Editorial

Valorar bien las empresas para minimizar el riesgo

Hemos comentado aquí varias veces en los últimos años que los paradigmas más certeros de la inversión han entrado en profunda revisión en los últimos años, y algunos de ellos han experimentado un giro de 180 grados. La profundidad de la gran recesión, la globalización de la economía y las fórmulas ensayadas para superar las heridas han asignado papeles diferentes a cada palanca de la política económica, y han obligado a los agentes que toman las decisiones de inversión a poner en cuarentena el recetario tradicional y a ensayar, a veces sin plena convicción sobre su desempeño, fórmulas alternativas de apostar el dinero para sacarle rentabilidad. La salida de la crisis ha dejado en el escenario para una temporada larga una expansión monetaria espectacular expresada tanto con liquidez ilimitada como en sus precios mínimos, con tipos de interés cero, tanto en Europa como en Japón e incluso en EE UU, aunque la Reserva Federal tiene tentaciones de abandonarlos lentamente, aunque encuentra creciente resistencia a ejecutar lo que puede considerarse la normalización de la política monetaria.
Los tipos de interés en el 0% o sus alrededores ha puesto en alerta a los ahorradores tradicionales, aquellos que limitaban el riesgo al que sometían a su dinero a los depósitos bancarios a plazo, y que realmente solo eran proveedores de liquidez, de pasivo, para la banca, dado que en condiciones normales la inflación neutralizaba la aparente rentabilidad obtenida en los bancos. Este fenómeno ha expulsado a una buena parte del dinero del ahorro tradicional y seguirá haciéndolo en los próximos años, a la búsqueda de retornos medianamente satisfactorios. Y una de las vías tradicionales de escape, ante la magra rentabilidad que ofrecen también los bonos públicos, debe ser la inversión en renta variable, sea a través de fondos de inversión o con la compra directa de participaciones empresariales.

Yen esa aventura por la búsqueda de una rentabilidad razonable para el ahorro los particulares deben conocer que la buena marcha de la economía es fundamental para que lo hagan también las empresas y sus cuentas. Que hoy haya un buen crecimiento de la actividad y no tenga correlato en el comportamiento de los precios de las acciones de las compañías tiene también que ver con la transformación de los paradigmas económicos desatada por la crisis. Pero que a buen crecimiento corresponde avance de los beneficios de las empresas, y con ellos sus valoraciones en Bolsa, es uno de los axiomas que antes se normalizará cuando lo hagan las heterodoxas palancas usadas para recuperar la economía en el mundo.
Mientras tanto, deberemos guiarnos por las señales que aportan los mecanismos tradicionales de valoración de las empresas, que son los que mejor reflejan los fundamentales del negocio de cada una de ellas, así como su exposición geográfica y las expectativas que ello tiene sobre sus negocios. La relación entre el precio de la empresa y sus beneficios, que gráficamente se refleja en el PER como el número de veces que el beneficio por acción está incluido en el precio de la acción (o número de veces que el beneficio de la empresa está incluido en la valoración total de la empresa), es el más ajustado mecanismo de medición de cada empresa para el momento presente.

La rentabilidad que proporciona el dividendo habla más de la generosidad de los gestores con los socios que del estado de sus negocios, y aunque no puede ser extrapolable a futuro, es una buena manera de conducirse en la inversión en el medio plazo. El problema, tanto con el dividendo como con el PER, es la sostenibilidad, la escasa información que proporcionan sobre el mantenimiento de la salud de la sociedad y los pagos a los accionistas. Tal información entra dentro de las expectativas, que tienen un innegable valor en economía, pero que son asideros intangibles para los inversores. La comparación entre el valor contable de las empresas y su valoración en los mercados proporciona información sobre los desajustes de valor que puede tener cada compañía, y puede dar pistas para la inversión a largo plazo. Pero solo una combinación de los tres métodos citados y las expectativas en manos de los analistas puede aproximar tentativamente la evolución de cada empresa. Son señales sin seguridad absoluta, pero son útiles para construir una cartera de inversión razonable.