Tribuna

Fusiones bancarias y economías de escala

Cada vez es más frecuente leer comentarios acerca del proceso de fusiones bancarias que, en un futuro inmediato, puede producirse en nuestro país. En el discurso de apertura del XI Encuentro del Sector Bancario celebrado en el IESE (10 de diciembre de 2015), el gobernador del Banco de España consideró “evidente que la vía de la consolidación no puede darse por cerrada o agotada, no solo en España, sino en el conjunto del área del Mecanismo Único de Supervisión”. Esta opción, que debemos interpretar referida a fusiones o absorciones entre entidades bancarias, españolas o transfronterizas, junto a la menor densidad de oficinas y una mayor innovación tecnológica, fueron presentadas en el citado discurso como “alternativas para ajustar su estrategia y aumentar su rentabilidad”.

Abundando en lo expuesto, en un reciente informe de la consultora KPMG (diciembre de 2015), la mayoría de las “siete mayores entidades financieras españolas cotizadas” consideran que en el 2016 puede haber nuevos procesos de fusión.

Escenario que se propone poco tiempo después del proceso de concentración del sector, que ha pasado de 59 entidades (14 bancos y 45 cajas) a las 18 actuales (16 bancos y 2 cajas).

Las dos principales razones que pueden motivar un proceso de fusión o absorción, con la complejidad y riesgos que conlleva, son la consecución de un mayor tamaño o la detección de entidades cuya gestión puede ser mejorada. Ello puede sintetizarse en las denominadas sinergias operativas por economías de escala o de alcance, en una mayor eficiencia o en una mayor cuota de mercado reduciendo exceso de capacidad y eliminando duplicidades.

En concreto, las economías de escala aparecen en diferentes manifestaciones de prestigiosos profesionales del sector. A ellas se refería el hoy consejero delegado de Banco Santander, José Antonio Álvarez, en un artículo escrito en 2008 (La banca española ante la actual crisis financiera; Revista de Estabilidad Financiera, número 15, páginas 21 a 38) de recomendada lectura por su rigor y por la valentía en sus previsiones. En él, abogando por un riguroso control de los costes, expone que “es también importante explotar las economías de escala, que se alcanzan a través de un tamaño crítico de mercado”.

En similar dirección se expresó el subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy, en el discurso de clausura del curso UIMP Santander 2015 (19 de junio de 2015), al considerar lógica “la posibilidad de acometer operaciones que permitan aprovechar mejor las economías de escala que puedan observarse a nivel nacional o europeo”, en un ámbito que excede los límites nacionales, atendiendo al Mecanismo Único de Supervisión y a la “desaparición de las barreras que hasta el momento dificultaban la integración de la industria a nivel europeo”.

Sin embargo, la literatura académica concluye que la reducción de costes por economías de escala no suele ser relevante en entidades bancarias de gran tamaño, por lo que podemos estimar que no parecen ser las tan citadas sinergias operativas las que justifican un proceso de fusión.

En el ámbito estrictamente nacional, parece que la causa que principalmente motiva ese hipotético proceso de fusiones en nuestras entidades de crédito es reducir la capacidad en el sector y, por tanto, la competencia, dando servicio a los depósitos con un menor número de sucursales y de entidades.

Desde la perspectiva de la protección del bien común, la mayor concentración puede reducir la asunción de riesgos excesivos para incrementar la rentabilidad. Sin embargo, supone una menor competencia que puede imponer mayores precios o una oferta de menor calidad, aunque ello podría atraer a nuevos competidores en el marco de la Unión Bancaria. Asimismo, la mayor concentración supone una más difícil supervisión y un incremento del riesgo sistémico (o del coste asociado al mismo).

En definitiva, pues, la gran duda es saber a quién benefician esos hipotéticos procesos de fusión y con qué indicadores van a medirse sus resultados. A corto plazo, la incógnita es saber quién va a iniciar el proceso, lo que no es una cuestión menor atendiendo a lo que del mismo puede derivarse y a la presión que puede originar, imprimiendo velocidad en sucesivos procesos entre entidades bancarias.

En cualquier caso, conviene recordar que no siempre ha sido el tamaño lo que ha favorecido la adaptación a los cambios que deben afrontarse, en este caso regulatorios y competitivos.

Amadeo Arderiu es Doctor en Administración y Dirección de Empresas