Hacia una energía sostenible y eficiente

El horizonte temporal de 2050 puede considerarse suficientemente holgado

Hacia una energía sostenible y eficiente

La publicación por parte de la Comisión Europea del objetivo de que en 2050 sean excluidas las fuentes de energía más contaminantes ha reactivado un debate que ya estaba teniendo otros hitos como los anuncios por parte de algunos países, entre ellos España, de sus intenciones de ir modificando sustancialmente las tipologías de automóviles susceptibles de ser comercializados, en detrimento, igualmente, de los que utilizan combustibles fósiles.

Los argumentos acerca de los costes de no hacer nada se contraponen a las reticencias ante lo que se presenta como una modificación drástica de las pautas habituales en las últimas décadas, con los temores acerca de los impactos negativos sobre el statu quo, la rentabilidad de las inversiones efectuadas y los puestos de trabajo implicados. Y cuando se desciende a los problemas de la transición entre modelos energéticos, con ingredientes importantes de otra schumpeteriana destrucción creativa, se plantean cuestiones como el importante volumen de los recursos implicados y los debates acerca de quién y cómo los aportará, así como el papel y las estrategias de los actores hasta ahora dominantes y su adecuación a unos nuevos tiempos que pueden incluir nuevas posibilidades tecnológicas que soporten nuevas estructuras de mercados.

Hay que constatar que, pese a los intentos de infravaloración de los riesgos medioambientales en que estamos incurriendo, las evidencias parecen cada vez más notables, así como la sensibilización social. Y no solo entre unos sectores tradicionalmente más “concienciados” de nuestras sociedades, sino que la base de las preocupaciones ecológicas se ha ido ampliando significativamente ante las evidencias de episodios de alteraciones climáticas, algunos de ellos con graves efectos.

En 2018 ha sido llamativo cómo el informe del World Economic Forum sobre Riesgos Globales, realizado a partir de encuestas a empresarios y otros buenos conocedores de cómo funciona el mundo, aupase a los problemas medioambientales a los primeros lugares de los riesgos tanto más probables como potencialmente más disruptivos. Pese a los desplantes de la actual Administración de Estados Unidos, tanto los Objetivos de Desarrollo Sostenibles como los acuerdos de París sobre Cambio climático siguen siendo referencias. La UE insiste, por ejemplo, en que los recientes acuerdos que negocia con otros actores importantes, entre ellos el reciente con Japón, incorporan esos compromisos multilaterales medioambientales.

Como en otros ámbitos, en el debate acerca de cómo avanzar hacia un modelo energético que sea más sostenible y al mismo tiempo más eficiente, es más razonable buscar y aprovechar los aspectos de complementariedad entre ambas vertientes, pese a la tendencia de moda de exacerbar contraposiciones. Varias líneas ofrecen buenas posibilidades al respecto, desde las mejoras de eficiencia hasta incentivar las tecnologías que faciliten esas complementariedades, pasando por estimular unos mercados más descentralizados y competitivos. Que las políticas públicas asignen los recursos a esas líneas en lugar de a las contrarias puede tener aristas delicadas, en términos de cómo afecte al statu quo y a las rentas económicas derivadas de este.
En el caso de España sería especialmente razonable y eficiente valorizar lo que en términos de las explicaciones clásicas del comercio denominaríamos ventajas comparativas y de dotaciones de factores en fuentes de energías como la solar o la eólica, que sería insensato seguir sin aprovechar al máximo. Las ventanas de oportunidad son pues especialmente interesantes.

Otro aspecto en debate es el período temporal de la proyectada transición. ¿Es tan urgente avanzar como dicen unos? ¿O es tan breve el plazo que pone en riesgos inversiones e intereses con escaso margen de reacción? Una forma sencilla de visualizar hasta qué punto el lapso temporal entre hoy y el año 2050 (32 años) es excesivamente breve, o no, para absorber nuevas realidades y nuevas reglas es llevar hacia atrás el mismo período, hasta 1986. En ese momento la UE tenía solo 12 miembros, menos de la mitad que en la actualidad, siendo España y Portugal los recién llegados. Hace 32 años no existían ni los móviles inteligentes ni la tabletas, ni Google ni Amazon, ni Facebook ni Twitter ni Instagram. El muro de Berlín todavía estaba en pie y de China casi ni se hablaba. Realmente, dada la aceleración de los tiempos, de los cambios tecnológicos y sociales, plantear escenarios para 2050 es un horizonte temporal que más bien puede considerarse holgadamente prudente que otra cosa.

Una última consideración, más de fondo: a veces se contraponen las apelaciones a prioridades económicas (rentabilidad de inversiones, puestos de trabajo) con las formulaciones medioambientales en base a riesgos, que si bien ya se están produciendo, sus efectos más graves se proyectan a más largo plazo. Pero entre los temas económicos y medioambientales hay más elementos comunes de los que a veces se reconoce. Entre los factores que nos condujeron a la crisis financiera de hace una década y el camino que nos conduce a agravar los problemas medioambientales hay un importante elemento en común: una priorización excesiva del corto plazo y una correlativa infravaloración del futuro. Nos endeudamos hoy y trasladamos la carga al futuro, contaminamos hoy y trasladamos los problemas al futuro. Pero el futuro no es un ente impersonal: es el lugar donde nosotros y sobre todo nuestros hijos y nietos tendrán que vivir. Esta dimensión intertemporal, intergeneracional, es fundamental y debería ocupar un lugar más central en los debates.

María del Mar Rocío Bonilla es Directora del Departamento de Empresa y Economía de la Universitat Abat Oliba CEU

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