Brexit, ‘no deal’ y parodias políticas

Boris Johnson se equivoca al tratar de convertirse en una imitación de Trump

Un manifestante contra el Brexit protesta ante el ministro de Energía británico, Kwasi Kwarteng.
Un manifestante contra el Brexit protesta ante el ministro de Energía británico, Kwasi Kwarteng. EFE

Johnson sube la presión. Si quieres un acuerdo, aunque este sea de mínimos, nada mejor que elevar el listón. Endurecer, agravar las posiciones. Trinchera política. Cueste lo que cueste, política de big stick. Luego ya vendrá el realismo, no el de George Kennan. Boris Johnson no es tan previsible como su antecesora Theresa May. Representa una coreografía única, sabedor de que hasta el último envite, hasta el último segundo, todo es posible, incluido un acuerdo de mínimos.

Ahora pone una nueva carta sobre la mesa. Una carta demasiado peligrosa, pero también alarmante para ambas partes. La libertad de circulación, pilar sin duda de la Unión Europea. Mas no se atreve a plantearse en voz alta un interrogante, ¿a quién dañaría más, a Reino Unido o al resto de países de la Unión? ¿Puede el país prescindir de esa mano de obra, de ese talento y de ese capital no solo humano, sino también económico y monetario? Sin duda no, y tampoco lo quiere. Pero es un arma de presión psicológica.

A día de hoy son más de tres millones los ciudadanos de la Unión residentes en el país. Y son casi millón trescientos mil los británicos que viven y trabajan en países de la Unión Europea, sin contar con los miles de jubilados que añoran el sol, la dieta y la sanidad del Mediterráneo, sobre todo español. Reino Unido es consciente de que esta carta es imposible, pero la juega.

La política convertida en una parodia. Pero exagerada hasta el punto de repetirla, cual la historia marxista, como farsa. Y en esta farsa, entre informes reservados y globos sondas, se afanan en Downing Street, fitrando a la prensa, interesada pero de soslayo, las bravatas. Es esta una icónica punta de un iceberg que nadie desea, sobre todo los propios británicos, que empiezan a barajar que están ante un auténtico acantilado de incertidumbres y zozobras.

Un no deal, un Brexit a las bravas, es ciertamente una posibilidad, pero pese a la irresponsabilidad absoluta de los políticos, y en aras de una mínima responsabilidad, no sucederá. Nadie lo quiere en verdad. Tampoco Bruselas, que en todo caso difícilmente se opondría a una prórroga de compromiso y de último salvavidas. Simplemente sería, al menos temporalmente, un suicidio político, económico y en cierto modo, social y cultural.

Económicamente el golpe, cuyos latidos mínimos ya se sienten, sería catastrófico tanto en cifras macro como micro. Las empresas, sobre todo la pequeña y mediana empresa, sufrirían un golpe tremendo, irreversible. Como el consumo, el empleo, las cotizaciones. Solo la hipótesis de laboratorio de un cierre de fronteras, de mercancías, bloquearía la actividad económica esencial y primaria. Por no decir las consecuencias monetarias y bursátiles que tendrían.

Jonhson y su heterodoxo gabinete juegan con fuego en un alambre. Tiene que arrojar a la llama más combustible. El tema y las cuestiones de Irlanda y su frontera no son suficientes. Hace falta más ricino. Lo más inteligente frente al díscolo socio que ha querido irse pero sin asumir consecuencias o trasladarlas al continente en su integridad es no ceder al chantaje, a las bravatas, a la improvisación y al miedo, esgrimido ahora entre un mar de mentiras, con el que tratan de contrarrestar la situación y cambiar las tornas desde Londres. Esta empieza a saber que nada es color de rosa, como pintaron hace ya casi tres años. Que si Europa sufre, también lo hará, y en mayor intensidad, la isla. La niebla del canal se disipirá antes en el continente que en el islet, el islote.

El país está dividido, hay angustia y temor a una crisis económica, a un empeoramiento temporal sin que la franja de años sea clara de las condiciones de vida de los británicos. Sus políticos están divididos, el cuadro de situación es incierto y el rumbo, simplemente, inexistente. El tic tac sigue implacable su curso. Por muchos planes e inventarios de daños y contingencias que se formulen, y por mucho que se intente minimizar las consecuencias a 1 de noviembre, nada debe dejarse al azar.

Haría bien Bruselas en plantear el peor de los escenarios, pues todo lo que no llegue a este puerto o tamaña situación, será visto y sentido como una salida airosa. Solo el caos de transporte áereo, marítimo, ferroviario, el caos que puede suponer para la libra, para el sector de la banca de seguros y bursátil, y ahora, la última añagaza de Johnson de jugar con los residentes, sería inasumible por cualquier Gobierno, mediocre como los últimos que han pasado por Downing Street.

Se juega con una única estrategia, la del miedo y el embuste. Ese es el realismo político que hoy despliega la otrora todopoderosa isla. Se acabaron las ideas y las reflexiones críticas. Gana la falacia, los globos sondas y la improvisación. Todo vale.

Olvida el Gobierno británico que nada afectaría a los residentes permanentes que lleven más de cinco años en el país. Otros tendrían que pedir, como se hace en otros países, permisos de residencia. Y siempre quedaría la carta de lo que Londres suscribiese con cada capital europea en sus relaciones bilaterales. Mala carta la que escoge el timorato aprendiz de brujo Boris Johnson, que hace mal en jugar a ser un Trump en pequeño.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas

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