Jeques, rusos y europeos, a por el inmobiliario rural español

Este mercado representa un 5% del total del sector, y el cliente español gana peso

Jeques, rusos y europeos, a por el inmobiliario rural español

Este diciembre, solo en la provincia de León, Hacienda ha lanzado a subasta casi 40 inmuebles repartidos por toda la región. Sin embargo, a diferencia de los lotes que se ofertaban antes de la crisis, principalmente propiedades en suelo urbano, estas nuevas pujas se componen en su mayoría de viviendas en pequeños pueblos y de fincas y terrenos rústicos. León ha sido la última zona en la que Hacienda ha decidido desprenderse de parte de estos bienes, pero durante todo el año la lista la han alimentado otras como Zaragoza, Pontevedra, Navarra, Guadalajara o Jaén.

Según datos de la Agencia Tributaria, desde 2011 España ha vendido cerca de 10.000 de estas propiedades, entre viviendas rurales, terrenos ganaderos y agrarios, fincas rústicas o solares. Esta es solo una parte del mercado inmobiliario rural español, quizá más complicado de definir que el urbano por la cantidad de propiedades que caben en su abanico. “Hablamos de casas de campo, viviendas de pueblo, aldeas enteras, casonas, cortijos, fincas... Es un mercado muy grande”, explica Elvira Fafian, gerente de Aldeas Abandonadas Real Estate, una inmobiliaria especializada en este nicho.

La empresa gestiona la transacción de la aldea gallega que el portal americano Goop, propiedad de la actriz Gwyneth Paltrow, recomendó comprar hace un mes para regalar por Navidad. “Ya está reservada por unos extranjeros, por un precio cercano al que salió a la venta”, en torno a los 150.000 euros, adelanta Fafian. Pero más allá de estas propiedades y del atractivo que generan por su efecto mediático, el mercado rural español es mucho más, y lleva ya varios años despegando. “Todavía no tiene el peso que debería, pues casi todo se concentra en la venta de viviendas y suelo en las grandes ciudades, pero sí es verdad que la demanda y el interés crece cada año”, prosigue.

Buena prueba de este crecimiento la da el departamento de fincas rústicas de la inmobiliaria Gilmar, creado hace poco tiempo para potenciar este sector. Esta división rural, explica su director, Antonio Ibañez, “ha propiciado un mayor conocimiento de este nicho por parte de la compañía a nivel nacional”. Algo parecido sucedió en la inmobiliaria Engel & Völkers, cuando hace tres años decidió lanzar su división de fincas, “centrada en su origen en la venta de propiedades rústicas de alto standing para un cliente internacional”, cuenta Óscar Larrea, director de la citada división.

El negocio de Aldeas Abandonadas se centra en la venta de pueblos, casas rurales, casonas o bodegas. El de Gilmar, en fincas ganaderas, agrícolas y cinegéticas. El de Engel & Völkers, en propiedades únicas por su ubicación o historia. Por eso, como el espectro de posibilidades es realmente amplio, cuentan los expertos, no es del todo fácil establecer qué entra y qué se queda fuera del sector. Haciendo un análisis a vuelapluma, y metiendo en él todo el inmobiliario que no tiene cabida en las ciudades, su peso sobre el total del mercado oscilaría en torno al 5%, cuentan. Otros portales, como Idealista, reconocen que a día de hoy todavía no disponen de análisis detallados sobre este segmento, ya que su tipología y casuística es muy diferente a la de las propiedades urbanas.

Jeques, rusos y europeos, a por el inmobiliario rural español

Esto, en términos puramente económicos y de volumen de negocio. En lo relativo a las tendencias el crecimiento potencial es mucho mayor. “El avance es importante sobre todo en la demanda del interés, que cada año crece entre un 18% y un 20% según nuestros datos”, añade Fafian. Esto se debe en gran parte a la gran mejora de infraestructuras que ha visto el mundo rural a lo largo de los últimos años, con un transporte mucho más frecuente y efectivo, unos servicios de conectividad mucho más avanzados y una implicación creciente por parte de los ayuntamientos, “conscientes del negocio que pueden generar si cuidan bien estos detalles, promoviendo la limpieza de los entornos o la rehabilitación de las carreteras”.

