vientos que se han desatado en el entorno internacional, donde las tensiones no solo no han desaparecido, sino que han aumentado. Ese panorama incluye la batalla comercial entre EE UU y China, la contracción de la economía alemana, la radicalización de la gestión del Brexit y el aumento de las tensiones políticas en Hong Kong. Además, el fuerte repunte del petróleo, que ayer subió más del 14% por el recorte de producción debido al ataque a la mayor refinería de Arabia Saudí, coloca sobre el tablero un nuevo factor, ante el que España, como economía fuertemente dependiente del crudo, es especialmente vulnerable.

Todo lo anterior hace urgente que logremos dejar atrás cuanto antes el bloqueo político en que el país está inmerso y que España se dote de un Gobierno capaz de adoptar las medidas económicas adecuadas para capear el temporal que viene. Si hacer experimentos en política económica y sustituir la ortodoxia por el populismo o el intercambio de cromos políticos no es recomendable nunca, todavía lo es menos en una coyuntura en la que España necesita reformas que alimenten una máquina más cansada y con más resistencias de lo que esperábamos.

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