Tribuna

Las elecciones que Goldwater no ganó

Las consecuencias más inmediatas en Europa serán de tipo reflejo sobre las presidenciales de Francia o Alemania

A principios de los 60, el Partido Republicano vivió una auténtica revolución interna. El senador por Arizona, Barry Goldwater, con propuestas tan extremas como el uso de bombas nucleares para “defoliar los bosques” en Vietnam, consiguió la nominación republicana para las elecciones de 1964 frente a la poderosa maquinaria del partido, que defendía la candidatura del gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller. En Before the Storm, el historiador Rick Perlstein narra, magistralmente, la victoria de Goldwater como el improbable triunfo de un grupo de conspiradores de extrema derecha que consiguieron dirigirse de manera directa a los miedos menos confesables de los norteamericanos: las tensiones raciales, los conflictos culturales, el choque generacional y el papel de un Estado que no había hecho sino crecer desde el New Deal. Un acontecimiento trágico se interpuso en la carrera de Goldwater a la Casa Blanca: el asesinato del presidente John F. Kennedy arrinconó las posiciones extremistas y adormeció estas tensiones sociales durante algunos años. Lyndon B. Johnson ganó fácilmente las elecciones de 1964, pero el legado de Goldwater resurgiría con fuerza poco después, con el inapelable triunfo de Richard Nixon en 1968 y 1972 entre lo que se llamó la “mayoría silenciosa”.

Donald Trump ha ganado los comicios que se le escaparon a Barry Goldwater. Aunque es precipitado sacar conclusiones robustas, cabe hacerse al menos dos preguntas al calor del resultado electoral: por un lado, preguntarse por las razones de su victoria, y por otro, por sus consecuencias.

Entre los factores que han llevado al triunfo de Trump, cabe citar las consecuencias de una crisis económica cuya virulencia entre algunos sectores de la sociedad ha estado infradimensionada, el modo en que se ejecutó el rescate financiero, tan necesario como huérfano de pedagogía social, y el progresivo deterioro del sistema institucional norteamericano, que ha llevado a un permanente bloqueo entre las cámaras legislativas y el ejecutivo, materializado en la crisis del techo de deuda en 2011, el cierre de la administración en 2013, y finalmente la generalización de prácticas como el gerrymandering (la alteración a discreción de los distritos electorales), que ha provocado una progresiva polarización de los procesos políticos, o la incapacidad de abordar una reforma electoral pese a las evidentes insuficiencias del colegio electoral (que otorga una importancia desproporcionada a los swing states).

¿Y las consecuencias? Es aquí donde entramos en el terreno más especulativo. Es probable que muchas de las propuestas electorales de Trump, al menos las más estrambóticas, queden enterradas en el olvido. No habrá deportación masiva de inmigrantes (tal vez limitada a aquellos con antecedentes criminales) ni seguramente se construirá un muro en la frontera con México, y EE UU mantendrá sus acuerdos militares con los países de la OTAN. Pero igualmente erróneo sería pensar que su triunfo no tendrá consecuencias inmediatas: sobre el acuerdo comercial transpacífico o el acuerdo del clima de París, por poner dos ejemplos.

"Podría pensarse que la elección como presidente de Mariano Rajoy ha desincronizado a nuestro país del ciclo político"

Al margen del imprevisible efecto de Trump sobre muchas otras variables geopolíticas (acuerdo con Irán, guerra de Siria, la transición de liderazgos en China, la evolución política de Rusia o las negociaciones sobre el brexit), las consecuencias más inmediatas en Europa serán de tipo reflejo, a través de su efecto sobre las elecciones presidenciales en Francia (previstas para abril de 2017) y Alemania (otoño de 2017). En Francia, podría beneficiar a los candidatos menos tradicionales (Marine Le Pen en la derecha, Emmanuel Macron o Jean-Luc Melenchon en la izquierda) en perjuicio de los convencionales (Nicolas Sarkozy y Alain Juppé en la derecha, François Hollande o Manuel Valls en la izquierda). En Alemania, por el contrario, la elección de Trump quizás haga aún más probable que la canciller Angela Merkel opte a repetir en el cargo, algo que durante los últimos meses se había puesto en duda, aunque también podría incrementar las expectativas electorales de Alternativa para Alemania, el nuevo partido euroescéptico. ¿Y en España? Podría pensarse que la elección como presidente de Mariano Rajoy ha desincronizado a nuestro país del ciclo político, lleno de curvas, del resto de países. Pero no conviene precipitarse: un Gobierno en minoría y unas primarias cada vez más abiertas en el principal partido de la oposición son factores suficientes para subirnos, antes o después, a la noria que se acaba de poner en marcha.

Isidoro Tapia es economista y MBA por Wharton Business School.

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