La empresa y las finanzas, a escena

Al abrigo de una esceneografía mínima, proliferan con cada vez más fuerza las obras de teatro que reflejan el mundo de las compañías

Los actores Carlos Hipólito y Luis Merlo, en un momento de la representación de 'El crédito'.
Los actores Carlos Hipólito y Luis Merlo, en un momento de la representación de 'El crédito'.

Eduardo Aldán aparece ante el público vistiendo camisa, americana y corbata: "Buenas noches, bienvenidos a esta empresa, yo soy vuestro jefe, y vosotros sois los empleados". Los espectadores asumen su nuevo rol con inmediatez. Tanto, que cuando el actor, con la excusa de una supuesta dinámica de grupo, pide a la gente que salude al compañero de trabajo que tiene detrás, todos, solícitos y eficaces, se apresuran a cumplir la orden. A Aldán se le dibuja una sonrisa satisfecha: todos obedecieron, porque nadie pudo saludar a nadie. Es el primero de los muchos momentos interesantes de El jefe, obra escrita, producida, dirigida y representada por el propio Aldán y que forma ya parte de las muchas piezas teatrales que, en los últimos años, se inspiran en el ambiente de los negocios y de la empresa.

"Es un mundo interesante para el teatro por muchos motivos, pero sobre todo porque se necesita muy poco para representar un despacho. Con una mesa y dos sillas se recrea un microcosmos donde se tiene todo el catálogo de las emociones. Luego, solo se tiene que llevar al extremo". La frase es del autor, Jordi Galcerán, que más ha explorado los asuntos de empresa a lo largo de su carrera, con obras como El método Gronhölm o El crédito. Fue uno de los primeros dramaturgos que introdujo en España el mundo empresarial en las tablas escénicas.

La fórmula llegó a sus manos por casualidad. Corrían los primeros años de la década de los 2000, los de la burbuja inmobiliaria. El responsable del proceso de selección de una cadena de supermercados arrojó a la basura documentación con sus impresiones personales sobre los candidatos, a los que no dejaba en buen lugar, sobre todo por sus descalificaciones acerca de la apariencia física de los aspirantes al puesto de trabajo. Todo ello llegó a manos de una periodista de la cadena Ser, que contó la historia de esta penosa entrevista de trabajo. El asunto llegó a oídos de Galcerán, quien intuyó que era posible llevarlo al teatro. Hizo lo que hace siempre: escribió las primeras 15 o 20 páginas. Sí, funcionaba. El resultado fue El método Gronhölm, una obra que aguantó nueve temporadas en Madrid, se llevó al cine, se exportó a países de todo el mundo y aún se mantiene sobre las tablas en ciudades como Moscú. Desde entonces, en el teatro y en el cine español se repite un patrón: un grupo de personas se encierra en un espacio reducido y comienza un juego donde todos exploran quiénes son.

Algo sobre su propia identidad aprendió el director de ventas de una importante empresa cuando se acercó a Mercedes Segura, su profesora de comunicación, para decirle que había decidido dejar la compañía para probar suerte como actor. "Le perdí la pista, pero sé que se atrevió. Hay muchas vocaciones artísticas frustradas entre el mundo empresarial: músicos que dejaron de tocar, actores amateurs... Muchas más de las que pensamos". En España, pocos conocen mejor la vertiente performativa de las finanzas que Segura: empresaria de día y actriz de noche, desde hace 15 años enseña en la escuela de negocios Esade a comunicar a través de técnicas dramatúrgicas.  "Los directivos se pasan el día haciendo teatro. Tanto que yo los llamo 'no actores'. Para comunicar bien necesitan un gran dominio de la esceneografía, adaptar el discurso al público y ensayar para que salga natural". La profesora no olvida que el camino que une la empresa y la escena es, además, bidireccional: "El teatro tiene que aprender de la empresa a profesionalizarse algo más, darse cuenta de que, aunque hay mucho de artesanía, no deja de ser un producto. Por ejemplo, a menudo las funciones creativas y de gestión recaen en una misma persona. No debería ser así: se necesitan estudios de mercado serios para revelar cuál es el público objetivo".

El actor Roberto Correcher, durante la representación de 'Banqueros contra zombis'.
El actor Roberto Correcher, durante la representación de 'Banqueros contra zombis'.

Las finanzas sirven casi siempre de telón de fondo y de excusa argumental, aunque en ocasiones también se convierte en protagonista. Lo era en Banqueros contra zombis, que llegó a los teatros de Madrid hace cuatro años tras atravesar un periplo que arranca el 15M, en la Plaza del Sol de Madrid. Allí se acercaron a participar las autoras teatrales Pilar G. Almansa y Dolores Garayalde. Al igual que otros muchos, ambas tomaron conciencia aquellos días de una realidad que ha acompañado a los españoles desde entonces: el límite de la democracia lo marcan los mercados y la prima de riesgo. 

Persuadidas de ello, durante tres años estuvieron las dos autoras leyendo de manera casi obsesiva sobre mercados y finanzas, empezando por libros accesibles como el Informe Lugano, de Susan George, pasando por ¡Huy!, de John Lanchester y llegando a obras especializadas del Observatorio de finanzas francés. Pero aquello no era teatral. Faltaba una imagen, una metáfora. En 2013, Garayalde, una fanática del mundo de los muertos vivientes, dio con el concepto clave: zombificación por deudas, una actualización de la figura jurídica del nexum romano, la esclavitud por impago. La idea sirvió para articular el argumento de un futuro distópico donde los mercados financieros se sostienen a base de zombificar a aquellos que se quedan sin capital para pagar sus letras.

"Banqueros contra zombies fue un experimento brutal, involucramos en la producción a más de 100 personas porque había que recrear un apocalipsis. Era ambicioso, casi épico. Nos ayudó mucho la figura de la zombificación, que fue todo un hallazgo porque estaba en el imaginario colectivo de la gente". La mirada de Almansa se pierde en el fondo de una taza de té mientras busca los motivos que conducen al público teatral a querer escuchar historias sobre empresas, negocios y mercados: "Creo que necesitamos entender. La gente viene a ver estas obras por el mismo motivo por el que yo empecé a leer sobre economía. Una generación se dio cuenta de que lo que nos habían contado que iba a ser nuestra vida, no va a ser. Queremos saber por qué", añade la dramaturga.

En la sexta planta del teatro Cofidis Alcázar de Madrid, en un despacho preparado para acoger reuniones de empresa, Aldán no lleva traje, pero conserva todo lo que le caracteriza como actor: mueve sin parar las manos, piensa rápido y habla a toda velocidad. Pero se explica con claridad: "Yo quería hablar del amor, pero necesitaba enmascararlo con algo que no fuese muy obvio. El mundo del trabajo era perfecto, porque todo el mundo tiene un jefe". El poder de la empresa y los negocios para generar identificación con lo que sucede en el escenario es una herramienta asentada ya entre la dramaturgia. "No sé si las obras que se dan en empresas se llegarán a convertir en un subgénero teatral. Sí sé que es algo que nos es común a todos, igual que el tema de la eterna guerra de sexos", explica.

Tan común es a todos el mundo de la empresa que basta decir al público que son empleados para que lo crean. "La broma del saludo me sirve para meterme a los espectadores en el bolsillo desde el principio. Luego, no deja de ser una pequeña reflexión sobre el hecho de que es mucho más fácil acatar órdenes que pensar. Porque si lo piensas un segundo, no te giras".

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