Probamos el 'flyboard'

Libertad y adrenalina al (tratar de) surfear el aire

Inventado en 2012, este deporte encandila a los amantes del agua y las emociones fuertes

Elevarse sobre el agua no debería llevar más de 15 minutos; el resto ya es más complicado

Alberto Leceta, de FlyBoard Madrid, en plena acrobacia ('backflip').
Alberto Leceta, de FlyBoard Madrid, en plena acrobacia ('backflip').

Los principios básicos del flyboard son tan sencillos que parece mentira que no se le hubiese ocurrido a nadie inventarlo antes. Corría 2011 cuando el piloto francés de competición de motos acuáticas Franky Zapata asombró al mundo con un vídeo colgado en Youtube en el que se divertía con un aparato de su invención. Se trataba de una especie de tabla de snowboard unida a una manguera especial, acoplada a su vez a la salida de agua de su propia moto acuática. Cuanto más gas se le da a la moto, mayor es la presión del agua que sale de los escapes del flyboard. Y, si se consigue mantener el equilibrio, a más potencia del chorro, mayor propulsión. El techo está en torno a los 12 metros de altura.

A partir de ahí, la imaginación manda. Los más expertos son capaces de hacer auténticas maravillas, como por ejemplo un doble backflip (salto mortal hacia adelante). Es el caso de Alberto Leceta, dueño de FlyBoard Madrid, una de las pocas empresas con las que se puede practicar este deporte en los alrededores de la capital (en este caso en el pantano de Los Ángeles de San Rafael, en El Espinar, Segovia).

Si no se está dispuesto a caer al agua mejor no probar suerte con este deporte.
Si no se está dispuesto a caer al agua mejor no probar suerte con este deporte.

Los primerizos, en cambio, suficiente tienen con tratar de mantener el equilibrio, algo que si no se es excesivamente torpe no debería llevar más de 10 o 15 minutos. Una vez se tiene un mínimo control sobre la tabla, lo que se consigue a base de tobillos rígidos, ya se puede intentar surfear. La sensación entonces es como si se estuviera a bordo de una especie de tabla voladora, capaz de levitar. Con la salvedad de que el usuario no puede alejarse demasiado de la manguera (mide unos 24 metros) y de que, cada vez que se comete un error, es el agua y no el suelo la superficie que está esperando al final de la caída. Esa es una ventaja de esta disciplina frente a los deportes de riesgo. Y contribuye a que el flyboard sea adictivo.

Moto de agua. La tabla de flyboard cuesta en torno a unos 6.000 euros. Pero no sirve de nada si no se tiene una moto acuática, lo que convierte este deporte en un lujo al alcance de pocos.

Control. Los usuarios más expertos pueden controlar a través de un mando bluetooth especial la salida de agua del flyboard. Con eso ya no se depende de nadie para disfrutar.

Anclaje. Las fijaciones de la tabla son parecidas a las del snowboard, aunque en este caso las botas están fijas. Se recomienda también llevar neopreno para amortiguar las caídas.

Diversión. Cuando se alcanza un manejo experto del flyboard no hay límites en las piruetas que se pueden realizar. En la imagen, un backflip. También las hay subacuáticas, ya que el aparato permite bucear a la velocidad de un delfín.

Equilibrio. Es más difícil de lo que parece, pero no es imposible. Si se logra mantener el equilibrio se tiene mucho ganado. A partir de ahí, a desmelenarse.

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