Las ventas de coches acusan los despropósitos de la política

La imprudencia de dirigentes con cargos de responsabilidad al hablar del futuro del automóvil contribuye a pasar factura al sector

Que agosto no es el mejor mes para las ventas de coches salvo repuntes fantasma es sabido. Que el agosto de 2019 iba a ser muy malo en términos interanuales estaba cantado, por el efecto escalón tras unas ventas disparadas el mismo mes de 2018 a causa del impacto de la entrada en vigor al mes siguiente de la nueva normativa europea de emisiones WLTP. Aunque en septiembre de este año también se empieza a aplicar un complemento de aquella prueba de laboratorio, la de emisiones en conducción real (RDE, por sus siglas en inglés), esta vez no ha reactivado las ventas adelantadas. Muy al contrario. Y los datos son contundentes: las ventas se desplomaron en agosto un 31%, suman cuatro meses seguidos a la baja y completan el preocupante panorama de caídas de matriculaciones en 11 de los 12 últimos meses. En resumen, en lo que va de año retroceden un 9,2%.

Con ser significativa para explicar la evolución del mercado, la nueva normativa de emisiones, que pretende hacer al automóvil de motor de combustión menos agresivo con el medio ambiente, es solo una parte del cuadro. Y no la más importante. Los síntomas de desaceleración de la economía, cada día más claros, retraen a los compradores a la hora de afrontar una inversión que, en la mayoría de los hogares, es la segunda compra en importancia tras la propia vivienda. Un enfriamiento de la economía es una losa en la confianza de los consumidores, que además se hace más y más pesada cuanto más inestable se percibe el escenario político. Es el caso de España.

Pero hay otra razón, tal vez la de más peso. Se trata de la imprudencia de políticos con cargos de responsabilidad al hablar del futuro del automóvil. El ingenuo mundo de eléctricos por doquier para mañana mismo, sin siquiera plantearse las imprescindibles infraestructuras ni la capacidad de la industria, y la alegría impresentable con la que se ha agredido en ocasiones al motor de combustión, especialmente al diésel, son causantes de primer orden de este estado de cosas. El sector empieza a sufrir en toda su crudeza la incertidumbre de los usuarios a la hora de optar por una u otra tecnología y, a pesar hacer sus esfuerzos, no ha sabido enfrentarse con la eficacia necesaria no ya a desafortunadas declaraciones contra el diésel que ignoran sus avances tecnológicos, sino a lo que ya hace tiempo era un futuro previsible. Por si fuera poco, esa irresponsabilidad política, que suele escudarse en las “exigencias de la UE”, acaba de chocar de frente con la lapidaria declaración de Bruselas de que “prohibir la venta de los coches de combustión no es compatible con la UE”. Al menos, en la parte positiva queda algo: todos estos despropósitos están dejando una demanda latente que en algún momento habrá que satisfacer.

 

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