Editorial

Las dos caras de la devaluación de los salarios

La renta que se llevan los asalariados solo está hoy en el 94,3% del nivel logrado en 2008

Una trabajadora cose en una empresa textil.
Una trabajadora cose en una empresa textil. Reuters

Las grandes crisis transforman la economía y la sociedad, y pocas cosas salen de ellas como entran. Y la que se inició en 2008, con una dimensión global y una intensidad desconocida desde el crac de 1929, lo ha hecho de manera muy importante. Sectores enteros de actividad que habían constituido la vanguardia del ciclo alcista se han desmoronado y cuesta pensar que algún día recuperen la pujanza que tuvieron; es el caso de la construcción o de los servicios financieros que sustentaron la demanda con el recurso abusivo a la deuda. Pero han cambiado también las formas de producir, porque la salida de la crisis se ha resuelto en muchas actividades con una penetración muy intensa de la tecnología, y han cambiado las relaciones industriales, y con ellas, las aportaciones del capital y del trabajo y la remuneración recibida a cambio.

Un simple vistazo al reparto de la riqueza nacional generada en España ahora y a cómo se distribuía hace nueve años nos permite conocer la transformación en las relaciones de producción. Mientras los beneficios conservan la misma proporción que en 2008 sobre el total de la renta nacional bruta, le remuneración de los asalariados ha caído cuatro puntos, y la brecha fiscal ha engordado notablemente por la subida de los impuestos. Tras seis años de recesión severa y tres de notable recuperación, la masa de los excedentes empresariales está en euros corrientes ligeramente por encima de donde lo estaba al inicio de la crisis, en un 102,7% del nivel de entonces. Pero la renta que se llevan los asalariados solo está hoy en el 94,3% del nivel logrado en 2008. Coherente con esta evolución, el empleo asalariado sigue aún dos millones de personas por debajo del máximo logrado al iniciarse las hostilidades económicas, con un ajuste muy intenso en construcción e industria. Los servicios, por contra, casi han recuperado todo el empleo perdido, y la renta agregada por sus trabajadores por cuenta ajena supera con holgura la de antes de la crisis.

Los datos revelan que la intensa recuperación de los últimos años se ha consolidado con una no menos intensa devaluación salarial, ante la imposibilidad que la moneda única europea impone de hacer una devaluación cambiaria. Una devaluación salarial que se ha concentrado sobre todo en el empleo nuevo, y sobre todo en los servicios e industria, y que es el verdadero motor de la recomposición de los niveles de competitividad de la economía. Pero esta devaluación es un arma que corta por los dos filos, ya que genera también una contracción de la renta disponible y de la capacidad de consumo de los asalariados, que lastran la demanda y el propio crecimiento, hasta el punto de que la capacidad de arrastre que el empleo siempre ha constituido para el PIB, ahora sea muy limitada. No parece fácil su recuperación, salvo con una fuerte concentración inversora en la industria y servicios de altísimo valor añadido.

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