¿Estamos listos para las nuevas curvas?

La mayoría de las economías están relativamente mal preparadas para otra recesión, aunque sea suave

El vicepresidente de la CE para el Euro, Valdis Dombrovskis, y la ministra de Economía, Nadia Calviño.
El vicepresidente de la CE para el Euro, Valdis Dombrovskis, y la ministra de Economía, Nadia Calviño. EFE

La OCDE ha publicado recientemente un informe en el que certifica la de­saceleración de la economía mundial. Al día siguiente, el FMI confirmaba la noticia. El diagnóstico no deja lugar a dudas: la inmensa mayoría de los países han experimentado una revisión a la baja en la estimación de sus tasas de crecimiento para este año, y también para los dos siguientes. El titular de la OCDE lo resume muy bien: “El crecimiento mundial toca techo al tiempo que los riesgos aumentan”.

Durante los últimos meses todas las instituciones internacionales, una tras otra, han ido revisando el crecimiento a la baja. Para España, la OCDE la ha rebajado dos décimas respecto a las previsiones de septiembre, dejándolo en el 2,6% para 2018, mientras el FMI ya la había bajado al 2,7% en las previsiones de octubre, y lo acaba de bajar otra vez al 2,5%. Los datos de la contabilidad trimestral del INE para el tercer trimestre daban un crecimiento anualizado incluso un poco menor, el 2,5%. Así que mucha sorpresa no hay.

Hace un año por estas fechas la economía mundial estaba experimentado un crecimiento bastante sincronizado. En 2017 el crecimiento se aceleró en todas las economías avanzadas, especialmente en las de mayor tamaño, con la excepción de Reino Unido, y también en la mayoría de las emergentes. En 2018 las cosas están yendo peor. Las Bolsas están nerviosas porque temen, fundamentalmente, dos cosas. La primera, que el crecimiento mundial se desacelere, y la segunda, las consecuencias de la política monetaria más restrictiva que está siguiendo EE UU. El problema es que el crecimiento ha dejado de estar sincronizado. La rebaja de impuestos de Trump ha disparado el crecimiento en EE UU, y el desempleo está en mínimos de hace casi 50 años, por debajo del 4%. En otras circunstancias esto debería ser bueno para todos, pero su expansión está teniendo lugar en un contexto de restricciones al comercio, por lo que su potencial efecto beneficioso sobre otras economías es más que discutible.

A ello hay que añadir el efecto desestabilizador de toda guerra comercial. Y si es entre dos países tan grandes y poderosos como Estados Unidos y China, todavía peor. Por otra parte, los diferentes ritmos de crecimiento de EE UU y el resto de países también hacen que las políticas monetarias sean diferentes, lo que las convierte en un foco muy importante de problemas.

La Reserva Federal ha aumentado los tipos de interés ocho veces desde diciembre de 2015. El BCE se lo está planteando, pero está todavía lejos de subirlos. En Japón los tipos son negativos. Y China ha hecho lo contrario para frenar la desaceleración de su economía. Cuando los tipos de interés suben en EE UU, y en ningún otro sitio, que es lo que está pasando, el dólar se fortalece. Pero el dólar no es una divisa cualquiera. La mayoría de las deudas en los países emergentes están denominadas en dólares. Por lo tanto, la consecuencia es que un dólar apreciado hace más caro devolver las deudas, y algunos países simplemente tienen que tirar la toalla y pedir ayuda. Es lo que le ha pasado a Argentina, a Turquía y, más recientemente, a Pakistán.

La situación actual no es, sin embargo, tan desfavorable como hace una década. Ahora mismo nadie espera una crisis comparable a la que acabamos de pasar. El sistema bancario ha salido reforzado y tiene mejor salud que hace una década. Los mercados emergentes están atravesando problemas, pero, en líneas generales, su salud no es mala. La mayoría de los países avanzados han puesto en marcha reformas estructurales que los fortalecen frente a una nueva crisis.

Sin embargo, la situación no está exenta de problemas. Las economías más desarrolladas, entre las que nos encontramos, están relativamente mal preparadas en la actualidad para hacer frente a una nueva recesión, aunque sea suave. La razón es que el arsenal de medidas disponibles está bastante agotado después de hacer frente a la gran crisis que acabamos de pasar. Desde mediados del siglo pasado la respuesta habitual a las crisis ha sido bajar los tipos de interés para animar el consumo y, sobre todo, la inversión. Pero para eso hay que poder bajarlos. Y el BCE no los puede bajar más porque ya están en cero. Y lo mismo le pasa a Japón. EE UU aún tendría margen, pero mucho menor del que ha disfrutado en otros episodios similares. Quedaría la alternativa de seguir con la política monetaria no convencional que es lo que está haciendo el BCE, o poner en marcha políticas fiscales expansivas. Pero no sería sencillo.

Seguramente en EE UU sería factible, aunque después de la última rebaja fis­cal de Trump, que ha puesto el déficit público en el 4% del PIB, lo más probable es que si intentara gastar todavía más se encontrara con problemas. La situación es más problemática en la UE. Alemania, y el resto de países del norte y centro de Europa, tienen auténtico pavor a que los países con deudas elevadas, como Italia, Grecia y España, sigan endeudándose todavía más. Acabamos de ver cómo ha reaccionado con las propuestas presupuestarias de España. Se ha encargado de aclararnos que las medidas que contienen implican un “riesgo de incumplimiento” de las normas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. A Italia la ha amenazado con sanciones que han sido contestadas en tono desafiante, cuestionando la autoridad de la Comisión Europea.

En general, no parece que las circunstancias políticas en los distintos países vayan a facilitar las cosas. Gracias a Trump, y su guerra comercial, las relaciones entre China y EE UU son abiertamente hostiles. En muchas economías avanzadas han aflorado partidos populistas, o nacionalistas, siempre dispuestos a sacar provecho del descontento. Especialmente preocupante es la actual situación de debilidad de la UE. Los problemas internos han impedido que se avanzara lo que debiera en la unión bancaria, fiscal y política, lo que nos hace más vulnerables ante las circunstancias adversas. Desgraciadamente, parece haber bastante acuerdo, y no solo en España, en que los políticos son una parte importante del problema, y no de la solución.

Matilde Mas es Catedrática de Análisis Económico de la Universidad de Valencia y
directora de proyectos internacionales del Ivie

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