Jóvenes, sobradamente preparados y… solidarios

Son en su mayoría, mujeres, menores de 24 años y sin cargas familiares

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Iñigo Viton, biólogo por la Autónoma pospuso su máster un año para colaborar en este proyecto en Barranquilla (Colombia)

Menores de 24 años, sobre todo mujeres, universitarias y sin cargas familiares, comprometidas para hacer un mundo mejor, es el perfil de los voluntarios españoles; el entorno educativo es la primera vía de acceso a la cooperación. Estas son algunas de las conclusiones del último informe de la la Plataforma del Voluntariado de España, realizado con el apoyo del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

El 80% de los participantes en programas solidarios de entre 14 y 24 años recibieron información a través de la escuela o la universidad y, en general, 8 de cada 10 cooperantes del ámbito sociosanitario son mujeres, mientras que entre los chicos aumenta su contribución en acciones de protección civil, revela el estudio La acción voluntaria 2016.

Las ganas de ayudar a los demás chocan, en la mayoría de los casos, con una realidad que no es tan idílica como la que, a veces, caemos en la tentación de describir los medios. El voluntariado está muy bien, pero con conocimiento de causa.

Lourdes García, de 24 años, terminará Biología este año en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Estuvo seis meses en Arequipa (Perú) “en un proyecto de restauración de lomas costeras atrapa nieblas en Atiquipa a través de estructuras que permiten crecer la vegetación en zonas desérticas y recoger el agua para distintos usos”. Vivió en localidades a más de 4.000 m de altitud, con lo que el esfuerzo físico ya puede ser un hándicap: “A veces duermes en el suelo, no hay luz, ni agua corriente o la que bebes es de color marrón, o el arroz que comes tiene bichillos”, cuenta divertida. “No piensas, te adaptas”. En su caso, “estaba preparada, muy mentalizada y me sirvió mucho el curso de formación que hice”.

Todos los voluntarios, pero sobre todo los más jóvenes, “que aún están creciendo como personas y son más vulnerables, necesitan una formación general y otra específica sobre el voluntariado en que quieran implicarse (refugiados, tercera edad, igualdad, sanitario, exclusión) para que sepan a lo que van a enfrentarse”, explica Isabel Fernández, vicerrectora de relaciones institucionales y cooperación de la UCM.

Xavier Aguiló, de 24 años e ingeniero industrial por la Autónoma de Barcelona, también tuvo que adaptarse y a aplicar “lo aprendido para abstraerte”. Participó durante dos meses en Bombay (India) en un centro de acogida de niños afectados por VIH, promovido por la asociación de Amics de Mumbay (en su acepción local). A pesar de “los cursos, te enfrentas a una realidad totalmente distinta, es como si estuvieras en otro planeta”. A veces, “no lo entiendes, los choques y vaivenes emocionales son brutales. Te das cuenta de que tu futuro no tiene nada que ver con el que los aguarda a ellos”. Admite que “me costaría volver y no repetiría proyecto, aunque sigo colaborando”.

Los voluntarios coinciden en que una de las cosas que cuanto antes interiorices mejor es que “vas a colaborar, a aportar en un proyecto, no a hacer grandes cambios”, resume Lourdes, y al mismo tiempo “que compartes tus conocimientos, te retroalimentas y complementas tu formación”, apunta Javier Sterling, de 25 años e ingeniero industrial por ICAI-Comillas.

Sterling participó en un proyecto para llevar electricidad a una pequeña localidad peruana, Cajamarca, “mediante la instalación de pequeños paneles fotovoltaicos en el tejado, y donde antes se alumbraban con velas y lámparas de queroseno”. Dos equipos trabajaban sincronizados, “el mío desde Madrid -aunque me quedé con ganas de ir-, poniendo nuestros conocimientos al servicio de otros para mejorar su calidad de vida y otro in situ en Perú, para familiarizarles con las nuevas herramientas y formales en su manejo y mantenimiento”. Y también “aprendes una lección valiosa, a escuchar las necesidades del otro”.

Colectivos olvidados

Aida Yepes Sancho, de 18 años y estudiante de enfermería de la Autónoma de Madrid (UAM), decidió colaborar en programas con mayores porque es “un colectivo muy olvidado y al mismo tiempo de los más necesitados. Es una excusa para estar y hablar con ellos, motivarles para estar activos y hacerles compañía… aunque nada te prepara para verles llorar como niños cuando se desahogan contigo.”

Por ello, es tan importante que “los alumnos estén tutelados, que haya un seguimiento de la actividad, una valoración, que tengamos encuentros obligatorios para que expliquen sus experiencias”, advierte Silvia Arias directora de la Oficina de Acción Solidaria y Cooperación de la UAM. “No hay que olvidar que se enfrentan a realidades muy diferentes en las que la preparación psicológica es fundamental”, insiste.

A pesar de su juventud, nuestros universitarios son conscientes, críticos, generosos y solidarios. Iñigo Vitón García, biólogo de 22 años, también de la UAM, llegó al voluntariado “por curiosidad”, decidió “posponer un año el máster” y se embarcó en un proyecto medioambiental en Barranquilla (Colombia). Fue consciente de “lo que cuenta un simple grano de arena y de cómo un pequeño huerto puede cambiar una situación de emergencia ambiental y social”, pero también “me ayudo a perder la ingenuidad: a veces los apoyos de ciertos actores institucionales y empresariales son solo aparentes”, se lamenta.

Otro veinteañero, estudiante de Derecho Jurídico del CEU San Pablo, Juan Miguel Saracho Aguirre, colabora a través de la Fundación Oxiria con niños y jóvenes con discapacidad intelectual en un programa de formación de empleo a través de la floristería y la jardinería. “Tenía claro que quería un proyecto cerca de casa, a veces nos olvidamos que la ayuda se necesita en todos los lugares, no hace falta irse a miles de kilómetros”. El voluntariado le ha ayudado a valorar cosas tan cotidianas como “la suerte de tener agua corriente o a salir de casa sin temor a que te secuestren”, pero también a relativizar otras: “Un mal día mío por cualquier tontería, puede afectar mucho a los niños con los que trato, por qué son muy sensibles”.

La incorporación a la universidad le dio pie a Víctor Chicharro, de 22 años, ADE e Ingeniería Industrial por la Deusto Business School, para crear hace unos tres años una asociación de estudiantes, Lagunarte, para promover el voluntariado en casa: “Colaboramos en Bilbao y algunas localidades de Vizcaya con el Bancos de Alimentos, con la Fundación Síndrome de Down y ofrecemos otros servicios como una guía completa para los estudiantes”.

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