¿Qué significa ser estadounidense?

Las elecciones de 2020 aclararán si los americanos quieren continuar por la senda anti-migración

El presidente de EE UU, Donald Trump.
El presidente de EE UU, Donald Trump. EFE

En la película El buen pastor, dirigida por Robert De Niro, en la que se cuenta la historia de la CIA a través de su protagonista, Matt Damon, el actor Joe Pesci (mafioso italiano que ayuda a la CIA a intentar derrocar a Castro en la desastrosa operación de Bahía de Cochinos) dice y pregunta a Damon: “los italianos, los irlandeses, los hispanos, los judíos…, en América, tenemos nuestras tradiciones, comida, música, religión…, pero ustedes, los norteamericanos de toda la vida, ¿qué tienen?” Damon contesta: “tenemos a los Estados Unidos de América. Los demás, ustedes, son turistas”.

Matt Damon representa un personaje en la película de De Niro que pertenece a un segmento de la población norteamericana del que es parte Donald Trump y cuyo perfil mostró anoche ante los estadounidenses: blanco, rubio, protestante, rico, Ivy League (fue a alguna de las universidades de élite norteamericanas)… Lo que antiguamente se denominaba WASP (White, Anglo-Saxon, Protestant).

La escena de la película expresa una realidad que está presente en las ciudades y pueblos de América y anoche puso sobre la mesa Trump: el debate sobre la inmigración no es la raíz de un problema, sino una de sus manifestaciones, como puede serlo la fiebre respecto a la gripe. El problema que expuso Trump a la nación americana el martes es una crisis de identidad, del alma, del alma de América. En el fondo, Trump preguntaba a los que le vieron en televisión lo siguiente: ¿Qué significa ser americano? El, con su puesta en escena, mostró una cara de América, con símbolos sagrados: la bandera y el sello de la presidencia. A su izquierda, fotografías de sus padres y de su familia. A su derecha condecoraciones militares. Bandera, nación, familia, todo un ideario que aplica a la realidad que también se vive en Italia, Francia, España y otras naciones, en las que la diversidad racial, social y religiosa fruto de la inmigración, provoca parecidas crisis de identidad a la que sufren los WASP americanos.

La corbata que llevaba Trump del martes tenía nombre: estilo Kennedy. Es decir, el glamour de Camelot. Las medallas militares apelaban a las cinco ramas de las Fuerzas Armadas. Por contraste con España, en Estados Unidos, los militares visten como tales en la calle y son muchos/as quienes les espetan cariñosamente el famoso: Thank you for your service o Thank you for defending the American way of life. Y, en la puerta de cada casa, sigue habiendo colgada una bandera americana.

Los votantes de Trump (como los de Le Pen en Francia o Salvini en Italia)vivían en una América en la que la globalización y las nuevas tecnologías y los inmigrantes han cambiado por completo el panorama. Tan solo en zonas muy específicas de América cabe hablar de la América en que los WASP son norteamericanos y los demás son turistas: en la gama alta, la zona más rica de América, The Hamptons, existe y se ve esa América. En el extremo opuesto, pobre como Utah, la demografía no ha cambiado en dos siglos (mormones). Pero el resto del país es hoy lo que siempre fue Nueva York: un melting pot, una ensalada de hispanos, afroamericanos, blancos, musulmanes, católicos, protestantes, judíos, ateos…, la América de hoy no es la idílica de la posguerra (Segunda Mundial), con crecimiento económico fuerte y segregación racial.

La lucha por definir el alma de América se remonta a sus orígenes y, desde la Declaración de Independencia, está llena de contradicciones. El discurso de Trump lo podría haber pronunciado George Washington, primer presidente de EE UU. Los padres fundadores (John Adams, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, Thomas Jefferson, James Madison y George Washington) buscaron la independencia del imperio británico en 1776 y en 1787 elaboraron una Constitución en la que se recogen derechos inalienables del ser humano, sin aplicarse a los afroamericanos. Casi todos los padres fundadores tenían esclavos negros. Y ya sabemos qué fue de los nativos americanos: sioux, cheyenne, apache…
Entre 1861 y 1865 sucede la Guerra Civil, forma extrema de dirimir cuál es el alma de América.

Ganó el norte industrializado que, con Abraham Lincoln, abolió la esclavitud. Pero, en el sur, los prejuicios continuaron y, hubieron de ser asesinados John Kennedy, Martin Luther King y Robert Kennedy y suceder la guerra de Vietnam (diez años y 58.000 muertos) para que el racismo y la desigualdad social estuvieran de nuevo en la agenda de los políticos, tanto republicanos como demócratas: el sur dixie votó siempre a los demócratas, hasta que el presidente Johnson en 1964 aprobó la Ley de Derechos Civiles y abolió el segregacionismo, al tiempo que declaró “la lucha contra la pobreza en el programa llamado la Great Society”. Desde entonces, el sur se volvió republicano. Para el pobre blanco de Alabama era muy bueno y alentador tener por debajo a un negro. El día en que ambos se volvieron iguales ante la ley, el blanco pasó de ser progresista a ser conservador.

Todo esto es historia y es lo que subyace en el discurso de Trump, acomodado a los acontecimientos de los tiempos de hoy. Trump no dice que EE UU tenga un problema de inmigración, “sino una crisis de inmigración ilegal en la frontera suroeste”, es decir con los hispanos ilegales que quieren entrar en el país, a los que vincula con la droga y la delincuencia. De ahí el querer construir el muro. La historia de los muros suele ser polémica: solo pensar en el muro de Berlín, que pone los pelos de punta, los muros de los guetos judíos que hicieron los nazis, que aterran o el muro que separa a judío (israelíes de los palestinos, hoy). Trump enmarca la inmigración en los grandes problemas que tiene EE UU y con los que sabe que puede apelar al norteamericano medio: seguridad nacional, inseguridad en las calles -puso varios ejemplos de americanos asesinados por inmigrantes ilegales- y la economía; pues llamó al electorado afroamericano y al hispano al afirmar que, con la entrada de inmigrantes ilegales, negros y latinos corren el riesgo de perder su puesto de trabajo y de que los salarios bajen debido al efecto llamada de nuestra fuerte economía.

Las elecciones presidenciales de 2020 dirimirán cuál es el alma de América. De nuevo.

Jorge Díaz Cardiel es Socio Director de Advice Strategic Consultants. Autor de Trump, año uno; Trump, año de trueno y complacencia; Hillary vs Trump

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