Las deficiencias del mercado laboral, una a una

El empleo a tiempo parcial bien regulado ayuda a la conciliación y a combatir el paro

Manifestación por el Día de la Mujer, el jueves en Madrid.
Manifestación por el Día de la Mujer, el jueves en Madrid.

En los últimos meses ha saltado a la opinión pública una serie de problemas que afectan a una parte importante de nuestra sociedad y que han ocupado el primer plano de la actualidad: la precariedad laboral, el futuro de las pensiones, la desigualdad de las condiciones de trabajo y la brecha salarial entre los hombres y las mujeres. Para abordar con rigor estos problemas, es necesario conocer la realidad objetiva de cada uno de ellos y no caer en simplificaciones que inducen al error o a una demagogia fácil.

Hay que dejar claro que el problema social más importante a combatir es el paro, que en sí mismo produce desigualdades y desequilibrios en el terreno económico y psicológico. Después de sufrir una crisis sin precedentes de más de siete años de duración, se ha entrado en el terreno positivo del crecimiento económico y de la creación de empleo, lo que ha hecho posible una reducción de la tasa de paro de diez puntos porcentuales en los últimos cuatro años. Es un logro que hay que destacar como se merece porque ataca a la esencia de la desigualdad social. Al mismo tiempo, se ha producido una importante reforma laboral que ha tenido dos efectos clave: la adaptación de las condiciones laborales a la realidad de las empresas –en el marco de protección legal de los trabajadores– y una mayor flexibilidad interna que facilita la respuesta de las empresas a los cambios permanentes que se producen en el entorno económico y empresarial.

El nuevo marco legal sirve de base a la segunda variable que condiciona la realidad laboral: la negociación colectiva, que complementa y concreta los aspectos básicos de la normativa legal a las circunstancias concretas de las empresas. Ni la legislación laboral ni los convenios colectivos pueden quedarse al margen de las principales preocupaciones y aspiraciones de los ciudadanos, sea cual sea su condición. Por esta razón, en todos los convenios se plantea el desarrollo de la formación profesional, que permite una actualización de conocimientos y una capacitación necesaria para mantener un empleo digno que cubra las necesidades y aspiraciones económicas, familiares y profesionales. Este es el objetivo de la legislación y de los convenios colectivos: formación y empleo, dentro de unos criterios de equidad. En ese sentido, puedo afirmar que no conozco hasta el momento ningún convenio colectivo que establezca diferencias salariales o de condiciones de trabajo entre hombres y mujeres. Si de hecho se producen esas diferencias, lo hacen al margen de la legalidad y de lo establecido en los convenios y en consecuencia, hay que combatirlas por todos los medios.

Otro de los problemas que se plantea es la precariedad laboral, referida a la estabilidad de los contratos, a los bajos salarios, comparados con los que existían antes de la crisis, y al crecimiento de los contratos a tiempo parcial. A este respecto, hay que hacer algunas precisiones: la temporalidad actual es alta comparada con el resto de Europa: un 26% frente a un 15%; al mismo tiempo es uno de los porcentajes más bajos que hemos tenido en los últimos 30 años. Hay que controlar mejor la naturaleza de los contratos temporales y reducirlos a las necesidades reales de carácter temporal para que no encubran necesidades permanentes, pero en ningún caso eliminarlos.

En lo que se refiere a los salarios, es necesario advertir que no se pueden subir por decreto, que han de ser una consecuencia del crecimiento económico, de los resultados de las empresas, de la productividad y de unos criterios de prudencia y de justicia, que constituyen la base de confianza y de credibilidad entre la dirección y los empleados, en los momentos de crisis y en los de crecimiento. Un incremento salarial que no responda a una base real solo conduce a la quiebra económica. La burbuja económica y salarial en la que nos instalamos en los siete primeros años del siglo estalló de golpe y nos obligó a asumir una realidad, de la que nos ha costado salir cuatro años, gracias al esfuerzo de la sociedad en su conjunto. Hay que tener un sano orgullo de lo conseguido. Ahora toca consolidar el crecimiento y mejorar la calidad del empleo.

El trabajo a tiempo parcial, protegido y bien regulado, ha sido la base para combatir las crisis económicas y el paro en Europa, como se ha demostrado en Holanda, Dinamarca y Alemania. No es posible explicar por otras razones los porcentajes de la contratación a tiempo parcial que se han alcanzado en estos países, entre el 30% y el 50%, mientras en España a duras penas se supera el 16%. Por otro lado, se ha comprobado que es la fórmula más adecuada para conseguir un mayor equilibrio entre trabajo y familia, facilita la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y crea las condiciones para una mejora del índice de natalidad, tan necesario en toda Europa y en especial en España. Es importante conocer de primera mano lo que han conseguido en los países de nuestro entorno cercano y adaptarlo a las características propias de la realidad económica y social de nuestro país.

Estos problemas hay que abordarlos con objetividad, con un diagnóstico de las causas que los producen y un acuerdo en las soluciones, que sean viables y eliminen todo tipo de desigualdad o de discriminación social. La claridad de ideas, la visión de Estado, la coherencia en la actuación y la comunicación de las medidas a adoptar resultan fundamentales para conseguir la credibilidad, la confianza y la ilusión de una sociedad que cree en la iniciativa individual y en la solidaridad como base de una convivencia en paz y en libertad.

Sandalio Gómez es profesor emérito del IESE

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