El interés por este nicho crece entre un 18% y un 20%

Este cóctel, al que se le añaden los bajos precios en comparación con otros terrenos y propiedades del continente, han hecho que la demanda, principalmente del cliente extranjero, aumente sin pausa. Después de salir de la gran crisis de 2008, donde los precios y el interés se desplomaron, se empezó a avanzar. “Con la recuperación económica el interés por las fincas rústicas ha empezado a mover el mercado rural, tanto en las propiedades productivas agrícolas y ganaderas como en las de recreo, y quizá en menor medida las cinegéticas”, explica Antonio Ibáñez. Además, recuerda Óscar Larrea, las posibilidades de las fincas hoy son mucho más amplias que hace años, “debido a los nuevos usos que se les pueden dar, y que van desde el turismo rural a las explotaciones ganaderas, agrícolas, vinícolas u olivareras, pasando por los cotos de caza”.

Jeques, rusos y europeos, a por el inmobiliario rural español

El cliente extranjero es el mayoritario, en una proporción que se mueve entre el 65% y 70%, si bien, recuerdan los expertos, el comprador español poco a poco va recuperándose. Según cuenta Elvira Fafian, en el norte del país, principalmente en Galicia y Asturias, ha cogido un protagonismo incuestionable el cliente belga, que se siente mucho más identificado con ese tipo de regiones. En otras zonas como Teruel, Soria, Zaragoza o Guadalajara, quienes han cogido carrerilla han sido los compradores nórdicos, “porque además de ser las zonas más baratas de la península, están mucho más cerca de las grandes ciudades, y eso es algo que, en términos generales, este tipo de perfiles valora mucho”.

Andalucía, Extremadura y el sur de Castilla, tres de las zonas más demandadas de España, están prácticamente copadas por el cliente estadounidense y árabe. Unos sienten predilección por aquellas regiones que les permitan el cultivo de vid y olivo con fines inversores y de ocio. Los otros prefieren zonas en las que poder criar caballos o incluso practicar deportes como la cetrería.Los rusos, un perfil que en este mercado suele ser minoritario, empiezan a dar que hablar, aunque se decantan por zonas más cercanas a la costa, pensando sobre todo en la inversión turística. Al cliente del norte de Europa se le añade, cuenta Larrea, el sudamericano adinerado, “principalmente venezolanos, panameños, colombianos o mexicanos, muchos de ellos con primera residencia en Miami. Prefieren las fincas ecuestres y no tanto las ganaderas, y buscan sobre todo que estén bien comunicadas con el AVE o con aeropuertos cercanos”.

En el norte de España crece el comprador belga, en Aragón el nórdico

Con todo esto, los expertos recuerdan que el sector no se reduce únicamente al cliente extranjero. “En el segmento en el que nosotros actuamos el comprador también es español, de un cierto poder adquisitivo, empresario o alto ejecutivo, con una edad entre los 35 y los 55 años”, cuenta Ibáñez. “Hablamos de directivos y empresarios residentes en Madrid que buscan un espacio para los fines de semana”, añade Larrea. Y aunque minoritario, tampoco hay que olvidar al cliente español que se toma estas compras como una apuesta por la vuelta a los orígenes o por un impulso al mundo rural y un remedio contra la despoblación, “ya sea como segunda residencia o como negocio turístico”, dice Fafian.

Por eso, como recuerda Larrea, es importante un buen asesoramiento para mostrar la parte racional que conlleva la compra. Así, más que el precio “hay que tener en cuenta el coste que conlleva el mantenimiento de fincas con un alto patrimonio, así como las regulaciones a las que están sujetas a la hora de acometer rehabilitaciones o nuevas construcciones”. No obstante, para acotar unos rangos de precios, cabe destacar que estos también varían en función de los tipos de clientes. Mientras el nacional busca fincas hasta los dos millones de euros, el internacional se fija en otras por encima de los cuatro millones. “Hay fincas que van desde los 300.000 euros hasta los 60 millones”, explica Ibáñez.

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