Editorial

Rajoy, las pensiones y la marcha de los negocios

El presidente del Gobierno hizo el viernes, tras el último Consejo de Ministros de la temporada, un pormenorizado e intencionado repaso de la marcha de la economía desde que él ocupa su despacho en La Moncloa, y proyectó un doble y excluyente porvenir, según se mantuvieran las circunstancias o fuesen reemplazadas por otras bien distintas. Su relato recuerda la quiebra a la que parecía estar abocada España en 2011, los esforzados sacrificios de los españoles con las desagradables decisiones reformistas del Gobierno, y la superación de la recesión y la crisis, y ofrece un nuevo ciclo virtuoso en el que habrá más crecimiento, menos impuestos, más competitividad empresarial y más empleo. “Se cierra una etapa dificilísima y se abre otra brillante, siempre que nadie la tuerza ni la frene, que puede llevarnos al ciclo más largo de prosperidad de la historia”. Fin de la cita.

No hay verdaderos argumentos para negarle al presidente un elevado grado de acierto en su gestión de la economía en los tres años y medio que preside el Consejo. Los números del crecimiento, del empleo y del desempeño fiscal de las administraciones públicas así lo atestiguan, así como la buena marcha de los negocios de las grandes empresas españolas, que han elevado sus beneficios netos más de un 30% en los seis primeros meses del año, con una muy notable recuperación de las cuentas generadas en España.

Y la proyección para el resto del año es igual de generosa, con alzas esperadas de más del 20% por los analistas, y prácticamente con un pleno entre las grandes corporaciones, pues solo cuatro de las 35 empresas que componen el Ibex 35 podrían empeorar sus cuentas este año, aunque conservado los números negros.

Las reformas aplicadas por el Gobierno a las que se refiere Rajoy han sido muy bien aprovechadas por las empresas. El cambio de normativa laboral que ha flexibilizado la gestión del trabajo; el control del déficit público por las subidas de impuestos y los recortes de gastos que ha mejorado la financiación;el ajuste y recapitalización de la banca que ha devuelto la confianza en España a los inversores extranjeros; la reforma de las administraciones públicas que ha dejado más espacio a la economía privada. Todas han facilitado que la demanda interna impulse las ventas interiores de las empresas, auténtica herida abierta durante toda la crisis, y acompañe los réditos del buen anclaje que la gran mayoría de las sociedades tenía en el exterior.

La propia maduración de la recuperación económica, con ocho trimestres completos ya de avance del PIB, que se mueve ya a una velocidad propia de su potencial, ha propiciado la limpieza de activos problemáticos de la banca y cierta recuperación del crédito, que tiene un reflejo explícito en las cuentas bancarias. No podemos hacer abstracción tampoco de que estos favorables vientos van acompañados de un escudo de protección que el BCE ha desplegado en las economías europeas, con tipos cero para una temporada larga, provisión infinita de liquidez y adquisición de deuda pública y privada a mansalva para limpiar balances y facilitar la recuperación. Pero cierto es que todas las economías disponen de ellos, y no todas hacen el mismo aprovechamiento que está haciendo la española.

Y pese a este anclaje paneuropeo, sigue habiendo riesgos. Rajoy citó el viernes unos cuantos, aunque no todos tienen el mismo calibre. Es verdad que la deriva soberanista catalana ha entrado en una vía peligrosa porque nadie habla de posibilidad alguna de diálogo, y puede tener un efecto perverso en la economía aún no cuantificable. Existe también un riesgo de inestabilidad política por la endiablada aritmética parlamentaria tras las generales, que bien podría frenar, lo está haciendo ya en parte, la actividad. Contra tales males, si surgieren, diálogo político, compromiso con el progreso y el empleo y reformismo continuado. Y dentro del catálogo de reformas, como bien recordó por sorpresa el presidente Rajoy, darle una seria vuelta a la Seguridad Social, que pese al avance del empleo, no tiene su futuro resuelto. Es el pilar básico del estado de bienestar, y nadie entendería que los grandes partidos, al menos los grandes, no encontraron puntos comunes para devolver la sostenibilidad al mecanismo que abona las rentas de nueve millones de españoles hoy y cada día de más.

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