Tribuna

El BCE no es la Fed

En un contexto en el que las expectativas macroeconómicas sobre la zona euro distan de ser optimistas, la probabilidad de que el BCE lance nuevos estímulos este jueves cobra más fuerza. Por un lado, la inflación en la zona euro se sitúa en niveles próximos al fantasma de la deflación, con un crecimiento de precios del 0,2%, según datos de Eurostat, lo que supone un grave quebradero de cabeza para Mario Draghi porque cuestiona la credibilidad de su mandato basado fundamentalmente en la estabilidad de precios. Al débil crecimiento de los precios, explicado en parte por el intenso hundimiento del precio del petróleo, deben añadirse las débiles perspectivas sobre el crecimiento de la zona euro. Según los datos del Fondo Monetario Internacional, las previsiones de crecimiento para el 2016 y 2017 se sitúan en el 1,7%, muy por debajo del nivel de crecimiento del 3,2% que se alcanzó en los años previos al inicio de la crisis financiera.
Por lo tanto, en una situación en el que la eurozona no termina de despegar y teniendo en cuenta que, en noviembre, el BCE amplió el plazo del quantitative easing (QE) hasta septiembre de 2017, las posibles medidas de política monetaria que podría lanzar este organismo podrían ir dirigidas en varias direcciones, no excluyentes entre sí.
En primer lugar, el máximo dirigente del BCE podría aumentar el importe de las compras mensuales del QE, que actualmente están presupuestadas en 60.000 millones de euros mensuales. En esta misma senda de compras, el organismo comunitario podría cambiar la composición de la cesta de compras y adquirir activos con menor calificación crediticia, así como otros activos de renta fija distintos a la deuda emitida por las Administraciones públicas (PSPP), los bonos de titulización de activos (ABSPP) y los bonos garantizados (CBPP3).
En segundo lugar, el Banco Central podría continuar modificando las condiciones de las operaciones con los bancos a los que concede créditos y depósitos a un día. En concreto, podría reducir el tipo de interés de los créditos (actualmente situado en un 0,3%) e incrementar el tipo de interés negativo que reciben los bancos comerciales por depositar dinero en el BCE. En tercer lugar, Draghi podría poner en marcha otra subasta de liquidez a largo plazo (TLTRO), conocida como la barra libre de liquidez, y que se basa en la concesión de créditos a los bancos comerciales con un vencimiento de hasta cuatro años, condicionado a que este dinero fluya en forma de créditos a las empresas y familias.
Todo esto se enmarca en un contexto en el que la gestión de política monetaria por parte de la Reserva Federal durante la crisis financiera fue más agresiva que la acometida por el BCE. Esto explica en parte el porqué Estados Unidos ha salido de la crisis y en cambio la zona euro no termina de despegar.
Con la aplicación de estas medidas, Draghi intentará ganar tiempo ante la necesidad de poder iniciar reformas de carácter estructural, destinadas a mejorar la eficacia del mecanismo de transmisión de política monetaria y abrir el grifo de la financiación a las empresas y hogares. Algo fundamental para el crecimiento, si se tiene en cuenta la excesiva dependencia que tienen las empresas europeas del crédito bancario. En este ámbito, y a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos con la Fed, la Unión Bancaria (UB) continúa en proceso de creación, lo que dificulta que se puedan emprender reformas en algunos ámbitos del sector bancario.
Aunque debe reconocerse el esfuerzo realizado estos últimos años para completar la UB con la creación del Mecanismo Único de Supervisión (MUS) y del Mecanismo único de Resolución (MUR). Además, en Estados Unidos, la Fed cuenta con el apoyo del Tesoro de ese país. En este ámbito, algunos miembros del comité ejecutivo del BCE empiezan a apoyar la creación de un Tesoro común a nivel europeo.
Por lo tanto, más allá de las medidas de política monetaria, tanto convencionales como no convencionales del BCE, en la zona euro deben acometerse una serie de reformas de carácter estructural con el fin de asegurar la estabilidad del euro y garantizar el crecimiento de la zona.

Sarlos Salvador es profesor de CUNEF