El papel de la economía en la batalla socialista

Los tres candidatos pretenden reactivar la socialdemocracia con giros más o menos intensos a la izquierda, algunos cuasi utópicos

Evolución del empleo y el paro según gobiernos Ampliar foto

Las condenadas primarias que eligen este fin de semana al secretario general del Partido Socialista no son una garantía de sellado del problema: el grado de hostilidad ha cotizado tan alto y tan in crescendo el último año, que nadie se imagina una bucólica explanada de margaritas en Ferraz (sede federal del partido) desde el lunes, con espíritu positivo y las lanzas envainadas. Las invectivas cruzadas entre la candidez sigilosa de Susana Díaz y el verbo radical de Pedro Sánchez han quedado grabados a fuego en la menguante militancia, como quedaron para la crónica negra de la historia las peleas verbales y físicas, que de todas hubo, entre prietistas y caballeristas en la II República.

En todo caso, y aunque está bastante extendido en las bases y en la aristrocracia del partido el temor a una ruptura, no debería producirse. El día después será ácido y vencedores y vencidos deberán evitar que el riesgo cierto de irrelevancia electoral futura cristalice. Si España quiere prolongar los próximos 40 años algo parecido a lo acontecido durante los 40 últimos, necesita un partido socialista fuerte, imaginativo, independiente y bien gobernado.

La primera labor trabajosa es recomponer la unidad, y si es del todo imposible, hacer lo posible para que no trasciendan las diferencias, por muy demócrata que parezca la discrepancia y el debate. La ciudadanía nunca premia a los partidos con banderías y ruido interno, sino la unidad, aunque sea monótona, como demuestra año tras año, y a costa de los socialistas, el líder silente e invisible del PP. Va para casi siete años que esta especie de pan sin sal de la política que preside el Gobierno, con poco más que unas lúcidas dotes para el cuerpeo parlamentario y paciencia franciscana para la decisión, gana todas las finales a unos socialistas que no dejan de cambiar al medio centro.

De quien salga primer secretario este domingo depende el devenir del Partido Socialista y de la actividad política nacional; y de ello depende de forma muy especial qué ocurre con la economía y sus alrededores. Será determinante el liderazgo, pero también el ideario económico que lo equipa, aunque las diferencias no son severas entre unos y otros. Los faros del mercado financiero, más desde fuera que desde dentro del país, han mostrado ya su rechazo a Pedro Sánchez por el currículo político que acredita y su gusto por Susana Díaz, aún sin entrar en detalles.

Los programas económicos diseñados parecen hechos a la medida de un cuerpo electoral cuando quienes van a votarlos son los 190.000 afiliados, que suelen profesar, como en todos los partidos, las posiciones más radicales de la doctrina.

La carrera hacia la secretaría general ha exagerado las diferencias en las cuestiones políticas, como el modelo de Estado, que oscila de la igualdad de todos los españoles vivan donde vivan, al sobrevenido colacao mental de Sánchez según el cual hasta los madridistas formamos una nación (mismo sentimiento, mismos eslóganes, mismo traje regional, misma bandera, mismos objetivos), pasando por el artificio federal en un país que en competencias ha sobrepasado de largo al federalismo clásico; sobre los noviazgos y promiscuidades postelectorales; sobre el funcionamiento del partido, que si asambleario, que si representativo, que si cesarista. Pero del programa sobre las cuestiones vitales para la ciudadanía, para su bolsillo, desde su educación hasta su sanidad, sus pensiones, su empleo, sus impuestos y sus proyectos de vida, pocas cosas claras han aflorado, aunque estén en negro escritas en un corpus programático.

Y esas son las que han ajustado de verdad las cuentas a los socialistas, las que más han contribuido a llevar al PSOE a esos 84 escaños que los tiene abiertos en canal. Y del tratamiento que conceda a tales asuntos la estrategia del nuevo equipo socialista dependerán dos cosas: su futuro y el nuestro.

Del desempeño dubitativo de los socialistas en asuntos económicos y sociales durante su último paso por el Gobierno surgió el movimiento 15-M y su mutación en Podemos, un partido que pretende sustituirlos abiertamente, abriendo sus alas desde el Partido Comunista de toda la vida hasta los perdedores de la crisis más centrados. Y Podemos, su estrategia y sus dirigentes son el auténtico problema para el PSOE, que condicionará su devenir varios años, con un final aún por escribir. Si Podemos quiere sustituir al Partido Socialista, sustituir a Podemos se ha convertido ya en la obsesión del PSOE si quiere recuperar la hegemonía de la izquierda.

Y para ello el argumentario económico es básico, lo que fuerza a idearios sesgados a la izquierda, como los que presentan los tres candidatos, en una pretendida recomposición de la socialdemocracia, el mismo manoseado asidero al que se aferra Pablo Iglesias. Tiene lógica si se pretende, como históricamente ha hecho el PSOE cuando ha tenido éxito electoral, ocupar todo el espacio desde el centro hasta los confines de la izquierda más radical. Alfonso Guerra era muy gráfico para explicarlo: “A mi izquierda, el abismo”. Otra cuestión es cómo se gobierna después: qué grado de socialdemocracia, de intervencionismo y de liberalismo se mezclan.

