Tribuna

El Apolo XII en un bolsillo

Un anuncio de televisión nos lo está recordando estos días. Aunque algunos crean que en el bolsillo llevan un simple teléfono móvil, transportan más tecnología que el Apolo XII en su viaje a la Luna. Y es que casi medio siglo después de esa gesta, y también de convivencia con las nuevas tecnologías de la información, quizás podamos afirmar que nos encontramos ante un momento de fuerte impulso hacia adelante, o de cambio de paradigma equivalente a lo que supuso para el hombre del Neolítico la invención de la rueda.

Los indicios de esta transformación los estamos viendo en los avances alcanzados en los elementos que han sido tradicionalmente constitutivos de las tecnologías de la información. Por ejemplo, en capacidad de memoria, los chips han superado todas las expectativas. Y ello ha sido posible por el hecho de haber sustituido los discos duros, de comportamiento similar al de los viejos vinilos, por circuitos electrónicos, sin elementos mecánicos. También se ha conseguido que muchos procesadores trabajen en paralelo, de forma simultánea, lo que ha multiplicado la capacidad de computación hasta valores inimaginables. ¿Alguien ha pensado qué ocurriría si en vez de tener un solo cerebro dispusiésemos de ocho, todos ellos trabajando en perfecta coordinación y de manera simultánea?

Por lo que se refiere al software, por propia iniciativa de emprendedores, se han creado clusters de desarrollo alrededor de los grandes estándares de sistemas, que son capaces de diseñar nuevas aplicaciones y soluciones que resuelven problemas reales de organizaciones y ciudadanos y tienen la virtud de sumar nuevas capacidades y fortalezas a esos grandes sistemas sobre los que operan. Se trata de ecosistemas en constante evolución y transformación, que inducen ininterrumpidamente nuevos avances y cuyos hallazgos derriban fronteras. La última es la relacionada con la miniaturización de la inteligencia artificial, cuando se empieza a hablar de la posibilidad de utilizar las células como bits.

Si nos fijamos en las bases de datos, otro de los elementos clave en los que se apoyan los sistemas tecnológicos, el salto ha sido también espectacular. Hasta ahora, se desarrollaban desde la premisa de que su funcionamiento fuera entendido por los seres humanos, de ahí su organización en filas y registros. Todo lo contrario a lo que ocurre hoy, ininteligibles a nuestro entendimiento, pero con una configuración óptima para la operación con ordenadores. El resultado es la posibilidad de procesar en nanosegundos ingentes cantidades de información y responder a cualquier requerimiento que se les haga desde cualquier dispositivo y sin interferir en el resto de procesos que estén llevando a cabo.

No estamos descubriendo nada nuevo al subrayar el valor que tienen los datos para las empresas. De lo que estamos hablando es de la posibilidad real de capturar y analizar esos datos, procedentes de las fuentes más diversas, y extraer un conocimiento que abra nuevas dimensiones a los servicios. Eso que llamamos internet de las cosas supone desplegar un extenso tejido de sensores en todo tipo de objetos, ya se trate de mobiliario urbano, prendas, vehículos o máquinas, que reportarán cantidades inimaginables de información y permitirán racionalizar las respuestas que hoy damos a las más diversas necesidades. Quizás sorprenda saber que en un país como Estados Unidos es Google quien informa al Gobierno de las epidemias que se van a producir, a partir del análisis de las búsquedas que realizan las personas sobre qué medicamentos utilizar para prevenir determinadas enfermedades.

Las nuevas tecnologías del siglo XXI abren la puerta a nuevos negocios para las empresas, muchos todavía impensables, y a pesar de la amenaza que muchos intuyen en ellas, sobre todo en el empleo, somos muchos los que creemos que también abrirá numerosas oportunidades profesionales. Algunos señalan que el sector de las TIC demandará 100.000 profesionales en 2020 en España y entre 720.000 y 1,3 millones en Europa. Razones para el optimismo las vemos también en el menor impacto que ha tenido la crisis en las empresas del sector. Por extraño que parezca, ha habido firmas que han continuado creciendo a buen ritmo, y las que no lo han hecho han sido capaces de no destruir empleo. Asimismo, a diferencia de otras industrias, la tecnológica no ha experimentado en nuestro país el fenómeno de la deslocalización para desarrollar software a un menor coste, lo que es indicativo del altísimo nivel técnico de los profesionales españoles y de la gran competitividad de sus empresas.

Estamos asistiendo a un nuevo estadio tecnológico que abre enormes posibilidades de desarrollo para la humanidad. Y esta vez sería necesario que, más allá de aprovecharnos de todos estos avances como usuarios, consiguiésemos sumarnos a la ola del progreso y la innovación con un sector potente y radicado en nuestro país. Por cierto, en hora de reflexionar sobre lo que conviene y no conviene a nuestro país, ¿no podríamos reconsiderar la posibilidad de instaurar en España el Ministerio de la Tecnología y Sistemas?

José Manuel Nieto es Director de Operaciones de Techedge España & Latam

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