Las grandes fusiones muestran el lado malo del capitalismo

El valor para los accionistas sigue siendo el objetivo predominante, mientras que otras partes interesadas sufren las consecuencias

Logotipo de la biofarmacéutica Bristol-Myers Squibb.
Logotipo de la biofarmacéutica Bristol-Myers Squibb.

Cualquiera que crea que los precios deben ser justos estaría de acuerdo en que Celgene necesita un cambio corporativo, solo que no el que la farmacéutica de EE UU está a punto de vivir. Desde esa perspectiva, la propuesta de compra por parte de Bristol-Myers Squibb, anunciada el día 3, parece una recompensa por un comportamiento indebido.

Para un estudiante de ética corporativa, el mayor problema de Celgene no es que sea demasiado pequeña, desde luego; más bien, que es demasiado rentable. Después de hacer algunos ajustes razonables a los números publicados, el margen de ganancias operativas del especialista en cáncer en el trimestre más reciente fue de un asombroso 55%. Es el dinero que queda después de pagar los costes de I+D. Los precios de los fármacos que generan ese tipo de rentabilidad son casi con toda seguridad injustamente altos.

Los inversores que ya han sido recompensados generosamente se preparan para ganar aún más. La adquisición propuesta valora Celgene en torno a un 50% más que antes de que se anunciara el acuerdo. La experiencia de grandes fusiones sugiere que los accionistas de Bristol-Myers Squibb deberían preocuparse de que el precio sea demasiado alto. Los estudios sugieren sistemáticamente que los accionistas de la empresa objetivo suelen recibir una parte desproporcionada de los beneficios de una gran fusión.

Pero es poco probable que este sea el nuevo negocio del siglo. A los ejecutivos les gusta el prestigio que aporta la escala, y casi siempre piensan que pueden hacerlo mejor que la media. Además, es fácil esbozar los ahorros de costes –Bristol-Myers Squibb predice una reducción del 10% en la base de costes de las empresas combinadas– y también es fácil ignorar lo que podría salir mal.

El objetivo explícito de estas grandes operaciones es aumentar el valor para los accionistas. Si bien estas ganancias suelen resultar difíciles de alcanzar, las pérdidas de muchas otras partes interesadas son demasiado predecibles. Para empezar, las pérdidas de empleos. Los que se quedan sufren el trastorno de fusionar procedimientos, sistemas informáticos y culturas corporativas. Rara vez se adoptan las mejores prácticas: es más frecuente que el resultado sea el mínimo común denominador.

Los altos directivos no escapan a las guerras internas. Aunque se les suele recompensar con grandes aumentos salariales, las fusiones inevitablemente traen distracciones y suelen venir con sorpresas desagradables. Es difícil evitar la pérdida de impulso corporativo.

Las grandes fusiones también tienen un peligro más sutil cuando están motivadas por el deseo de luchar contra las posibilidades limitadas de crecimiento o el bajo rendimiento crónico. Las combinaciones pueden volver una situación del montón mala, y una mala, peor. Hewlett-Packard, que primero compró Compaq y luego Autonomy en sucesivos ataques de desesperación estratégica, es un estudio de caso sobre cómo puede salir todo mal.

Los jefes a veces dicen que las grandes fusiones bien concebidas y ejecutadas pueden ayudar a superar las debilidades estratégicas, pero es probable que la economía sufra cuando se utilizan empresas sanas para apoyar a las que están enfermas. El bien común está mejor servido si se deja que las empresas exitosas desarrollen sus propias culturas.

Independientemente de que las empresas fusionadas tengan éxito o no, el aumento de la escala puede causar perjuicios sociales. Eliminan competidores y dan a las grandes empresas demasiado poder sobre los precios, los reguladores y los políticos. Este poder suele favorecer a los accionistas frente a todas las demás partes interesadas. Esto fomenta la desigualdad económica, ya que mayores suponen transferencias de efectivo de clientes y trabajadores generalmente más pobres a inversores de capital ya ricos.

Se puede evitar. Por ejemplo, las autoridades podrían exigir a Bristol-Myers Squibb que repercuta cualquier reducción de los costes operativos del acuerdo con Celgene bajando los precios de los fármacos oncológicos. La visión propia del primer mundo de los accionistas es considerar herética esta propuesta, pero hay buenos argumentos éticos.

Las empresas reciben apoyos de toda la sociedad de innumerables formas, desde la protección de la ley hasta la provisión de trabajadores formados. Además, muchas compañías son suficientemente grandes para tener un impacto significativo en la sociedad en general. Por tanto, es correcto que las corporaciones, especialmente las grandes, pongan el servicio al público general por delante del valor para los accionistas. Tal cambio sería extremadamente impopular entre los inversores. No están contentos con rendimientos meramente justos, y suelen animar a los directivos a subir los precios y a perseguir poder de mercado. Sin embargo, en un régimen más justo, los accionistas de las grandes empresas no gozarían de tal privilegio sobre otras partes interesadas.

Casi no hay signos actuales de pérdida de confianza en el culto al valor de los accionistas, o de una ralentización de las grandes fusiones. La aplicación más estricta de las normas de competencia está ganando algo de apoyo, pero probablemente no suficiente para cambiar el patrón. Es probable que los directivos de Bristol-Myers Squibb tengan la oportunidad de mantener o aumentar los ya elevados ingresos de Celgene. Sin embargo, incluso si el acuerdo tiene éxito en sus propios términos, mostrará el lado malo del capitalismo.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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