Recuperemos la filosofía

Esta disciplina puede ayudar a desmontar falacias y a sumir la crítica como algo distinto al ataque

Recuperemos la filosofía

Dos personas perdidas en un bosque se encuentran. Ambas parecen llegar de sitios diferentes, comparten su itinerario; quizá sus caminos no han sido tan diferentes, aunque desde luego hay zonas de ese bosque que uno ha visto y el otro no. Ambos se cuestionan sus propios caminos y deciden seguir juntos y buscar la salida de ese bosque… Esta situación se parece bastante más a un diálogo filosófico que a la pugna de dos luchadores que buscan vencer uno al otro, ocupar su espacio y defenderse de sus ataques.

La celebración, a propuesta de la UNESCO, del Día Mundial de la Filosofía el tercer jueves de cada mes de noviembre, es una ocasión para recordar que la filosofía está ahí, no solo como una digna herencia cultural o como un saber académico, sino como un modo fundamental de encarar la vida, tanto individual como colectiva, y para recordar que la política y la economía deberían practicarla más a menudo.

Con el actual tendido político patrio (¿tragedia?, ¿comedia?), se podría preguntar si la filosofía ayudaría a desenredar una situación tan crispada y, lo que es peor, tan extraviada de la verdadera política. Mucho se esperaría de la filosofía y, desde luego, ese desenredo o solución habrá de venir desde la colaboración de todos.

La filosofía puede ayudar a aclarar conceptos y argumentos, a desmontar falacias, pero también a asumir la crítica como algo muy diferente al rechazo en plano y el ataque. La filosofía no debería dejar de recordarnos que, como dijo el poeta, somos diálogo no tanto desde que hablamos, sino desde que escuchamos; y acaso no alcanzamos la razón cuando vencemos, sino cuando (nos) convencemos, y asumimos que pensar puede llevarnos, con toda probabilidad, a cambiar nuestros puntos de vista, nuestros itinerarios y expectativas. Ese oficio genuino de pensar no está en absoluto ausente en los grandes de la economía y la ciencia política, aunque de ellos nos solemos quedar más con recetas disecadas y no con su ímpetu filosófico.

A pesar de la loable iniciativa de dedicar a la filosofía un día mundial y promover su enseñanza y su presencia, es un hecho su ausencia casi total en muchos debates públicos, sean de tipo científico o político, por no hablar de su progresiva desaparición en los planes educativos. Con todo, la filosofía sobrevive, acaso porque es inevitable y nos recuerda esa “funesta manía” de no dejar de pensar, plantear y replantear lo que se nos muestra presuntamente como lo dado, lo único o lo que debe ser. 

La filosofía es traviesa, pero a la vez enormemente paciente y atenta con cualquier problema, con todo argumento. Y es que la filosofía propicia antes la pregunta que la respuesta impositiva, pues conserva algo del primer asombro del hombre ante su existencia y la existencia de todo, y cuestiona y remueve lo dado por supuesto. Esto, lógicamente, la hace incómoda, lo quiera ella o no, dentro de un modelo de vida social que pretende ser administrado y programado en aras de los nuevos dioses de la seguridad, el control y una suerte de dudosa predictibilidad.

No sabemos si esos perdidos caminantes salieron del bosque, o si decidieron seguir recorriéndolo… para ello hay que internarse también en el bosque, no de la filosofía, sino de la vida asumida con radicalidad y compromiso, de esa vida examinada que para Platón resumía el afán de todo filosofar.

Ese filosofar a veces se identifica con un gesto grandilocuente y serio, pero tomar la vida desde la filosofía no está lejos de la distancia tierna y liberadora de quien sonríe, para empezar, de las propias hazañas y desgracias, de conserva el humor allá donde todo ha dejado de tener gracia. Es curioso que la popular expresión de tomarse las cosas con filosofía sea casi sinónima de tomarlas con humor. Al humor dedicamos precisamente este año las jornadas de filosofía en mi universidad. Buena falta hace, si uno se propone escuchar las noticias todos los días.

Dejemos de recordar una vez más la filosofía como quien recuerda una vieja dama, esa madre de toda ciencia convertida a veces en madrastra arrinconada, basta de recuerdos. ¡Avivemos la filosofía! Renazcamos un poco con ella, asumamos el soplo del pensamiento crítico y radical, que lejos de aplacar la llama de lo real en una oscura ceniza gris, la aviva y alimenta, y nos da fuerzas para continuar el camino en el bosque de nuestro existir.

Ricardo Pinilla Burgos es profesor en la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE 

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