Turismo: ¿panacea o nueva burbuja?

España debe plantearse los esfuerzos que debe realizar para consolidar su liderazgo en el sector

Turismo
Turistas recién llegados al aeropuerto de Palma.

Tras sufrir la recesión económica más intensa en varias generaciones, las noticias económicas y los resultados de los principales indicadores económicos son positivos casi todos los días. La mayoría de previsiones respecto al crecimiento económico para España se mueven alrededor del 3%, muy por encima del 1,6% esperado para Alemania, el 1,4% de Francia o el 1,8% de Reino Unido, según las previsiones de la CE. Además, el gran problema estructural de la economía española, el paro, muestra una evolución que permite al Gobierno sacar pecho de su gestión económica. En el peor momento de la crisis, el paro superaba los cinco millones de personas. Ahora, la cifra es de algo más de 3,3 millones, lo que supone una tasa de paro del 17,8% frente a una tasa que llegó a superar el 25%.

Pero más importante que estos datos es que el crecimiento es, en opinión de algunos expertos, más sano de lo que fue en otras fases del ciclo. España crece ahora con superávit de cuenta corriente, vendemos más bienes y servicios de los que compramos, reduciendo así nuestro endeudamiento exterior, cuando en la anterior fase alcista teníamos déficit. Las empresas han recuperado gran parte de la competitividad perdida tras un duro proceso de devaluación salarial, que ha tenido efectos en la distribución de la renta. España es competitiva y nuestras exportaciones crecerán este año más del 7%, de acuerdo con la mayoría de previsiones.

¿Cuánto de la actual fase de crecimiento económico se debe al turismo? Es indudable que el turismo constituye la principal industria de la economía española. En ciudades como Barcelona ya supone cerca del 14% del PIB y para el conjunto de España, alrededor del 12% del PIB. En 2009, sumidos en plena crisis económica, España recibía algo más de 52 millones de turistas extranjeros, en 2016 se superaban los 75 millones, y todo parece indicar que 2017 permitirá batir un nuevo récord. La industria del turismo es intensiva en mano de obra, lo que favorece la reducción del paro; de hecho, si se analizan las afiliaciones a la Seguridad Social, es en la industria del turismo donde se dan los porcentajes de crecimiento más elevado. No obstante, es importante realizar algunas reflexiones respecto al turismo y a su evolución futura.

En primer lugar, parte de la demanda experimentada viene motivada porque otros destinos del Mediterráneo han mostrado caídas significativas. Egipto es una sombra de lo que fue en términos de turismo europeo. Turquía está sufriendo las consecuencias de una fuerte caída de la demanda de turismo europeo que intenta compensar con otras alternativas, como el turismo ruso, con resultados poco alentadores por ahora. La inestabilidad de estos países y el miedo al terrorismo yihadista explican, entre otros factores, parte del aumento de la demanda.

En segundo lugar, crecimiento económico y reparto de la renta son cuestiones distintas. Es obvio el importante volumen de personas y dinero que el turismo genera, pero ¿de qué forma se distribuye dicha renta? El factor localización es fundamental y la mano de obra es muchas veces poco cualificada, lo que implica contratos temporales, a tiempo parcial y con salarios relativamente bajos. Son los locales del centro de las ciudades y de los enclaves turísticos principales, como Baleares y Canarias, los que ven cómo sus precios aumentan; lo que supone un importante beneficio en forma de revalorización para sus propietarios. Además, las nuevas formas de alojamiento, Airbnb u otras webs para encontrar piso o habitación, han permitido encontrar una alternativa al alquiler tradicional. La rentabilidad que ofrece un apartamento turístico o un hotel es mucho más elevada que la de otras formas tradicionales de ahorro, sobre todo si se compara con el depósito bancario tradicional, que da un interés inferior a la inflación.

De forma que pequeños ahorradores se han lanzado a la compra de pisos para reconvertirlos en alquiler turístico; de hecho, el precio metro cuadrado del alquiler en Barcelona ya supera los precios previos a la crisis, y en Madrid ha aumentado de forma notable este último año. Y son noticia habitual las dificultades para que los trabajadores de temporada se alojen en Ibiza u otros enclaves de turismo de sol y playa.

De forma que parece lícito preguntarse si estamos ante una burbuja similar a la inmobiliaria, en la que los activos para la actividad turística, sean hoteles o pisos turísticos, aumentan sus precios en base al Dorado de la rentabilidad presente y futura esperada, una rentabilidad que no es para siempre.

El turismo es una fuente innegable de riqueza, de crecimiento económico y un sector en el que somos no solo un referente mundial sino claramente competitivos. No es menos cierto que una fuerte demanda como la que se ha producido en los últimos años tiene efectos en el crecimiento económico, en la balanza externa del país, que sale fortalecida permitiendo importar lo que necesitamos sin necesidad de endeudamiento externo, pero también tiene efectos asociados a la masificación turística que no solo afecta a los precios de los inmuebles sino también a la configuración urbanística de nuestras ciudades; lo que requiere de una regulación adecuada. Aquí se presenta otro riesgo, el riesgo de regular sin tener en cuenta sus consecuencias. Por ejemplo, en Barcelona se decretó una moratoria respecto a la apertura de nuevos hoteles y otros alojamientos turísticos, fundamentada en parte en la mencionada masificación pero que afectaba a todos por igual. ¿Genera un hotel en la categoría de gran lujo el mismo impacto económico que un hotel de tres estrellas? ¿Le produce al cliente de este establecimiento el mismo tipo de problemas que el turismo que se aloja en apartamentos? La regulación del turismo debe tener en cuenta la complejidad del problema, la variedad de actividades y segmentos que engloba y la diferente aportación que cada una realiza. Regular el turismo es necesario, pero una mala regulación puede ser a veces peor que una falta de regulación.

Por último, como profesor e investigador en turismo, desearía que el debate fuera más allá de las cifras de empleo, turistas recibidos o porcentajes de crecimiento. ¿Qué valor generan estas actividades? ¿Cómo se distribuye la renta que las mismas generan? ¿Qué esfuerzos hace el sector para consolidar su posición, pero también para estar preparado a tiempos en los que la demanda no crezca a los ritmos actuales? Responder a estas preguntas nos permitirá actuar para que en el futuro sigamos hablando del turismo como fuente de crecimiento y como una de las industrias en las que España ostenta una clara ventaja competitiva.

Pedro Aznar Alarcón es profesor del departamento de Economía, Finanzas y Contabilidad en Esade.

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