La letra pequeña del presupuesto de Trump

Dedicará 200.000 millones federales a infraestructuras, frente al billón prometido

El director de presupuestos de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, el pasado lunes, presentándolos.
El director de presupuestos de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, el pasado lunes, presentándolos.

En 2019, la deuda pública de EE UU supondrá el 103,2% de su PIB. En aquel país, la deuda pública es la suma de todos los déficits: federal, estatal y local. Conclusión: “ut defectubus” (“tendremos déficit”, escribió Marco Aurelio en Meditaciones). El déficit será del 2,6% en relación al PIB en 2019.

La ortodoxia republicana es contraria a los déficits. Aunque hay excepciones. “Los déficits no importan” respondió Dick Cheney a un periodista en respuesta a la pregunta: “¿No se incrementará el déficit si aumenta el gasto en defensa?”. Era 2006 y las guerras de Oriente Medio no iban bien para América. Era necesario enviar más tropas (“the Surge”, que fue eficaz temporalmente, hasta que, en diciembre de 2009 Obama envió 30.000 soldados más). Entre 2009 y 2017 –presidencia de Obama– el déficit público anual medio fue del 3,1%. Conforme la recuperación económica se consolidó y aumentaron los ingresos vía impuestos y afiliaciones a la Seguridad Social, el déficit se ha reducido, en 2018, del 3,1% al 2,5% del PIB.

Trump cuenta con que la economía crezca por encima del 3% en los próximos tres años. Mayor crecimiento económico llevaría a mayor recaudación fiscal. Puesto que el presidente hizo en diciembre una reforma fiscal que ahorra 1,5 billones de dólares a ciertos contribuyentes, Trump piensa que los beneficiados por su recorte de impuestos, o bien pagarán más a sus trabajadores, o bien gastarán más –lo que incrementará la producción de bienes americanos– y el círculo virtuoso nos devolverá a los maravillosos años sesenta de Kennedy. Es posible. Pero, en economía, rara vez se toman decisiones perfectas, porque no se dispone del 100% de la información o las fuentes de información discrepan. Janet Yellen, en diciembre de 2017, siendo presidenta de la FED, anticipó un crecimiento en PIB del 2,2% y la Asociación Americana de Predictores Económicos habla del 2,5%. Si Trump quiere que el genio de la botella le otorgue sus deseos, la Office of Management and Budget, que depende de la Casa Blanca, deberá acertar y Yellen y los otros economistas tendrán que errar.

Por tanto, el presupuesto presentado por Trump, de 4,4 billones de dólares, se la juega a una carta para cumplir sus objetivos: que la economía crezca el 3,1% en 2018 y 2019. Es un presupuesto que, como todos, tiene un componente de gasto obligatorio y otro discrecional. Los porcentajes asignados a cada partida podrán ser mayores o menores, pero, o desaparece el motivo del gasto (imaginemos que EE UU decidiera no tener fuerzas armadas, armamento convencional y armas nucleares: si desaparece la partida, también lo hace la financiación). La Seguridad Social (y el desempleo) supone el 36% del presupuesto y sanidad el 28%. El gasto en defensa es el 13%. Y la partida destinada a los intereses de la deuda es el 10%. Agricultura, energía, comercio, innovación tecnológica, desarrollo regional y local se llevan el 13%. Esta es solo una parte de la información. Vale la pena saber las cantidades en términos absolutos que el presupuesto asigna a cada partida. Y aquí, cabe hablar de “vencedores y vencidos”.

Veámoslo; son datos oficiales del documento presupuestario de 165 páginas que lleva por título Un presupuesto americano: agricultura (126.000 millones de dólares); comercio (11.000 millones), defensa (482.000 millones), educación (71.000 millones); energía (26.000 millones), sanidad (un billón); seguridad nacional (37.000 millones), urbanismo (39.000 millones), policía (14.000 millones); justicia (30.000 millones); Departamento de Trabajo (44.000 millones), Departamento de Estado (22.000 millones); transporte (86.000 millones), Tesoro (700.000 millones para intereses de la deuda); veteranos de guerra (162.000 millones); medioambiente (EPA; 7.000 millones); servicios generales de la Administración (1,12 billones); Seguridad Social (979.000 millones), NASA (16.000 millones) y programas de asistencia internacional (24.000 millones).

Hay programas que no se pueden tocar (Seguridad Social o sanidad, con programas esenciales como Medicare, Medicaid, Food Stamps, etc.) en la parte de gasto obligatorio. Podrían haberse aumentado en su aspecto discrecional. No ha sido así, como tampoco ha sucedido en educación, el cuidado de veteranos, el comercio o la política exterior. Trump se va a gastar 22.000 millones en relaciones internacionales y medio billón en defensa, fundamentalmente remozando el arsenal nuclear. Especialmente llamativa es la casi ausencia de inversión en innovación tecnológica: siempre hemos sostenido que Trump sabe de ladrillos, pero no de microprocesadores.

Creo que Hillary Clinton hubiera hecho un presupuesto radicalmente opuesto, como hizo Obama. Invertir en defensa más que todo el resto de los países del mundo juntos es un mensaje inequívoco: EE UU, con una economía fuerte y unas Fuerzas Armadas muy sólidas conservará su hegemonía. Que a la diplomacia le den… calderilla.

Y están las famosas infraestructuras. Trump prometió invertir 1 billón de dólares en remozar las infraestructuras del país: puentes, carreteras, trenes, aeropuertos, etc., generando inversión privada y puestos de trabajo americanos. Ya se sabe, solo el hombre blanco sabe colocar ladrillos; a los hispanos se les permite –si son legales– que recojan la basura, sirvan las mesas y limpien en casas y hoteles. Trump dedicará 200.000 millones a infraestructuras en diez años. Le faltan 800.000 millones para cumplir su promesa electoral. Ahora dice que, si un ayuntamiento quiere reparar un puente, deberá poner el 20% de la inversión de su bolsillo y, el resto, obteniendo financiación privada. Esto se le quedó en el tintero de la memoria en la campaña electoral.
Durante las décadas de Trump dedicado a la construcción, se autodenominó a sí mismo como el “Rey de la deuda”. Con razón –entonces– en Wall Street no querían verle ni en pintura. Pero, ahora, como presidente y habiendo colocado a muchos banqueros en puestos clave de su Gobierno, el rico está contento, el constructor es más feliz, el banquero da saltos de alegría y el granjero de Iowa se da con un canto en los dientes por escuchar, de nuevo decir a Trump: “America first”. Hasta que el granjero de Iowa se pregunte…: “¿Y qué hay de lo mío?”

Jorge Díaz Cardiel es socio director Advice Strategic Consultants y autor de Clinton vs Trump y Trump, año uno

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