Construir hoy un discurso económico que movilice a la izquierda, sea sugestivo para los centrados y no se confunda con el catálogo de Podemos no es tarea fácil. Los programas de los tres candidatos tienen muchas cuestiones en común (más inversión pública, regresar al antiguo modelo laboral, subir los salarios y atajar la especulación financiera), pero tienen matices que alinean a los aspirantes de la misma forma que su programa político, como si la socialdemocracia de aquí tuviere derecha, centro e izquierda. Si el ideario clásico de la socialdemocracia ha sido engullido por los liberales, los democristianos y los oportunistas de marca blanca en toda Europa, los socialistas tienden a actualizarlo con las demandas de la izquierda sociológica, sobre todo en los países del sur de Europa, más castigados por la recesión de este decenio.

El recetario de Sánchez empieza a parecerse mucho al de Podemos, y no en vano no oculta la necesidad de pactar con ellos. Propone acabar con el precariado laboral tanto contractual como salarialmente; un salario mínimo en 1.000 euros; una jornada de 35 horas; recuperar severos impuestos al rendimiento del capital y a la acumulación, como en los años setenta; proyectos faraónicos de inversión pública y una nueva política industrial; tasas a los movimientos especulativos del capital; más poder por ley a los apocados sindicatos; poner bridas a los mercados financieros; separar banca comercial de banca de inversión; crear un gran banco público y frenar la concentración financiera, etc. Y todo ello compatible, según su director, Manuel Escudero, “con el respeto debido a la libertad individual”.

El exlehendakari se ha puesto en manos de Manuel de la Rocha Vázquez, (ex de la ejecutiva de Sánchez) y propone más esfuerzo en I+D+i para catapultar al modelo de crecimiento a una nueva industrialización en la sociedad del conocimiento; un Estado emprendedor y más intervencionista en cuestiones estratégicas (energía), además de tener un banco público fuerte; reparto más equitativo del peso fiscal entre rentas del trabajo y capital; mayor progresividad fiscal, y, como Sánchez, meter la mano en el bolsillo a los más pudientes que acumulen riqueza para redistribuir, así como a las transacciones financieras.

El plan de Díaz es más moderado en todos sus planteamientos, con más espacio explícito para la economía privada, y donde las subidas de impuestos tienen que ser más selectivas, porque sí consideran que inciden en la actividad inversora y en el consumo. La banca pública debe limitarse al ICO, y sus esfuerzos, en la innovación.

Explícitamente solo el plan de Díaz, coordinado por José Carlos Díez, pretende respetar tal cual está pactada la consolidación fiscal, que es la clave de bóveda del compromiso con la Unión Europea para poder disponer de una financiación similar a la de los competidores y socios, sobre todo teniendo en cuenta que el descomunal endeudamiento público y privado de España está en los límites de lo tolerable. El resto de candidatos quiere renegociarlo, pero Sánchez parece que simplemente quiere romperlo, pues sus planteamientos harían cuasi imposible todo consenso.

En este asunto radica más que en ningún otro la enorme dificultad que tienen los socialistas para devolver la confianza en su ideario y su gestión de la economía, porque más allá de las oleadas cíclicas del crecimiento, las dos veces que han administrado las cuestiones públicas han dejado al Estado tiritando, con grave riesgo de quiebra tanto en los noventa como en 2011.

Huelga decir que pertenecer a la zona euro obliga a cumplir con sus normas, y que el margen para aplicar las políticas fiscales que plantean los tres candidatos es muy estrecho. Puede plantearse otra forma de recaudar, desnivelando la carga tributaria hacia las rentas más elevadas y de origen no laboral, e introduciendo progresividad en el IVA; y otra de gastar, con más peso de la inversión pública o el gasto en protección social. Pero ni “nuestros jefes” en Europa ni quienes nos financian nos permitirán alegrías en el saldo fiscal. Y si las hubiere, subirán los tipos de interés (la prima de riesgo) que costeará la deuda pública y privada, con el consiguiente efecto sobre el crecimiento, las rentas, el empleo y el patrimonio de los españoles.

Hay que recordar que el recelo hacia Pedro Sánchez de los mercados financieros está asociado a un indisimulado entendimiento con Podemos, que necesariamente forzaría a aplicar un programa económico muy radical, que practicado en una economía del tamaño de la española, puede poner en jaque el euro.

El objetivo último de los planes económicos esbozados por los tres candidatos, como no podía ser de otra forma, es el empleo de los jóvenes con mayores dosis de dignidad, con más estabilidad y mejor retribución. Desde luego que todos plantean cuestiones que estimulen la productividad, camino ineludible para lograr mejoras de la calidad de la ocupación y suavizar las aristas de la crisis. Pero debe ser compatible con altas dosis de liberalización laboral y económica, así como el control de los costes si se quiere impulsar la internacionalización de la economía, básica para blindarla de crisis.

Tal combinación practicó siempre Felipe González, al que los tres players envidian, que siempre se rodeó de liberales para gestionar la economía, aunque siempre mantuvo viva la llama doctrinaria de la izquierda. Y no tuvo malos resultados políticos y económicos. Está por tanto demostrado que se puede practicar el liberalismo económico con moderación, profesando la fe en el Estado y la supuesta supremacía de lo público. Es una habilidad que quien sea el lunes secretario general del PSOE y quien no lo sea tienen que trabajar más.

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