EE UU-China, una guerra económica

Lo que Washington y Pekín disputan es la hegemonía como primera potencia mundial

El presidente de China, Xi Jinping, con Donald Trump, presidente de EE UU.
El presidente de China, Xi Jinping, con Donald Trump, presidente de EE UU.

El enfrentamiento comercial entre Estados Unidos y China, con periódicas y recíprocas imposiciones de aranceles, dura ya más de un año y está lastrando el crecimiento del comercio internacional y, por ende, el de la economía mundial.

Estados Unidos y China son los dos principales actores del comercio transfronterizo de mercancías. Entre ambos generan el 21% de las exportaciones mundiales de bienes y el 24% de las importaciones. Un volumen de comercio tan elevado que afecta no solo a las empresas estadounidenses y chinas, sino a las empresas de muchos otros países que están integradas en las cadenas globales de valor.

En el trasfondo de esta lucha de poder económico late, en primera instancia, el interés de Estados Unidos por aminorar el elevado déficit comercial que presenta respecto de Pekín. Nada menos que 419.000 millones de dólares, una elevadísima brecha que Washington quiere corregir forzando al gigante asiático a realizar cambios en sus políticas económicas con el fin de que las empresas de los dos países compitan en igualdad de condiciones, y no —como ocurre con las compañías chinas— mediante un sistema de subsidios.

No obstante, si ajustamos un poco más la lente sobre el conflicto, lo que vemos es que estamos ante una guerra económica por la hegemonía mundial. Esto es, en realidad, lo que está en juego.

Estados Unidos sigue siendo la primera potencia económica y militar del mundo, con una capacidad muy importante de control sobre el precio del petróleo, gracias a su actual condición de primer productor mundial de esta materia prima. Sin embargo, ve amenazado su liderazgo por China, que en los últimos años, y a veces de forma silenciosa, ha emergido como superpotencia económica, colocando la bandera de sus intereses económicos en muchos puntos del planeta.

En estos momentos, el país asiático figura como uno de los principales inversores de países emergentes en África e Iberoamérica, ejerciendo un control directo sobre sus materias primas. Además, por si esto fuera poco, se ha dotado de potentes instrumentos de influencia económica, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras o el proyecto conocido como la nueva Ruta de la Seda.

Este último, probablemente, constituye el mejor símbolo del particular concepto de globalización que alberga China, y su diseño nos avanza las líneas probables que definirán el nuevo marco geopolítico y de equilibrios de poder que marcarán las relaciones internacionales y comerciales en el siglo XXI. El megaproyecto implica a más de 70 países, en los que se concentra cerca del 45% del PIB mundial y el 70% de la población planetaria, en lo que parece una operación de colonialismo económico chino.

La nueva Ruta de la Seda implica la reconstrucción de la antigua vía terrestre que conectaba China y Europa y la creación de una nueva vía marítima desde el Pacífico hasta el Mediterráneo (a través del canal de Suez), así como el aprovechamiento de la llamada Ruta del Ártico, que permite acortar los trayectos marítimos internacionales y supone un gran ahorro en términos de transporte. En definitiva, tres proyectos que expanden el dominio territorial de China hasta la misma Europa.

En este planteamiento sobre el escenario geoestratégico mundial, no podemos olvidar el papel que está desempeñando Rusia, que parece haber abierto una nueva etapa o versión de la Guerra Fría dentro de la égida postcomunista. Por una parte, viene desarrollando una política exterior sumamente agresiva, con presencia en numerosos conflictos mundiales, como la guerra en el este de Ucrania y las guerras civiles en Siria o Yemen, y por otro, mantiene una gran capacidad de influencia en Europa, al ser el principal suministrador de gas de la industria europea.

A la vista de este escenario, cabría preguntarse dónde queda Europa. Con un peso decreciente en el PIB mundial, el Viejo Continente es actualmente una región energéticamente dependiente, que no puede competir con los costes de producción de los países emergentes y que, además, se ve sometida a presiones derivadas de la inmigración y de movimientos políticos desestabilizadores, que ponen en cuestión hasta la misma esencia de la unidad de mercado y de acción política. En definitiva, Europa padece una pérdida de influencia mundial que debería ser tomada muy en serio por nuestras autoridades nacionales y comunitarias.

Es evidente que, si queremos recobrar nuestro prestigio en el concierto mundial, con una capacidad real de arbitraje y liderazgo, tenemos que instalarnos en la excelencia productiva y no perder la carrera de la inversión en las zonas del mundo donde se van a producir en los próximos años los mayores avances en crecimiento económico y transformación social y tecnológica, como son África, Asia e Iberoamérica. La Unión Europea necesita de un renovado empuje y aliento visionario que, bajo la bandera del libre comercio y la cooperación, priorice las acciones económicas en esas zonas del mundo.

Balbino Prieto es presidente de honor del Club de Exportadores e Inversores Españoles

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