El Foco

La cama de Procusto

El reciente Barómetro de confianza ciudadana en las instituciones, un estudio que inició Metroscopia en 2012, y que repite cada verano, nos descubre que de las 34 instituciones incluidas en el análisis, 12 no aprueban. Los españoles encuestados suspenden –por los pelos, eso sí– a la Iglesia católica y, en porcentajes crecientes, a las grandes empresas, a las Comunidades Autónomas, al Parlamento, a las multinacionales, al Gobierno y a los sindicatos; y en el top five de la rotunda desaprobación: la patronal (60%), los obispos (69%), los partidos políticos (75%), los bancos (78%) y, en primer lugar, los políticos, a los que suspende el 79% de los encuestados. Por contra, las cinco instituciones que merecen más confianza –del 84 al 91%– son las ONG, los profesores de la enseñanza pública, las pequeñas y medianas empresas, los investigadores científicos y, en cabeza, los médicos de la sanidad pública, el grupo más valorado por los españoles.

Si formase parte de uno de los grupos peor calificados, circunstancia que afortunadamente no se da en mi persona, este servidor estaría sumido en la más profunda depresión y mi frustración alcanzaría límites estratosféricos. Dudo que esa inquietud que a muchos nos trastorna y nos preocupa en extremo anide entre los integrantes de los sectores peor valorados: la patronal, los obispos, los partidos políticos, los banqueros y los políticos. Desde luego no lo parece, a pesar de las manifestaciones públicas (”hay que recuperar la confianza perdida”, dicen) de algunos de los representantes más conspicuos de esas instituciones. Claro que una cosa es decir y otra, bien distinta, hacer.

Pareciera como si en esta moderna (?) forma de vida que nos estamos construyendo, donde la información nos inunda al instante por los medios más dispares, aceptáramos que la falta de diálogo, la incomunicación y el desapego hacia los otros fuese lo más natural del mundo. Como si al convertir el dinero en nuestro santo y seña y lo financiero en un fin en si mismo (y no hace tantos años de este cambio), los seres humanos nos hubiésemos perdido el respeto y, en consecuencia, olvidado de cumplir nuestros compromisos, una exigencia que siempre va unida a la responsabilidad. El poder conlleva siempre responsabilidad, y quien más tiene y atesora más y mejor debe hacer frente a sus compromisos para recuperar la confianza perdida. Hay que repudiar a esos líderes que, digan lo que digan las encuestas y la realidad circundante, siempre se creen en permanente posesión de la verdad, solo se miran el ombligo y padecen ceguera periférica, olvidando y despreciando lo que ocurre a su alrededor; y a aquellos directivos que, por fatuos e incompetentes, hacen sonrojar a sus colaboradores, a los que habitualmente engañan tanto como perjudican a la empresa o institución a la que deberían servir. Y también, y vale repetirlo, hay que rechazar a las empresas que transubstancian mal. La empresa, motor de progreso y del desarrollo social y económico, resulta ineficaz cuando transubstancia mal. Las buenas empresas, como escribe Luis Meana y tanto hemos repetido, transubstancian bien. Crean buena cultura: los vicios individuales se convierten en bienes colectivos, el propósito en acción, la debilidad en fuerza, las palabras en hechos. Otras empresas transubstancian mal: la fuerza se pierde y se convierte en desánimo, el bien común en ambiciones personales incontroladas, el conocimiento en soberbia, los hechos en pura retórica, la solidez en nada. En la deseable paideia del hombre moderno, del ciudadano de una nueva época, deberían reunirse la cultura, la tradición, la educación, la formación, los valores; aspectos todos que son partes de un concepto más general y profundo que también sirve para las empresas e instituciones: en definitiva, el desarrollo integral de la persona con el adobo de un actuar solidario, decente y cabal, y el añadido de eso que se llama la significación pedagógica del ejemplo y, en tiempos de incertidumbre, con una permanente inquietud intelectual como fuente de progreso y de innovación.

El futuro de los seres humanos está lleno de miedos. Nos hemos transformado en personas inseguras y vulnerables porque, aunque los conocemos, no sabemos cómo resolver los graves problemas que nos aquejan y hemos optado por aprender a convivir con ellos, incluida la desconfianza en las instituciones y empresas. Y, claro está, nos estamos equivocando. Innovación y formación; trabajo, esfuerzo y decencia son las columnas principales sobre las que debe asentarse un porvenir que debe enterrar para siempre el egoísta estilo de vida contemporáneo que hace virtud de la búsqueda del beneficio material y que tan equivocadamente natural nos resulta.

En estos últimos meses de 2015, las instituciones peor valoradas nos seguirán atormentando con propuestas de futuro y con estrategias empresariales para recuperar la confianza perdida, y nos hablaran de transparencia como si se tratase del bálsamo de Fierabrás, de un gran descubrimiento y no de una obligación/deber inexcusable para con los ciudadanos. Es también época de citas electorales y, por tanto, de compromisos y promesas que no se cumplirán y que será muy difícil exigir a los políticos que las formulan. Uno tiene la impresión de que Procusto, el posadero de Eleusis en la mitología griega, sigue acechando en cualquier recodo del camino para obligarnos a sufrir la tortura de su cama, que se alargaba o reducía según la estatura de la persona a la que el forajido sometía y torturaba de forma inmisericorde, estirando o cortando sus extremidades hasta ajustarlas a las dimensiones del catre en el que el propio bandido murió a manos de Teseo. Desde entonces el recuerdo de la cama de Procusto se aplica a cualesquiera falacia que trata de deformar los datos de la realidad para que se adapte a una hipótesis previa, equivocada y perversa, como aquellas de la que parten las empresas, las instituciones y los políticos que transubstancian mal: las instituciones son los que deben adaptarse a la realidad y a las personas, y no al revés. ¿Por qué las pymes, y no las grandes empresas, ocupan un lugar destacado en el ranking de confianza? Seguramente porque viven a pie de calle, perciben la realidad, cultivan su reputación, tienen espíritu de servicio y, por tanto, son capaces de ofrecer diálogo, cercanía y credibilidad (la base de la confianza) a las personas que, además, son sus clientes. Curiosamente muchos llamamos a todo eso compromiso...

Juan José Almagro es Doctor en ciencias del trabajo y abogado.

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