Tribuna

¿Son los ‘robo-asesores’ el principio del fin de los asesores financieros?

Durante décadas se ha considerado que la gestión de patrimonios es una actividad que requiere una atención personalizada y un asesoramiento profesional al alcance de pocos. Pero en los últimos años un creciente número de inversores, especialmente aquellos con un patrimonio más modesto o los nacidos después de 1980, han empezado a considerar una nuevo tipo de asesor patrimonial para gestionar sus inversiones: los denominados robo-asesores que, como Nutmeg en Reino Unido o Quirion en Alemania, son proveedores de servicios de gestión patrimonial automatizados y de bajo coste que tratan de imitar el comportamiento de los asesores y gestores personales en el mercado. En lugar de ofrecer un asesoramiento continuo cara-a-cara, su modus operandi se basa en una web con una interfaz atractiva y fácil para el usuario, y la capacidad de diseñar mediante algoritmos de programación una cartera de inversión que se adapte al perfil de cada cliente. Dicha estrategia de inversión se implementa mediante productos indexados como los ETF (más baratos que los fondos de inversión). Así se consigue ir un paso más allá de los portales de la mayoría de gestores y asesores tradicionales, que se limitan a proveer al cliente información financiera, consultar la posición de la cartera y ejecutar órdenes.

A finales de 2014 los 12 mayores robo-asesores en EE UU gestionaban ya 19.000 millones de dólares, un 65% más respecto a abril del mismo año. Aunque muchas de estas compañías están en fase incipiente de desarrollo, se prevé que el crecimiento en el volumen de activos gestionados siga aumentando en el futuro. ¿A qué se debe el éxito de los robo-asesores? La automatización y la estandarización mediante el canal online permite reducir los costes de adquisición y gestión del cliente y ser más competitivos. Una buena estrategia de marketing y una distribución eficiente de productos de inversión de marca blanca completan la estrategia más acertada, sobre todo para el segmento de inversores más jóvenes acostumbrados a las nuevas tecnologías y con una baja lealtad a las marcas. Para los inversores, además de comisiones de gestión más bajas, los beneficios incluyen accesibilidad, facilidad de uso y transparencia. Los robo-asesores pueden proveer servicios poco comunes, como el rebalanceo automático de carteras (vender las posiciones que más han subido y comprar las que más han bajado en un momento predeterminado), ejecutar órdenes a precio límite, o un reporte de la cartera más allá de las tradicionales variables de rentabilidad acumulada y distribución por activos/sectores/divisas, etcétera.

Aunque puedan capturar una parte creciente del negocio de los asesores tradicionales, su modelo de negocio depende de la información que reciben del cliente. Para un asesor financiero experimentado el clásico cuestionario de conoce a tu cliente (KYC en inglés) es más que un mecanismo para recoger datos, y en ese sentido pueden tener cierta ventaja a la hora de establecer un perfil correcto del cliente y diseñar la estrategia de inversión adecuada. Aunque los robo-asesores mejoren sus algoritmos, es difícil que pueden suplantar la experiencia de un buen asesor. Por ejemplo, por el momento dichos algoritmos no incorporan la magnitud y el carácter del capital humano de un inversor, probablemente el activo más importante a la hora de diseñar una estrategia de inversión. Para la mayoría de clientes, su previsión de ingresos profesionales se parece a un activo fijo sin liquidez (rentas recurrentes pero sin la posibilidad de monetizar todo el valor de golpe).

Los asesores deberían orientar sus esfuerzos en generar valor combinando la planificación financiera y fiscal a largo plazo, teniendo en cuenta las necesidades del cliente en cada una de las fases de su vida (incluyendo la jubilación y el traspaso de activos a la siguiente generación) y la distribución del patrimonio entre los diferentes activos financieros y no financieros. El apoyo y la orientación al cliente, especialmente en periodos de turbulencia en los mercados, es otro de los servicios que difícilmente pueden proveer los robo-asesores. No obstante, es previsible que el nivel de sofisticación que ofrecen estas herramientas vaya a más y la presión para que el resto del sector se centre en los segmentos de verdadero valor añadido va a continuar. Solo así podrán coexistir dos formas de entender un mismo modelo de negocio.

Mark Harrison es director de Publicaciones en CFA Institute. David Gonzalvo es miembro de CFA Society Spain.

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