Una economía que ya no necesita las muletas del BCE

La coyuntura actual muestra el menor número de países en recesión desde que existen registros

Una economía que ya no necesita las muletas del BCE

Tras el descanso navideño en el que el Banco Central Europeo dejó de intervenir en los mercados comprando deuda pública y privada, la entidad dirigida por Mario Draghi ha regresado con un plan de compras de activos mucho más moderado, tal como se anunció el pasado mes de octubre. Este no es el primer recorte de la política monetaria expansiva del BCE, ya que en abril de 2017 se pasó de comprar activos por un valor de 80.000 millones de euros al mes a adquirir 60.000 millones mensuales. Ocho meses después se modera de nuevo una política monetaria jamás vista que durante un tiempo pareció que no tendría límites.

Como el propio Draghi afirmó, se llevaría a cabo lo que hiciera falta para salvar el euro. Parece que la economía ha reaccionado de forma positiva a estas medidas y ya no son tan necesarias. La reducción de la cuantía de las compras hasta 30.000 millones de euros se ve compensada con una prórroga del plan hasta septiembre de 2018. Si la situación económica empeorase se volverían a prolongar las compras e incluso se volvería a aumentar la cuantía de las mismas. Prácticamente nadie cree que esta extensión vaya a ser necesaria dada la recuperación de la economía y el nivel de inflación en la Eurozona. En marzo de 2015, cuando se estableció el plan de compras de activos la tasa de inflación en la zona Euro era el -0,1% mientras que al final de 2017 se situaba en el entorno del 1,5%, todavía algo alejada del objetivo fijado por el BCE del 2%.

Esta política de reducción de estímulos, comúnmente denominada tapering, se consolida en la Eurozona después de que otros bancos centrales terminasen con sus planes de compras de activos. La Reserva Federal pasó de adquirir 85.000 millones de dólares al mes a comprar activos por valor de 75.000 millones en diciembre de 2013. En otoño de 2017, casi cuatro años después, el banco central estadounidense cesó de comprar activos ya que consiguió que la economía de Estados Unidos consolidase su fase de crecimiento.

El Banco de Japón, que supervisa las finanzas de un país con una inflación y un crecimiento menor al estadounidense, también redujo progresivamente la compra de bonos. En el primer discurso de 2018 del gobernador del banco central japonés se comunicó a los medios que su balance de activos disminuyó en el mes de diciembre el 0,085%. La caída es testimonial, pero es algo que no sucedía desde finales de 2012, cuando la llamada expansión cualitativa y cuantitativa comenzó a aplicarse. Las medidas tuvieron una importancia tan elevada que el término Abenomics comenzó a popularizarse en referencia al primer ministro japonés, Shinzo Abe. Desde su aplicación, el balance del Banco de Japón ha pasado de unos 150 a 522 billones de yenes. Aunque las compras hayan terminado, el ritmo de caídas del balance se prevé que sea reducido e incluso podría llevar décadas retornar a la situación anterior.

La única gran economía que no ha utilizado esta política de compra de bonos que permite inyectar grandes cantidades de dinero en los mercados financieros ha sido China. Debido a sus peculiaridades político-económicas le ha sido posible llevar a cabo estímulos en forma de créditos otorgados por grandes bancos controlados por el Estado y aumentando el gasto del Gobierno en partidas como grandes proyectos de infraestructuras.

Por su parte, el Banco de Inglaterra mantiene un objetivo de adquirir activos por valor de 445.000 millones de libras en su programa de expansión cuantitativa, reservando solo 10.000 millones para compra de bonos de empresas. El próximo 8 de febrero el Banco de Inglaterra anunciará si ante la incertidumbre del brexit decide ampliar las compras de activos o si se une al resto de bancos centrales y comienza a estabilizar e incluso a reducir los estímulos.

Hace una década prácticamente nadie hubiera apostado por una política de expansión cuantitativa como la que ha tenido lugar. En la actualidad el balance de los bancos centrales aparece como una de las principales herramientas de política monetaria tras los programas de compras de activos de las principales instituciones encargadas de regular el sector financiero. Sin embargo, el tipo de interés continúa siendo el principal instrumento de política monetaria para conseguir la estabilidad de precios y el crecimiento económico.

