Tribuna

Los españoles, esos tipos generosos

Nuestras abuelas nos dirían, con razón, que no tenemos abuela. Un think tank norteamericano publicó el año pasado la opinión que tenemos los europeos acerca de nuestros compatriotas y vecinos de continente. Indagaba acerca de quiénes son vistos por el resto como más dignos de confianza o más bondadosos. Agárrense; los españoles creemos ser los europeos más compasivos. No somos los únicos que no tenemos abuela; cada nacionalidad consultada cree ser la más virtuosa. Sin embargo, esta percepción acerca de nuestra generosidad está peleada con la realidad. Un informe de hace algunos años situaba a España en el puesto número 91, y por detrás de Arabia Saudita, en un ranking sobre la generosidad de los ciudadanos de distintos países del mundo. Una versión más reciente coloca a España en la posición número 64. Algo mejor, pero, no obstante, varias decenas de puestos por detrás de los alemanes, a quienes los españoles y el resto de los europeos consideramos los menos compasivos. Estos rankings los carga el diablo, pero otros análisis parecen confirmar nuestra escasa solidaridad. Una pena; dedicar tiempo y dinero a ayudar a los demás aumenta la felicidad de las personas.

En la misma dirección apuntaba hace algunos meses la OCDE. De acuerdo a esta organización, la propensión de los españoles a donar dinero a organizaciones sociales es menos de la mitad de la de los británicos. Y muy inferior también a la de los alemanes. Esta propensión a la solidaridad permite hacer algún cruce interesante: no les sorprenderá saber que los países con una mayor economía sumergida, como España, son también aquellos donde los ciudadanos están menos dispuestos a ayudar a los demás. O lo que es lo mismo, cumplimiento fiscal y generosidad son primos hermanos. Grecia, por ejemplo, es líder en economía sumergida y en tacañería privada con las causas sociales.

Como es sabido, las normas sociales son difíciles de cambiar. La gente, como demostró Solomon Asch hace más de medio siglo, tiende a actuar tal y como hacen las personas a su alrededor. Virtud llama a virtud. Y viceversa. Círculos viciosos o virtuosos. Una manera de estimular la virtud es convencer a la gente que la mayoría de las personas a su alrededor la practican. Esto vale para prevenir la corrupción. También para la solidaridad. O para conseguir que la gente pague sus impuestos, que viene a ser lo mismo. Las personas, en definitiva, tienden a actuar en función de cómo actúa –o creen que actúa– el grupo del que forman parte.

En 2010, el gobierno británico constituyó una unidad dedicada a estudiar como la psicología económica y social podían ayudar a mejorar las políticas públicas y a ayudar a los ciudadanos a ayudarse a sí mismos. Entre otros, probaron que la tasa de recaudación de impuestos aumentaba cuándo a los perezosos se les recordaba que la inmensa mayoría de sus vecinos cumplía religiosamente con sus obligaciones fiscales. Las ganas de ser cumplidor aumentan cuando la gente cree vivir entre cumplidores. Si todos lo hacen, está feo no hacerlo. La misma unidad, hoy una empresa privada, indagó acerca de cómo aumentar las donaciones y el compromiso con las causas sociales aplicando las enseñanzas de la psicología. En sus conclusiones, resaltaron la importancia de hacer los actos de generosidad más visibles y de conseguir el respaldo de personas prominentes. De convertir, en definitiva, la generosidad en norma social. De persuadir a la gente a ser generosa recordándoles que los demás lo son.

Volviendo a España, todo resulta más difícil. No somos el Reino Unido. Nuestro credo nacional parece ser que ninguna buena obra quede sin castigo. Aquí, los actos de generosidad son recibidos, en numerosas ocasiones, con cruel cinismo. Tenemos vista de águila para de ver la paja en el ojo ajeno. Recuerden el triste recibimiento con el que fue acogido por parte de la opinión pública el apoyo de Amancio Ortega a Caritas hace algún tiempo.

Uno esperaba que los años de crisis trajeran a España un renovado compromiso de las personas con el prójimo. Por el contrario, nos han traído vendedores de crecepelo. Y una triste ausencia de líderes sociales y económicos con ganas de liderar la regeneración y la generosidad.
Quizá la premisa del cambio deba ser dejar de señalar con el dedo a quienes lo hacen mal y empezar a apuntarlo a quienes lo hacen bien.

Sólo así conseguiremos empezar a tener algo más de razón cuando afirmamos ser los más compasivos de Europa.

 

Ramon Pueyo es director en Risk Consulting de KPMG en España

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