Tribuna

Una hoja de ruta para el sector eléctrico

Todos en este país tenemos que ser conscientes de la profunda e irreversible transformación del modelo energético y, en particular, del mix de generación, en el que toda la nueva capacidad que se añada será previsiblemente renovable. Esta situación, además de deberse al punto de inflexión que ha supuesto la cumbre de París, en la que la gran mayoría de países del planeta se han comprometido a tomar medidas para mitigar los efectos del cambio climático, tiene ya su fundamento en la propia economía de las energías renovables.

Por ello, se puede afirmar que en 2030, con gran probabilidad, no se construirá ninguna nueva central de combustible fósil España, ya que la incierta tasa a las emisiones y las posibles restricciones a la operación, como consecuencia de acuerdos en futuras COP, imposibilitaran su financiación. Además, las obsoletas centrales de carbón que todavía existen se cerrarán, al igual que las centrales nucleares, cuya extensión de la vida operativa dejaría de interesar a sus propietarios si se las remunerase a la rentabilidad razonable que les correspondiese si les aplicasen, tras la renovación de licencia, el mismo esquema retributivo que a las renovables. La nueva capacidad eléctrica que se instala mundialmente ya es mayoritariamente renovable y en países como España representará prácticamente el 100% desde ahora a 2030. El autoconsumo mediante paneles fotovoltaicos en hogares e industrias tendrá un papel relevante cuando se derogue el actual decreto que pone puertas al campo pero, en cualquier caso, seguirá siendo necesario un potente parque de generación para garantizar en todo momento el abastecimiento de la demanda.

Aquí es donde la gestionabilidad de las tecnologías renovables para el seguimiento de la curva de la demanda cobra un valor esencial. A diferencia del agua o el gas, la electricidad no se puede almacenar en grandes cantidades y debe ser generada en el instante en el que se utiliza, lo que requiere que el suministro se mantenga en equilibrio constante con la demanda. A mayor capacidad instalada en generación intermitente, mayor será la probabilidad de tener que hacer frente a situaciones de desequilibrio. Cuando se necesita más capacidad, la penetración de las renovables fluyentes necesitaría ser respaldada por nuevas plantas de combustibles fósiles (inviable si cumplimos COP 21) o por renovables gestionables.

Las plantas termosolares con almacenamiento son, hasta la fecha, una de las mejores opciones. Además de su valor añadido al sistema de potencia en términos de operación y capacidad, añaden estabilidad inercial a la red y permiten satisfacer la demanda de energía en sus picos de consumo.

Si se aborda la instalación de nueva potencia simplemente con el criterio de priorizar las tecnologías que tienen un menor coste de generación y que el respaldo se pague aparte, llegaremos a un sistema eléctrico muy poco eficiente. Por cada nueva central que se incorpore al sistema, lo que debería tenerse en cuenta es el valor de operación y capacidad que aporta, en lugar de considerar exclusivamente qué tecnología ofrece el kWh más barato. Los estudios de valor dependen de cada país pero, por ejemplo, en California se ha demostrado que es equivalente para el coste total del sistema eléctrico, remunerar con 5 centavos por kWh a una nueva fotovoltaica que con 10 centavos a una termosolar con almacenamiento. Esos resultados se corresponden con una penetración del 33% renovable y la diferencia se haría mucho mayor cuando se alcanzase tan solo el 40%.

Las renovables gestionables, hidráulica, la biomasa y la termosolar representan la solución en términos de respaldo por su gestionabilidad. Su contribución debe ser mucho mayor para alcanzar ese futuro sistema eléctrico libre de emisiones. Todas las renovables tienen impactos macroeconómicos y de empleo muy positivos, en mayor medida la biomasa y la termosolar que, además, ofrece unas grandes oportunidades para nuestras empresas en los mercados mundiales en donde España todavía es líder.

Por ello, no debe renunciarse a la planificación de nuevas centrales termosolares, cuyos costes se han reducido significativamente en estos últimos años. Ha llegado el momento de reconocer que no es suficiente con establecer objetivos globales sobre la participación de las energías renovables. Vincular la necesaria alta contribución de las tecnologías de generación gestionables a estos objetivos es una necesidad. De lo contrario, un sistema libre de generación de CO2 no será factible.

Luis Crespo es Presidente de Protermosolar

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