La regla del 20%: contenga los nervios y espere

Si la caída ha sido dura y las emociones se disparan es muy probable que haya un rebote

No creo que haya una razón fundamental en los últimos tres meses para justificar una recuperación tan importante de los mercados como la que se está produciendo. Por fundamental (de fundamentos) me refiero a los datos, noticias que tienen que ver con las economías o las empresas. De hecho, la macro no está precisamente dando grandes alegrías –sobre todo en Europa– y los beneficios empresariales que se esperan para el primer trimestre son más bien normalitos.

Es verdad que tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo han variado su discurso recientemente al comunicar que van a ser más pacientes y que, en ambos casos, retrasarán las subidas de tipos, previstas antes para este año, hasta el año que viene.

Por lo demás, aunque los riesgos de la guerra comercial y del Brexit siguen ahí, se está dando por descontado –eso opinan los mercados con sus precios–que ambos se cerrarán positivamente con acuerdos razonables. A este respecto, tengo la sensación de que lo mejor para las Bolsas es que estas dos preocupaciones que se esperan resolver positivamente permanezcan sin solución durante algún tiempo más pues, como suele pasar en estos casos, se está comprando tanto con el rumor que puede que se acabe vendiendo con la noticia, por estar ya plenamente descontada.

No obstante, lo que en realidad creo que ha ocurrido es una reacción al gran pesimismo y a la fuerte sobreventa que experimentamos a finales del año pasado. Una vez que no parece que nos aboquemos de manera inexorable a una recesión –los mercados llegaron a poner en precio algo parecido– y que los bancos centrales hayan levantado un poco el pie del acelerador, se ha recuperado la práctica totalidad de lo que se había perdido. Ni estábamos tan mal antes ni ahora estamos tan bien.

El mercado hace lo que le da la gana –eso dice mi jefe– y, normalmente, lo que más duele, por eso no para de subir ahora. Asistimos a una recuperación que bien podría clasificarse como odiada, porque más de uno vendió en las caídas y les está costando subirse de nuevo al carro. En cierto modo, el mercado se limpió de vendedores forzosos (programas cuantitativos, CTA, estrategias con volatilidad limitada…) y de inversores miedosos, desapareciendo así la presión vendedora.

El gran inversor Kostolany comentaba que un alto volumen significa que las “manos débiles” dirigen el mercado. Cuando hay pánico vendedor y cuando hay euforia compradora suele aumentar mucho el volumen al entrar estos inversores más inexpertos a venderlo todo (¡esto no hay quien lo aguante!) o a comprar lo que les pongan por delante (¡me lo quitan de las manos!).

Las salidas de dinero de fondos de renta variable marcaron máximos a finales del año pasado y, desde entonces, ese dinero permanece en buena medida alejado de la renta variable.

Hace unas semanas nos llegaba un informe en el que se detallaba cuál había sido la caída media máxima observada por las Bolsas –desde la Segunda Guerra Mundial– cuando se producen retrocesos de al menos un 20%, lo que se conoce como un mercado bajista o bear market.

Las conclusiones del informe apuntaban a que los mercados bajistas en los que no se produce una recesión económica caían de media poco más de ese 20% y los mercados bajistas en los que, además, se producía una recesión retrocedían de media algo menos de un 30%. Te puede tocar un 2008 y caer más de un 50%, pero no es lo normal, ni la media…pero sí la crisis más reciente y la que permanece en nuestra retina.

Llevamos dos episodios recientes de caídas de las Bolsas próximas a ese 20%, el de finales del año pasado y el de comienzos de 2016, esta última con las dudas sobre China y el desplome del precio del petróleo. En ambos casos los titulares de prensa anunciaban peligros de recesión que luego no se han materializado y, en ambos casos también, ese 20% de caída fue prácticamente el nivel máximo de retroceso que tuvieron los mercados y desde el que rebotaron con fuerza.

Propongo lo que podría denominarse la regla del 20%: no vender cuando la caída alcanza esos niveles. Si la Bolsa ha perdido un 20%, se empieza a hablar de mercado bajista y se alerta del peligro de recesión, es ya, probablemente, tarde para vender. A lo mejor ese día, como ocurrió el 25 de diciembre, el Nikkei en Japón –el único gran mercado abierto en Navidad– cae un 5% y lo último que te pide el cuerpo es mantener o comprar más renta variable.

Pues bien, apliquemos la regla y atémonos al mástil como hizo Ulises para no atender al canto de las sirenas. Porque si la caída ha sido dura y las emociones se han disparado es muy probable que, al menos, asistamos a un rebote, incluso a una cierta recuperación.

Uno de los atributos que debería apreciarse en los asesores financieros es la capacidad de estabilizar las fuertes emociones de pánico/euforia que tenemos todos como inversores en momentos puntuales. Lo cómodo para cualquier asesor es empatizar con esas emociones y alinearse con los titulares de prensa. Lo cómodo sí, pero no lo más rentable para su cliente.

Ángel Olea es director de inversiones de Abante

Normas