La guerra comercial, más allá de EE UU y China

El actual pulso entre Washington y Pekín es lo más parecido a una guerra fría en el siglo XXI

La guerra comercial, más allá de EE UU y China

El último episodio de la guerra comercial protagonizada por Estados Unidos y China nos ha obsequiado con una tregua acordada por sus dos presidentes en un encuentro informal celebrado en la última reunión del G20 en Osaka, pero que dista mucho de entrañar una solución duradera al conflicto. La bandera blanca alzada por ambos líderes no simboliza más que un punto y seguido en una ofensiva que, en el fondo, no es más que la batalla de una contienda que se libra a escala global y que persigue la hegemonía del sistema internacional. La tregua, además, ha sido motivada por el daño que dicho enfrentamiento ha comenzado a infligir a ambos bandos, por lo que el mérito de la reunión de Osaka radica en haber evitado un recrudecimiento de la pugna entre dos potencias que se hallan aún muy lejos de sellar la paz.

El cese de hostilidades, consistente en la renuncia, por parte de Estados Unidos, de continuar aplicando aranceles a los productos chinos a cambio del compromiso del Gobierno de Pekín de importar una mayor cantidad de productos agrícolas norteamericanos, insufla oxígeno a una economía mundial cuya recuperación comienza a presentar serios síntomas de agotamiento. Todos los organismos internacionales coinciden en afirmar que esta guerra supone un lastre no solo para las víctimas colaterales de este choque de trenes vaticinado por la famosa trampa de Tucídides (léase, por ejemplo, América Latina o la propia Unión Europea), sino también para los propios participantes en el mismo.

Sin ir más lejos, el levantamiento del veto de la Administración estadounidense a sus propias empresas para que realicen negocios con Huawei responde a las pérdidas de hasta 11.000 millones de dólares en que las tecnológicas norteamericanas podrían incurrir por la aplicación de esta medida. Por su parte, China ya se ha visto rebasada en crecimiento económico por la India, otro gigante asiático al que habrá que seguir muy de cerca debido a su fuerte apuesta por el capital humano, su rápida transición económica desde el sector agrario al sector servicios y por las proyecciones demográficas que lo sitúan como el país más poblado del mundo para el año 2022.

Sin embargo, tal y como nos enseñan los postulados de Jacob Viner al aplicar la teoría del segundo óptimo al ámbito comercial, cometeríamos un grave error de cálculo si nos limitáramos a analizar los efectos de creación y desviación de comercio, únicamente, a los actores principales y descuidáramos las secuelas de dicho envite sobre terceros.

Las segundas derivadas del conflicto apuntan directamente a la Unión Europea y, más concretamente, a la zona euro, que podría llegar a perder hasta siete décimas de crecimiento si se acabaran materializando los aranceles que Trump pretende imponer a la industria automovilística europea este próximo mes de noviembre. De ser así, el crecimiento del 1,2% previsto para la eurozona en 2020 se vería relegado a un paupérrimo 0,5% como consecuencia de la pérdida de los 25.000 millones de euros en que dichos aranceles están cuantificados, a lo que habría que añadir los más que probables nuevos episodios de tensión entre Pekín y Washington.

Por su parte, América Latina tampoco sale indemne de la actual situación internacional, ya que se calcula que el descenso de las exportaciones derivadas del actual conflicto conllevaría un descenso de entre el 0,5% y el 1% del PIB de la región.

Por ello, no debe verse como una mera coincidencia temporal que el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, que llevaba fraguándose más de 20 años, se haya firmado, precisamente, en este momento. Dado que son malos tiempos para el multilateralismo promulgado por la OMC, el regionalismo, aunque en calidad de sucedáneo de menor eficiencia, actúa como válvula de escape para aquellos bloques que todavía confían en las virtudes del liberalismo comercial.

En el caso concreto del acuerdo con Mercosur todavía es preciso que este sea ratificado por todos los países firmantes y la difícil situación política de algunos de ellos invita a la calma. Este es el caso, por ejemplo, de Argentina, en donde Macri va a necesitar recabar los apoyos suficientes para la aprobación de un texto que, si fuera votado hoy, muy probablemente sería rechazado. Sin embargo, la voluntad de los Estados de encontrar soluciones alternativas a la parálisis negociadora es ya, para los tiempos que corren, un hecho digno de celebrar.

En definitiva, resulta evidente que el actual pulso chino-estadounidense es lo más parecido a la repetición de una nueva guerra fría en el siglo XXI, aunque cometeríamos un error mayúsculo si aplicáramos al paradigma presente la misma lógica y herramientas de análisis de antaño. Las variantes geopolíticas y la enorme influencia ejercida por las empresas tecnológicas de ambos bandos han evolucionado de tal manera que, si bien es posible hablar de dos ecosistemas distintos, la proliferación del número de piezas y, también, del número de jugadores han configurado un tablero de ajedrez que da lugar a una partida mucho más compleja. Puntualmente, algunos países podrán obtener importantes réditos de esta situación: es el caso de países como Vietnam, Bangladés o Corea del Sur, que hacen gala del dicho “a río revuelto, ganancia de pescadores” incrementando notablemente sus exportaciones a Estados Unidos. Sin embargo, el deterioro que el nacionalismo económico ocasiona a las sociedades, tanto de manera directa como indirecta, es de sobra conocido. Por ello, sería sumamente oportuno que alguien recordara a Donald Trump que las guerras comerciales no solo no son buenas ni fáciles de ganar, sino que no encumbran a vencedor alguno y dejan demasiadas víctimas por el camino.

José Manuel Muñoz Puigcerver es Profesor de Economía Internacional en la Universidad Nebrija

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