El BCE no puede hacer todos los deberes que la zona euro tiene pendientes

Gobiernos, Parlamentos y agentes sociales tienen que colaborar para abordar las reformas estructurales que necesita la economía europea

Mario Draghi, presidente del BCE.
Mario Draghi, presidente del BCE.

La decisión de poner punto final –y de cuándo hacerlo– al programa extraordinario de compra de deuda del Banco Central Europeo (BCE) no está siendo pacífica. El presidente de la institución, Mario Draghi, lo reconocía abiertamente ayer, pese a tratar de suavizar esa confesión explicando que estas diferencias en el Consejo de Gobierno del BCE son normales: "Ni profundas ni existenciales". Normales o no, todo apunta a que el final de la actual política expansiva de Fráncfort podría producirse en torno al próximo mes de septiembre. No será un final abrupto, dada la intención del BCE de seguir reinvirtiendo los vencimientos de deuda y de mantener los tipos bajos hasta mucho después de que hayan cesado las compras.

La reunión de ayer del BCE se saldó una vez más sin movimientos de ficha, aunque sí con advertencias sobre la incertidumbre que rodea, como una sombra, la boyante recuperación europea. Una incertidumbre provocada por la fuerte apreciación del euro que ha traído consigo el fortalecimiento de la economía europea. Pero a la que también contribuye la agenda proteccionista de Washington y su discurso a favor de un dólar débil, reiterado estos días en Davos. El presidente del BCE no dudó en calificar ayer esas manifestaciones sobre la moneda estadounidense –realizadas por Donald Trump y su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin– como una ruptura del compromiso suscrito en 2017 por las principales economías del mundo para no recurrir a la guerra de divisas y para velar por la estabilidad financiera. Se trata de una consecuencia más del giro de la política económica y exterior estadounidense, cada vez más enfrentada a Europa.

Aun así, las sombras que pueden amenazar en un futuro más o menos cercano la prosperidad europea no son únicamente externas. Como el expresidente del BCE Jean-Claude Trichet recuerda en estas mismas páginas, Mario Draghi no puede hacerlo todo. Europa necesita adoptar reformas estructurales si quiere consolidar la recuperación y estar preparada para la próxima recesión, que Trichet augura cercana, como una consecuencia del elevado endeudamiento global. Se trata de una tarea reformista que algunos países, como España, han realizado ya en buena parte –aunque no esté ni mucho menos terminada– pero que otros no han llegado apenas a comenzar. Gobiernos, Parlamentos y agentes sociales deben comprometerse a liberalizar y flexibilizar la economía europea, como también a construir una integración política en la zona euro que está todavía lejos de existir y cuya ausencia explica buena parte de las dificultades que Europa ha vivido en los últimos años. Es una tarea compleja y, precisamente por ello, urge empezar cuanto antes.

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