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El agua de restaurante que ya bebía la corte de Carlos IV

El manantial de Solán de Cabras es famoso por sus propiedades desde la época romana

Sus aguas empezaron a comercializarse en las farmacias en el siglo XX

Balneario, con la Serranía de Cuenca al fondo. Ampliar foto
Balneario, con la Serranía de Cuenca al fondo.

Hace ya cientos de años, en la época en la que el Imperio romano dominaba Hispania, el manantial de Solán de Cabras, en Beteta (Cuenca), ya era conocido por sus propiedades curativas. De hecho, todo parece indicar que su nombre proviene de la historia de un pastor que llevaba a su rebaño de cabras a beber y bañarse en esas aguas, que en más de una ocasión aceleraron o propiciaron la cura de alguno de estos animales heridos o enfermos.

Cronología

Botella de la década de los sesenta.
Botella de la década de los sesenta.

1746. Reputados médicos comienzan a conocer el manantial de Solán de Cabras, centro de peregrinación para muchos enfermos que no encontraban cura.

1775. Un ministro del rey Carlos III enfermo y curado en las aguas del manantial manda levantar en el lugar los baños de aguas medicinales y la hospedería.

1790. El monarca Carlos IV declara las aguas de utilidad pública y concede al manantial el título de Real Sitio. Es el despegue de Solán de Cabras, que empieza a consumirse en las capas privilegiadas de la sociedad y en los pueblos cercanos a Beteta (Cuenca), donde emana el agua.

1873. El balneario y el manantial dejan de estar gestionados por el Estado y pasan a ser propiedad de los señores Montero y Saiz. Años más tarde, en 1901, comienza a comercializarse el agua, con el sector farmacéutico como cliente principal. Dado el éxito, tan solo un año después Solán de Cabras ya cuenta con un depósito propio en Madrid para poder abastecer con más facilidad a las farmacias de la ciudad.

1997. La firma adopta para sus botellas el tradicional color azul corporativo, que se ha mantenido hasta nuestros días, conviviendo con ediciones limitadas y otras como la botella rosa, cuyas ventas colaboran en la lucha contra el cáncer de mama. En 2011, además de ser comprada por Mahou San Miguel, Solán de Cabras se convierte en pionera al introducir en sus recipientes el sistema de lectura braille.

2015. La marca se apunta a las bebidas refrescantes sin gas. Lanza varios sabores, elaborados únicamente con el agua de Solán de Cabras y el zumo de frutas como la manzana, el limón o el plátano.

2016. El agua ha sido reconocida en los Premios al Sabor Superior, que concede el Instituto Internacional de Sabor y Calidad. La marca fue galardonada con tres estrellas, la máxima distinción que puede otorgar el jurado, tras varias catas a ciegas. Hoy, Solán de Cabras es una de las aguas más conocidas en el mundo y está presente en más de 20 países.

Cierta o falsa, leyenda o verdad, esta historia llevó al manantial, en el abrupto paraje de la Serranía de Cuenca, en plena intersección entre el río Cuervo y el torrente Chorrontón, a la fama. O a lo que podía entenderse por esta en aquella época. Sea como fuere, varias referencias históricas sitúan a la marca en el camino de las propiedades curativas y saludables. En 1746, don Pedro Gómez de Bedoya, reputado médico e hidrólogo, aseguraba que el manantial, pese a lo inhóspito de la zona, era visitado por numerosos enfermos que confiaban su mejora a este agua.

Y así, con el boca a boca, la leyenda llegó a oídos de don Pedro López de Lerena, contador de propios y arbitrios y contador de las cuentas reales, además de posterior ministro del rey Carlos III. López de Lerena, quien también estaba enfermo, sanó tras consumir y bañarse en estas aguas, y ya sea como agradecimiento o como forma de llevar las propiedades de Solán de Cabras al máximo de gente posible, mandó levantar los baños de aguas medicinales y la hospedería junto al manantial, en 1775, siendo de propiedad estatal.

El doctor Forner, 12 años después, fue uno de los principales impulsores del manantial, contribuyendo a divulgar sus principios terapéuticos. En su escrito Noticias de las aguas minerales recogió que “cuando los médicos y eruditos de la época daban por incurables a los enfermos y los abandonaban a su suerte, las aguas de Solán de Cabras eran el asilo último, y producían efectos que ni aún los facultativos se atrevían a esperar”. Forner también recogió en sus escritos los testimonios de otros médicos de la época, que rezaban “que hallaron las aguas oportunísimas para las atonías, perlesias, obstrucciones, cancros, hernias carnosas y varicosas, ceáticas, supresiones de orina, piedras y arenas en los riñones, fluxiones de los ojos, alferecias, convulsiones, vahidos y todo accidente de cabeza”.

