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El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (a la derecha), junto al vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras (a la izquierda). EFE

Irresponsabilidad, la palabra que explica el problema catalán

Más allá del 1 de octubre habita lo desconocido. Falta un liderazgo capaz o con la fortaleza ideológica suficiente

Decía Tolkien que el defecto más pertinaz del ser humano es la rapidez con la que este se sacia con el bien. Los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos días en Cataluña le dan sobradamente la razón. El régimen constitucional que los españoles nos dimos hace cuarenta años, y que sitúa a nuestro país no solo como una de las democracias más avanzadas del mundo, sino como una de las naciones más descentralizadas del planeta, es sin duda un bien político de primera magnitud. Un bien que más allá de su necesaria reforma y mejora (lo que con toda probabilidad incidirá en el propio modelo territorial), hoy sobre todo precisa ser defendido y apuntalado. La aprobación, a todas luces ilegal, además de estrambótica y desaforada, por parte del Parlamento de Cataluña, de la ley para la celebración de un referéndum de ruptura, y otras hierbas, supone una agresión de primer nivel a ese bien político, sobre el que se han cimentado los logros de estos años. La situación que definitivamente estalló el miércoles es así de sencilla, y al mismo tiempo cargada de amenazas. El cómo se responda a ella puede definir en gran parte el futuro político de España en los próximos años. Desde luego, sin duda, el de sus líderes políticos.

Todo ello sucede justo cinco años después del famoso desencuentro entre Mariano Rajoy y Artur Más en torno al traído y llevado pacto fiscal que reclamaba la Generalitat. Era septiembre de 2012 y la hoy desaparecida CiU gozaba nada menos que de sesenta y dos escaños y la perspectiva de una plácida y prolongada etapa en el poder. Que hoy en día esa coalición ya no exista y que su crédito político se haya reducido de manera lacerante en las urnas, con unas perspectivas más que siniestras en caso de nuevas elecciones tras el 1O, da cuenta por si solo del desierto político al que ha llevado la escapada de la realidad de Más, y del epígono de su delirio político, Carles Puigdemont.

Podría discutirse el contenido de aquel encuentro, y las posibilidades, quizás no suficientemente exploradas, de encontrar un acomodo entre las demandas de la Generalitat y la postura cerrada de un Gobierno Central que, recordémoslo, apenas conseguía esquivar el precipicio del rescate financiero y del colapso económico. Pero esa no es la cuestión. Sí lo es que la situación creada no justificaba, en ningún caso, abrir un proceso de demagogia sistemática para provocar una quiebra en la relación de Cataluña con el resto de España y una ruptura en el propio seno de la sociedad catalana; aupar un tenebroso régimen de pensamiento único que ha abocado a una crispación y radicalidad que poco tiene que ver con la dilatada y galana historia del Principado. En estos últimos días, el seny parece en efecto herido de muerte. Las imágenes de la ramplona sesión del Parlament en la que se aprobó con argucias de sainete la ley del referéndum dan cuenta, por sí solas, que la Arcadia que los independentistas prometen que sería la Cataluña independiente –como el esperpento de Valle Inclán– degeneraría en una bochornosa mezcla de populismo, irresponsabilidad y libertad en eclipse.

Responsabilidad es, en efecto, la palabra clave de todo el problema. Decía Abraham Lincoln que no podemos escapar de las responsabilidades del mañana evadiéndolas hoy. A lo largo de las próximas semanas, el conjunto de los partidos y líderes políticos de nuestro país se definirán por esa medida. Porque lo que afrontamos es un desafío a la ley y un ataque inédito al Estado de Derecho, por mucho que se vista de la equívoca toga de respetabilidad de un referéndum democrático.

Al Gobierno le corresponde emplear con medida y sosiego, pero sin que por ello palidezca en ningún momento una determinación que debe ser nítida, los medios de los que dispone el Estado para hacer cumplir la ley. Todo lo que se haga en ese camino para evitar una definitiva ruptura social –que por sí sola sería motivo de descorche en muchos medios independentistas– será poco. Además de ese necesario equilibrio, no podemos soslayar que la legitimidad de la acción dependerá, al menos en cierta medida, del entusiasmo del Partido Socialista en su apoyo. Es difícil de creer que una formación que ha sido esencial en la construcción de la democracia española pueda fallar en un empeño como este, pero Pedro Sánchez ha optado en la cuestión tan relevante como la de las nacionalidades por una postura ambigua que ya no sirve. Al menos por su lado, las señales de las últimas horas son esperanzadoras; y lo mismo sucede con Ciudadanos. En esta ecuación, Podemos constituye, así, el factor desconocido. El partido se ha roto en Cataluña, y la formación morada se debate en arabescos dialécticos para rechazar las formas asumiendo un fondo que es consustancial al camino seguido para llegar a él. Con tantos mensajes como líderes, Cataluña puede convertirse en una soga para el crédito político de Pablo Iglesias. Más allá del 1 de octubre, como con lo que sucede más allá de la Muralla en la serie de novelas Canción de Hielo y Fuego, habita lo desconocido. Falta un liderazgo capaz, o con la fortaleza ideológica suficiente, para afrontar responsablemente las complejidades de la rica y diversa sociedad catalana. El territorio, en definitiva, parece condenado a ser el caldo de experimentación de populismos, que en la nefasta manifestación contra el terrorismo del pasado veintiséis de agosto ya mostraron su cara más feroz. Eso, y no la convocatoria del referéndum en sí, es lo más preocupante. Que la política catalana sea como un caballo desbocado. Cabalgando junto a un precipicio en una noche fría y oscura.

Emilio Sáenz-Francés San Baldomero, Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-Icade.

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