Ni gestión activa ni pasiva: un mix de ambas

Pese al vivo debate, no tiene sentido tomar partido: todo depende del perfil del inversor y de las circunstancias

Ni gestión activa ni pasiva: un mix de ambas

Se cumplían recientemente 25 años del lanzamiento del primer ETF registrado en Estados Unidos, el SPDR S&P 500 ETF. Desde aquel momento, el mercado de fondos cotizados ha crecido de forma notable. Según datos del Investment Company Institute, el volumen de patrimonio en ETF sumaba 3,87 billones de euros al terminar 2017, lo que representa un 8,74% del volumen total de patrimonio bajo gestión de todas las clases de fondos en todo el mundo. Su presencia es mayor en el mercado de Estados Unidos, donde representan un 12,48% sobre el total, mientras que en Europa la cuota de volumen de ETF sobre el total de fondos es de 4,05%.

Un ETF (Exchange Traded Fund) o fondo cotizado es similar a un fondo de inversión en cuanto a que incluye un conjunto diversificado de activos, pero se asemeja a una acción en cuanto a que cotiza en Bolsa. Se puede considerar a un ETF como una forma de fondo indexado, ya que persigue el mismo objetivo de invertir en un índice con costes mínimos; pero hay también una gran diferencia en cuanto a costes a favor de los ETFs.

Parece que todo son ventajas respecto a la inversión en gestión activa. Pero veamos en qué consiste la gestión activa. Los fondos gestionados activamente suponen un proceso de selección de títulos por parte del gestor del fondo, en base a una valoración independiente de cada una de estas emisiones, con el objetivo de elegir las mejores inversiones. De forma general, puede decirse que el objetivo de los gestores activos es batir al mercado o a determinados índices.

En la gestión pasiva, por el contrario, los títulos que componen el fondo no pasan por un proceso de valoración. Su objetivo es igualar el comportamiento de ciertos índices de mercado, no batirlos. La inversión pasiva sólo busca tener en cartera todos los componentes de un índice de mercado, en la misma proporción.

Una de las diferencias más significativa entre ambos tipos de inversión es el coste. La inversión activa es, por lo general, más costosa, ya que es necesario contar con un equipo de analistas y gestores de cartera. Además supone también mayores costes de operativa, por la rotación más o menos frecuente de la cartera. Como consecuencia, muchos gestores activos tienen dificultades para batir a los índices, una vez descontados los costes por comisión. En la gestión pasiva todos estos costes no son necesarios.

El debate lleva abierto mucho tiempo sobre cuál de los dos tipos de inversión cuenta con más virtudes. Como en muchas otras cosas, carece de sentido posicionarse en absoluto; las bondades o ventajas de cada tipo de inversión dependerán de cada inversor y sus circunstancias. Mientras que la inversión en fondos de gestión pasiva se ha hecho muy popular en los últimos años, puede también observarse casos en que la gestión activa puede ayudar a los inversores a mejorar sus retornos ajustados por riesgo. Especialmente en momentos difíciles de mercado.

Las estrategias de gestión activa han resultado más beneficiosas para los inversores en determinados entornos y las pasivas en otros. Los inversores pueden beneficiarse de combinar ambas estrategias para acceder a lo mejor de los dos mundos, de forma que se potencien los atributos más valiosos de cada uno. Los mercado cambian continuamente, por lo que se necesitaría disponer de asesoramiento profesional para decidir cuándo ha de sobre-ponderarse en inversión pasiva respecto a activa y en qué volumen. Merece también ser tenido en cuenta que conseguir una gestión activa de éxito ha resultado históricamente más difícil en determinados grupos de activos o sectores de mercado.

Es posible que algunos inversores tengan una opinión formada sobre este tema y este enfoque de combinar estrategias activas y pasivas no les resulte convincente. De forma general, puede decirse que si para un inversor es prioritario reducir sus comisiones y costes de operativa, tendría sentido una cartera totalmente invertida en activos de gestión pasiva. Pero, por lo general, los inversores suelen estar más interesados en factores como riesgo, rentabilidad y liquidez que en comisiones, por lo que podría asumirse que un enfoque mixto beneficiaría a todos los inversores, tanto agresivos como conservadores.

Lo que sí parece cierto es que el éxito de los fondos cotizados ha llevado a varias gestoras a incluir este tipo de productos en su oferta inversora. Si bien la mayor oferta por número y volumen de ETF corresponde a grandes casas como SPDR State Street Global Advisors, Vanguard, iShares (Blackrock) o Lyxor, otras marcas de reconocido prestigio en gestión activa, como Amundi o UBS Gestión, han decidido incluir ETF en su propuesta de inversión. En España, el único emisor español de ETFs es BBVA Asset Management con dos fondos cotizados: ACCION EUROSTOXX 50 ETF y ACCION IBEX 35 ETF.

El hecho es que los ETF son el vehículo de inversión que crece a mayor velocidad. Diseñados originalmente para el inversor institucional, se utilizan también como herramienta de inversión. Los fondos de inversión los usan para rentabilizar una posición temporal de liquidez, los fondos soberanos para ganar exposición al mercado de renta variable o la banca privada para empaquetar sus propuestas de inversión.

Fiscalmente, aunque su tratamiento es equivalente al de una acción, la plataforma All Funds ha sido la primera en conseguir recientemente que los ETF cotizados en una Bolsa internacional puedan diferir la tributación de sus plusvalías hasta el momento de su reembolso, en línea con la fiscalidad aplicada a fondos de inversión.

Como sucede con muchas de las decisiones que un inversor debe tomar, la elección de gestión pasiva o activa, o de una combinación de ambas, depende de las prioridades personales, del horizonte temporal y de los objetivos.

Paula Mercado es Directora de Análisis VDOS

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