¿Habrá o no habrá Brexit?

Desechada la salida sin acuerdo, hay dos opciones: una de ellas es que Londres de marcha atrás

La primera ministra de Reino Unido, Theresa May.
La primera ministra de Reino Unido, Theresa May. REUTERS

El pasado martes, Theresa May sacó adelante la aprobación de una de las enmiendas presentadas ante el Parlamento británico en la que se proponía la búsqueda de “soluciones alternativas” para evitar una frontera dura entre Irlanda e Irlanda del Norte. En realidad, lo que propone esta enmienda es renegociar el acuerdo de retirada de la UE. ¡Más madera!

La salida del Reino Unido de la UE, decidida en referéndum en junio de 2016 y prevista, en principio, para el próximo 29 de marzo, se sumerge todavía más en el terreno de la total incertidumbre. Ya nada puede sorprendernos y hay que estar preparados a los sobresaltos que nos invadirán a medida que se acerque el 29 de marzo, fecha en la que los británicos deben abandonar la UE.

Aunque la historia muestra que las raíces de Reino Unido son profundamente europeas, gran parte de sus ciudadanos y de sus representantes políticos quieren tozudamente demostrarnos lo contrario. La sociedad británica vive en un perpetuo sí, pero no en relación a su europeísmo.
La campaña sobre el Brexit no fue menos contradictoria. Los slogans pedían la salida, pero no decían ¿para qué salir? Tras la reciente negativa al plan May, el eurodiputado Guy Verhofstad acusó a sus colegas británicos de no saber lo que quieren: “El Parlamento británico ha dicho lo que no quiere. Ahora es hora de descubrir lo que los diputados británicos quieren”. El martes los representantes de la Cámara de los Comunes tuvieron la oportunidad de expresar sus deseos, sus objetivos, pero lo único que llegaron a decidir, y por muy escaso margen (317 a 301), fue que querían renegociar el acuerdo de retirada. ¡Volver a empezar!

Bruselas ha criticado repetidamente a Theresa May por no plantear con claridad sus objetivos, por limitarse a repetir las líneas rojas del proyecto que de manera mecánica ha defendido. El plan B no aportó nada nuevo, salvo reiterar el respeto al referéndum de 2016 y rechazar la posibilidad de otra consulta por el peligro que supone romper la cohesión social (como si esta no estuviera ya hecha añicos).

Una propuesta de esta estrategia fue refrendada en la reunión del Parlamento del martes pasado, al emplazar a buscar una solución a la cuestión irlandesa con la UE que pueda ser aceptada por los seguidores más radicales del euroescepticismo y por las instituciones europeas. Nueva contradicción de la primera ministra que había manifestado reiteradamente que el acuerdo alcanzado con la UE era el único posible.

La respuesta del Consejo no se ha hecho esperar, aunque cabe no darla por definitiva, y su portavoz ha repetido la negativa a cualquier renegociación que ponga en peligro las garantías sobre Irlanda, en donde las partes se han comprometido a no reintroducir una frontera física. También el negociador comunitario, Michel Barnier, manifestó el miércoles que las instituciones europeas permanecen unidas y apoyan el acuerdo de retirada negociado con el Reino Unido.
Pero Theresa May se enfrenta permanentemente a un Parlamento que rechazó de forma abrumadora su propuesta, ¡432 votos en contra frente a 202 favorables! Resultado inédito en la historia británica.

A pesar de la terquedad de Theresa May, y una vez desechada la salida sin acuerdo, podrían quedar dos opciones. La primera sería permanecer en la UE y decir “donde dije digo, digo Diego”. Esa idea ha empezado a cobrar fuerza. Tras el rechazo del Parlamento a la propuesta de la Premier británica, Donald Tusk insinuó que, tal como están las cosas, la mejor opción es interrumpir el proceso de salida y que el Reino Unido se quede en la UE. Recordemos que el Gobierno británico tiene la opción de retirar su petición de salida, gracias a una reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la UE, aunque May se haya negado siempre a considerar esta posibilidad.

La segunda sería la prórroga del artículo 50, la doble convocatoria de elecciones anticipadas para formar Gobierno y al Parlamento europeo y, posteriormente, plantear la convocatoria de un referéndum sobre el acuerdo alcanzado entre el Gobierno británico y las instituciones europeas, con una triple opcion: sí al acuerdo, no al Brexit o salida a la brava con todas las consecuencias que conlleva.

May descarta el referéndum con la excusa de que el pueblo ya expresó su decisión y esta es inalterable. Otra sonada incoherencia ya que el problema arranca en la fórmula escogida para decidir la salida o no de la UE, un referéndum. Theresa May debería saber que los referéndums que se plantean en sociedades partidas en dos pueden provocar nuevos referéndums para cambiar el resultado. El problema que surge por tratar de responder de forma binaria, con un sí o un no, a una pregunta simple formulada sobre temas complejos, solo puede conducir a grandes y trágicos malentendidos.

La salida de Europa no era más que otro bello e inmenso sueño en el dubitativo imaginario británico, pero la realidad es otra. Lo positivo para la UE será que el fracaso del primer país que tienta la separación impedirá que otros también se aventuren a ello.

Agustí Ulied es Profesor colaborador de ESADE Business & Law School

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