En la Eurozona el interés se redujo al 0,05% en septiembre de 2014. En aquel momento parecía que no se llegarían a ver tipos de interés nulos o negativos, pero en marzo de 2016 el Banco Central Europeo fijó el tipo de interés en el 0%. Hoy no parecen razonables nuevas bajadas, y en los próximos trimestres se espera que el precio del dinero aumente ligeramente como ya ha sucedido en Estados Unidos. La Reserva Federal ya ha alcanzado el 1,5% tras sucesivas subidas en los dos últimos años. Se espera que la política monetaria estadounidense se siga contrayendo, alcanzando tipos de interés crecientes del 2% en 2018%, el 2,5% en 2019% y el 3% en 2020.

Otros países todavía no han iniciado la senda alcista del tipo de interés, como sucede en la Unión Monetaria. Japón continúa con el tipo de interés en el -0,1% para intentar salir del círculo vicioso de bajo crecimiento que comenzó a principios de los noventa. Las economías con un mayor crecimiento no han tenido que aplicar tipos de interés tan bajos, como es el caso de China, donde el interés cayó del 6% al 4,35% a lo largo de 2015. En el Reino Unido el banco central reaccionó con rapidez ante la crisis financiera y redujo el tipo de interés del 5% al 0,5% en tan solo seis meses tras la quiebra de Lehman Brothers. La incertidumbre del brexit hizo que el tipo de interés se redujera al 0,25%, pero el pasado noviembre retornó al 0,5%, posiblemente comenzando una lenta pero sostenida secuencia de movimientos al alza del tipo de interés.

Los bancos centrales han usado instrumentos de política monetaria convencional y no convencional para atajar la crisis financiera que experimentaron las economías desarrolladas y en menor medida los países exportadores en vías de desarrollo. En algunos casos se tachó a estas políticas como temerarias ya que alcanzaron niveles impensables tanto con tipos de interés negativos como por las compras masivas de bonos públicos y privados.

Hoy es posible afirmar que estas políticas ultraexpansivas han tenido un efecto positivo, logrando que la inflación se acerque al objetivo del 2% sin sobrepasarlo y que la mayoría de las economías se alejen de una posible deflación, un fenómeno peligroso que podría haber lastrado el consumo y el crecimiento económico, como sucedió en Japón.

Esta política que se acerca a su fin ha sido comparada con una barra libre e incluso catalogada por Rothschild como el mayor experimento en la historia mundial de la política monetaria. La magnitud de los efectos no buscados de estas políticas no era conocida y es incuestionable que la valoración de ciertos activos ha aumentado a un ritmo mayor al de la economía. Así, varios índices bursátiles se encuentran en máximos históricos, el precio de los bienes inmuebles de zonas con gran demanda de alquiler se ha incrementado a doble dígito e incluso cabe preguntarse hasta qué punto los tipos de interés tan bajos son responsables de fenómenos especulativos como el bitcóin.

Buena parte del dinero creado gracias a la política monetaria expansiva se ha dedicado a la inversión, haciendo que el consumo crezca a niveles adecuados y la inflación no aumente demasiado. La retirada gradual de los estímulos se ve como algo positivo que indica que el crecimiento económico es sólido y el mercado laboral se ha recuperado. De este modo, el consenso de analistas y organismos económicos espera tasas de crecimiento elevadas, una inflación controlada y ligeras revalorizaciones en los valores cotizados. El reciente aumento del precio del petróleo acercándose a 70 dólares por barril podría verse como el único riesgo para la consolidación del crecimiento, pero analizando el dato junto con el resto de indicadores económicos se puede considerar como un signo más de la mejora económica global, con el menor número de países en recesión desde que existen registros de esta cifra.

Juan Luis Santos es Profesor en la Universidad de Alcalá y de la Universidad San Pablo CEU e investigador en el IAES

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