El laberinto del Gobierno italiano

El país transalpino se juega hoy su futuro con la mirada de Bruselas puesta en ellos

El presidente italiano, Sergio Mattarella, comparece en el Palacio del Quirinal tras reunirse con el primer ministro, Giuseppe Conte.
El presidente italiano, Sergio Mattarella, comparece en el Palacio del Quirinal tras reunirse con el primer ministro, Giuseppe Conte. EFE

Italia siempre ha jugado políticamente al borde de un precipicio. Podríamos decir que, a pesar de ello, nunca le ha ido del todo mal. Desde el final de la II Guerra Mundial, prácticamente la balanza arroja un veredicto muy claro: Gobierno por año. El último, con la dimisión de Conte, el académico, alcanzó la cifra de catorce meses. Pero tampoco duraron mucho tiempo ni Renzi, ni Letta, ni el viejo profesor de la prestigiosísima Bucconi de Milán. Es Italia, el país en el que su sociedad aprendió a reírse de la política hace mucho tiempo. Mas también del esperpento.

Matteo Salvini ha forzado una situación que, si todo arriba a puerto –esta vez da igual que los cierre o no– el todavía ministro en funciones y viceprimer ministro, acabará por desalojarle del poder temporalmente.

Todo apunta a que el presidente de la República, Mattarella, confiará el Gobierno de nuevo a su primer ministro, Giuseppe Conte, en una nueva alianza cuyo vértice son el Movimiento Cinco Estrellas y el Partido Democrático, el socialismo italiano reinventado y que estuvo en el poder de la mano de Matteo Renzi. Cambio de cromos o mero oportunismo para los populistas, que mutan de socios y basculan de posición. Pero todo puede suceder. Ayer por la mañana se echaban en cara las ambiciones personales del líder del M5S, Di Maio. En juego, las poltronas del poder. La frase de Di Maio lo encierra todo: “Si no le dicen sí a Conte, es inútil verse, estoy cansado de jugar”.

Pese a la volatilidad de la política italiana, y sin olvidar que estamos aún ante una de los economías con mayor peso en Europa y en el mundo, la estrategia política permite evitar las prolongaciones de interinidades y gobiernos en funciones.

Cuando Salvini hizo estallar el Gobierno hace un par de semanas, lo hizo con la clara intención de recoger el populista viento a favor de votos con sus falacias y políticas oportunistas y rígidas, sobre todo extremas en ámbitos como la migración y Europa. No calculó el político que su órdago chocaría con la vitalidad y sentido de estado y de las instituciones que atesora el presidente de la República.

Lejos, de momento, de precipitar el ansiado adelanto electoral, ha dado un exiguo plazo a los partidos, sobre todo a los dos mencionados, únicos que pueden asegurar, aún contra natura ideológica, un Gobierno estable y de mayoría que busquen el acuerdo y consensúen un programa y un candidato. El puzzle puede encajar, de lo contrario, y teniendo claro que es inviable que la extrema derecha de la Liga vuelva al Gobierno o cohabite entre grillinos (M5S) y socialdemócratas, habrá elecciones. O Gobierno por tanto, giallorosso, o comicios, máxime en un momento donde las mayorías no son claras y la Liga de Salvini se desploma en las encuestas al ser percibido como el desencadenante de esta crisis intencionada.

Dos gobiernos en uno. Conte y su viceprimer ministro Salvini han formado una bicefalia afuncional en la que el viceprimer ministro siempre ha ido por libre y con un discurso que rememora épocas pretéritas y advocaciones hoy extravagantes, trufadas siempre de tintes demagógicos cansinos.

El presidente, huésped del Quirinal, en su día palacio de los Papas, quiere algo más que un mero nombre, sin descartar un Gobierno Conte bis, pero con otros socios. Quiere intensidad de Gobierno y programa claro.

La premisa es básica: agotar la legislatura, aprobar los presupuestos y gestionar, porque esa es a la postre la voluntad del Parlamento, que suma la mayoría a través de dos partidos. Y esto sin olvidar que Italia es un país profundamente endeudado. Luces largas y estabilidad para una nación que ha cuestionado abiertamente en los últimos meses a Bruselas y, de paso, ha jugado a ser un torpedo nuevo en la estabilidad del proyecto comunitario, máxime siendo el país transalpino uno de los fundadores de la Comunidad Económica Europea.

La carrera para formar Gobierno es contrarreloj. Remedio eficaz para evitar o cuando menos amortiguar los efectos de Gobiernos en funciones atados de pies y de manos. Algo a lo que ya nos estamos acostumbrando en este país mediterráneo con las estrategias en su día de Rajoy y ahora de Sánchez. Dilatar, dilatar, aburrir al adversario necesario y debilitar toda resistencia como resignación moral y política a través de la amenaza de nuevas elecciones.

Quién se siente o no en el palacio Chigi marcará el derrotero del nuevo Gobierno y su horizonte inmediato. Di Maio quiere a Conte, pero para los socialdemócratas la duda es si aquel ha roto o no todos los puentes con la Liga de Salvini. Italia es algo más que Roma, son 110 provincias donde las alianzas se entrecruzan. Y Bruselas no vería con malos ojos que la ultraderecha de Salvini pase a la oposición y debilite de paso la pujanza ocasional de esta en media Europa. Incluso el boloñés Romano Prodi, otro de los viejos profesores y políticos italiano, apela a la credibilidad y la estabilidad para Italia, pero también para Europa, al hablar de una alianza entre el M5S y los socialdemócratas.

En Italia se juega algo más que una cocina nacional o interna. Muchos ojos están puestos en lo que allí se decida hoy. Pero nadie ha hablado de Economía. Y sí de seguridad, de migrantes, de identidad, de oenegés que rescatan a seres humanos. Y de borrar de paso la estrategia de la extrema derecha. El gris Conte, premier casi por accidente, creció políticamente con su discurso de dimisión y por azar del destino puede verse de nuevo como presidente con juguetes y compañeros distintos.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas

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