España crece más, pero debe frenar la persistente desaceleración

La economía española no está entre las que pueden relajarse si quieren recuperar empleo y riqueza

La contabilidad nacional confirma que la economía española creció en 2018 un 2,5%, con un ligero repunte de la actividad en el cuarto trimestre, una tasa holgadamente más generosa que la de sus socios en la zona euro, pero que está en una persistente tendencia desaceleradora desde hace un año. Ha logrado mantener, por tanto, el diferencial que durante cuatro años sucesivos acumula respecto a la Unión Europea y seguramente lo retendrá durante este mismo ejercicio, a juzgar por las estimaciones que unos y otros han ido actualizando en las últimas semanas y que rebaja hasta el 2,2% el desempeño real de España. El diferencial con la Unión no debe convertirse en excusa alguna para no reactivar los mecanismos que reanimen el crecimiento, dado que no está precisamente la economía española entre las que pueden relajarse si quieren recuperar los niveles de empleo y riqueza previos a la crisis, una brecha que otros países ya han absorbido.

La economía ha sostenido su decreciente fortaleza en el consumo interno y en la inversión, con un avance más vigoroso en esta última variable por el empuje del equipamiento empresarial y también en los últimos trimestres por el aporte de la construcción. De hecho, todo el crecimiento ha descansado en la demanda interna, ya que los intercambios con el exterior han detraído crecimiento por un avance más vivo en las importaciones que en las ventas, que han corrido paralelas a la pérdida de entusiasmo de las economías grandes del resto de Europa y a la guerra de aranceles desatada por Trump. Y es ahí, en las exportaciones, donde se aloja el principal riesgo para los trimestres venideros, ya que las economías más poderosas de la zona euro han recortado sus previsiones de crecimiento (Alemania casi a la mitad) y algunos países, como Italia, han entrado en recesión. Es un momento en el que se sigue precisando un control estricto de los costes, sobre todo en aquellos procesos productivos más afectados por la actividad externa, para no frenar las ganancias de competitividad que han caracterizado a España en los últimos años. En 2018, y especialmente en sus últimos meses, se aprecia un deterioro de las variables (costes laborales unitarios, sobre todo productividad) que inciden en la competitividad.

La contabilidad registra también un reequilibrio en el reparto de la riqueza generada, con subidas generosas en las rentas de los asalariados (pese al avance limitado del salario individual) y los impuestos, y más modestas en el excedente de explotación, que en ningún caso debería convertirse en un parón ulterior de los procesos de inversión.

 

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