¿Estamos listos para la formación dual universitaria?

No se puede replicar sin más el modelo implantado con éxito en FP: hay que adaptarlo

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En los últimos meses están apareciendo noticias sobre nuevos planes de estudio universitarios donde la gran revolución consiste en la formación dual para alumnos de grado y máster. Y cada vez que lo escucho me hago la misma pregunta.

Me pregunto si todos entenderán por formación dual lo mismo que yo, porque enseguida me viene a la cabeza la formación profesional y su exitosa formación dual. No existe mejor manera de aprender a ser un buen soldador, carpintero o fresador que combinar una formación teórica de calidad con una experiencia práctica en un taller. En definitiva, se trata de poner en práctica de forma inmediata lo aprendido en las aulas, aportando a la empresa además de su tiempo, las estrategias y técnicas más avanzadas que se van aprendiendo. Si, además, el alumno conoce una empresa, se facilita su inserción laboral y si, para rematar, recibe una compensación económica por su trabajo se cierra un círculo perfecto.

Pero ¿se puede replicar esta praxis al entorno universitario? ¿Creemos de verdad que un estudiante de medicina, que quiere ser cirujano, puede desde primero de carrera entrar al quirófano “para poner en práctica” lo que va a aprendiendo? La respuesta en este caso es, evidentemente no, pero ¿acaso lo pueden hacer los ingenieros o los periodistas? ¿Qué han aprendido en el primer curso que puedan poner en práctica?

Si se trata de tener experiencias en la empresa antes de terminar el grado ya existen desde hace años los programas de prácticas en verano y, desde el plan Bolonia, son universales, no sólo para los alumnos que aprueba todo en primera convocatoria. También el trabajo fin de grado o máster suele hacerse en una empresa, al menos en las ingenierías. Pero esto no es formación dual ¿o sí?

Si se trata de compaginar estudio y trabajo entonces las tiendas de ropa, los bares y discotecas son los auténticos promotores de la formación dual porque son muchos los estudiantes que compaginan sus estudios con un trabajo de fin de semana. Estudian y trabajan de forma simultánea y nadie llama a estas actividades formación dual. ¿por qué? ¿Porque no tiene relación con lo que estudian?

Entonces, si lo que pretendemos “vender” es una formación dual similar a la que se oferta en la formación profesional, tenemos varios problemas que resolver.

En primer lugar, el Espacio Europeo de Educación Superior convierte al alumno en un “profesional del estudio”. Las universidades tenemos el compromiso de combinar clases con trabajos, tiempo de estudio personal, tutorías, trabajos en grupo, prácticas de laboratorio, etc. para completar la formación del alumno en su jornada laboral, en total 1600 horas anuales. ¿Dónde entra entonces la formación dual? Si tiene que ir a trabajar todos los días, ¿cuándo estudia?

La alternativa es evidente: la experiencia profesional se debe integrar en los planes de estudios, o sea, quitando contenido de asignaturas y añadiendo las prácticas como parte de la formación y hacerlo además de forma simultánea, porque ANECA no perdona y una titulación de grado debe tener 240 ECTS (60 por año). ¿Debe el alumno pagar por esos créditos? Y, por último, ¿realmente nos podemos permitir reducir aún más las asignaturas de las titulaciones? Muchos pensarán que sí, que “total para lo que sirven muchas asignaturas que he estudiado y nunca he aplicado”.

Sin entrar ahora en esa polémica, estamos hablando de reducir a 120 ECTS la carga de asignaturas de aula de una titulación de grado porque el otro 50% se realizaría en la empresa. Parece que se nos olvida que lo que realmente define los perfiles profesionales son las competencias y habilidades que adquiere el alumno durante sus estudios, a través de las asignaturas, ofreciendo una respuesta distinta a los problemas a los que se enfrenta en su carrera profesional según el perfil académico del título que ha estudiado.

Pero no todos los problemas están del lado de la Universidad, el otro actor de la ecuación de la formación dual son las empresas. ¿de verdad están dispuestas a incorporar a un alumno de 18 años, sólo porque es un aspirante a ser empresario, periodista o arquitecto? ¿qué le aporta? Pero la empresa, en una formación dual, también asume la responsabilidad de la formación, que deja de ser exclusividad de la Universidad ¿quién asume ese rol en la empresa? ¿Y si el alumno no encaja?

No estoy en contra de la formación dual, sino de amoldarla a la situación real de los estudios universitarios donde, posiblemente no se pueda llamar siempre formación dual, pero no por eso tendrá menos valor. Por lo tanto creo en las prácticas profesionales en tercero y cuarto en los grados (a pesar de que muchas empresas cierran un mes en verano); creo en las prácticas integradas en los grados, en los últimos cursos, para aquellas titulaciones que así lo exigen, como las de la rama bio-sanitaria o magisterio; creo en los proyectos fin de grado y máster realizados en una empresa industrial, un banco o una clínica; y creo en una formación dual en algunos másteres de especialización, donde los alumnos tienen una base sólida, mayor madurez personal, algo que aportar a la empresa y algo más de tiempo.

Sin embargo, en este caso, no debería superarse un 40% de la jornada laboral, porque los alumnos tienen que ir a clase y estudiar. Así lo hacemos en el máster en Dirección de Producción de Tecnun y tanto alumnos como empresas están satisfechos.

En definitiva, si alguien se decide por una titulación universitaria, que aproveche lo mejor posible esa etapa de su vida, donde la experiencia en empresa tiene su hueco, pero también el voluntariado, los clubes deportivos, las actividades culturales, etc. Si el entorno económico sigue igual, tendrá más de 40 años para desarrollar una carrera profesional, pero sólo 4 o 5 para crear una base sólida en la que sustentarla.

Javier Santos es profesor de Organización Industrial de Tecnun/Universidad de Navarra.

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