Finalmente, a finales del siglo XVIII, el rey Carlos IV declaró de utilidad pública las aguas y concedió el título de Real Sitio al propio manantial, después de que los primeros análisis clínicos acreditasen de forma científica sus cualidades mineromedicinales. Ya no eran necesarias las leyendas. Es en estos años cuando comienza a embotellarse el agua en vidrio, dirigida para el estamento privilegiado de la sociedad, entre otros, la propia corte real, además de los pueblos y ciudades cercanos. Años más tarde, de hecho, Fernando VII y María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa del monarca y reina consorte de España, viajaron hasta el manantial con el objetivo de curar la infertilidad de la reina. El agua, no obstante, no daba para tanto, y la reina murió sin descendencia pocos años después.

En 1873, el complejo dejó de estar gestionado por el Estado y pasó a ser propiedad de los señores Montero y Saiz. No sería hasta ya entrado el siglo XX cuando la captación del agua del manantial se transformó en negocio y Solán de Cabras llegó a la gran distribución, comenzando a vender las botellas al sector farmacéutico. La primera farmacia en recibir la mercancía fue, en 1901, Torres y Muñoz, situada en la calle San Marcos de Madrid. Dado el éxito que cosechó el agua, un año después, Solán de Cabras ya tenía un depósito central en la ciudad para proveer a todas las farmacias.

Así continuó la firma durante los años siguientes, hasta que llegó, en la década de los ochenta, a la gran distribución con el envase pure pack o tetrabrik, cuando comenzó a venderse en los grandes establecimientos. Hasta la fecha, todas las botellas eran de vidrio transparente. No sería hasta 1997 cuando la marca adoptó el tradicional azul como color de identidad, que ha llegado a nuestros días. Las primeras de este tipo fueron de 330 mililitros, y el color azul no es capricho, ya que, además de caracterizar a la compañía, protege el agua de los rayos de luz, contribuyendo así a que se mantenga sus propiedades.

El gran salto de Solán de Cabras llegó en 2006, con el paso hacia el sector hostelero, convirtiéndose en la botella de agua de infinidad de restaurantes de ciudades, pueblos y carreteras de toda España. En este año es cuando la marca creó la mítica botella actual, cuyo diseño se extrapoló a las de menor capacidad. Cinco años después, la empresa se convirtió en pionera al introducir el braille en sus envases.

En 2011, Solán de Cabras fue adquirida por Mahou San Miguel. Y aunque la compañía cuenta en su unidad de agua y refrescos con tres manantiales (dos en Jaén y uno en Cuenca), la marca Solán de Cabras sigue fiel a sus inicios y su agua únicamente emana y se embotella en el de Beteta.

Desde hace tres años, además, una nueva botella de color rosa acompaña a los tradicionales envases azules, gracias a la colaboración entre la empresa y la Asociación Española Contra el Cáncer: por cada botella rosa vendida en el mercado, la compañía dona minutos de atención psicológica gratuita destinados a las pacientes.

Los secretos del preciado manantial

El agua de restaurante que ya bebía la corte de Carlos IV

El histórico manantial de Solán de Cabras destaca por su antigüedad, pureza y capacidad, con un caudal constante que, según cuentan, no ha variado ni siquiera en épocas de fuerte sequía. De él brota un agua fina, de mineralización débil, por lo que está indicada, sobre todo, para dietas pobres en sodio y para el consumo infantil.

Una de las características principales, no única de este manantial, pero sí difícil de encontrar en la mayoría de ellos, es la larguísima permanencia del agua en el interior de la corteza terrestre, además de la lentitud con la que incorpora los minerales. Así, se garantiza un resultado importantísimo: que el agua siempre emane con la misma composición. Otra peculiaridad del manantial es la temperatura, ya que el agua siempre sale a 21 grados. De hecho, tanto la temperatura como el caudal de la corriente y la composición se han mantenido prácticamente invariables desde los últimos análisis químicos, que se realizaron en 1989. Además, desde que existe el complejo, el agua de Solán de Cabras no ve la luz del sol hasta que sale por el túnel de embotellado.

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