El Foco

La formación profesional, base de la industria

Con frecuencia estamos escuchando la posición que ocupan los jóvenes españoles en cuanto a su titulación y su formación académica (diplomados, masters, doctores, etc.) en relación con el resto de jóvenes europeos y del mundo. Incluso se relaciona la salida de la crisis con la aplicación de los estudios adquiridos en la universidad y su puesta en práctica en los distintos ramos de la industria y la economía.

No hay duda de que en España tenemos un elenco de jóvenes titulados universitarios con una gran preparación, que necesitan empresas innovadoras donde aplicar sus conocimientos, y que sin ellos habría que buscar talento fuera de nuestras fronteras. Aunque en honor a la verdad hay que indicar que el 70% de la innovación viene de manos de personas no tituladas, por lo tanto, creo que este gran grupo de personas bien merece un reconocimiento.

El aprendizaje sin presiones externas, por propia decisión, despierta nuestra creatividad

En España obtienen un grado universitario aproximadamente el 25% de los jóvenes. Esto quiere decir, que el 75% no cuenta con esta titulación. Esta circunstancia parece como si no preocupase a los estamentos competentes que realizan las encuestas de formación de la población con capacidad de acceder a un puesto de trabajo.

La formación en técnicas de las distintas profesiones, la denostada Formación Profesional (FP), ha sido la base para la generación y propagación de la industria y sigue siendo el elemento básico para mantener cualquier tipo de actividad industrial.

Desde mi experiencia como profesional de la industria, quiero resaltar que para mí fue ilusionante poder hacer la formación profesional, pues dadas las condiciones económicas de mi familia, la única opción que tenía era salir de mi pueblo para ir a trabajar a la ciudad y, por las tardes y noches, realizar unos estudios acordes con mi nivel y tiempo disponible para el estudio. Esta formación la recibí en el ICAI (Instituto Católico de Artes e Industrias) y fue la base para continuar con los estudios de ingeniería posteriores.

La motivación interna, es decir, el aprendizaje sin presiones externas, por propia decisión, despierta nuestra creatividad y nos da un valor que ni nosotros mismos conocíamos y nos catapulta hacia el autoaprendizaje. Esto nos da alas y criterio propio, siempre basado en el razonamiento lógico, asentado sobre las firmes bases de los principios básicos técnico-científicos.

Este valor se suele dar con gran frecuencia en los aprendizajes de FP. Puesto que los objetivos que se desean conseguir son bastante claros y que la teoría y la práctica van de la mano. Por ejemplo, el poder hacer nuestros montajes eléctricos o circuitos integrados es bastaste motivador. Por eso, estudiantes, que no eran buenos académicamente, en FP destacan de forma sobresaliente. Hasta entonces no estaban motivados, sus capacidades estaban ocultas, sin florecer. Por tanto, un mal estudiante, no es más que un alumno sin motivación interna y sin ilusión por aprender. Sus curiosidades, no coinciden con lo que se le pretende enseñar.

Aunque se va mejorando con el tiempo, la imagen que teníamos antes los estudiantes de FP era como de estudiantes de segunda clase. Nada más lejos de la realidad. Menos mal que el tiempo puso a cada uno en su lugar.

Dar valor a la FP es fundamental para que esto deje de ser así. Es más, para ser ingeniero, pienso que se debería de haber cursado antes estudios de formación profesional y bachillerato. Recuerdo que cuando acabé ingeniería y buscaba trabajo, y decía que tenía FP, al entrevistador se le cambiaba la cara, para bien.

En las empresas las personas no tituladas son el grupo más numeroso, sin el cual no se pueden llevar a cabo los desarrollos que se proyectan para la supervivencia de la empresa. Por ello, de la formación de ese numeroso grupo, depende la eficacia y la calidad de los resultados.

Para innovar es imprescindible conocer las técnicas para la correcta realización de los trabajos

En muchas empresas, sobre todo de fabricación industrial, se sabe que para puestos de trabajo, que están en la línea de producción, son necesarios unos conocimientos (cursos de especialidad del puesto) que solamente con la FP se pueden asimilar.

Es conocido cómo las empresas industriales están en contacto directo con las escasas escuelas de FP para captar alumnos de la especialidad correspondiente. Tan es así, que uno de los parámetros utlizados por las empresas para afincarse en una determinada localidad es la formación profesional en la zona. Esta valoración tiene gran lógica, ya que se evitan los desplazamientos de la mayor parte de la población de la empresa.

En la Ley de Educación de 1970 se decía en el artículo 40-1: “La formación profesional tendrá por finalidad específica la capacitación de los alumnos para el ejercicio de la profesión elegida, además de continuar su formación integral. Deberá guardar en su organización y rendimiento estrecha relación con la estructura y previsiones de empleo”.

En los peores momentos de la crisis que vivimos en España, la FP ha demostrado su eficacia. Se han puesto las cosas en su sitio. Las personas que tenían hecha una FP han sufrido un paro menor, similar al de países como Alemania. Esto nos puede hacer pensar en la necesidad de incentivar y facilitar la formación adecuada de la población y valorar los conocimientos de los distintos oficios.

En Alemania, por ejemplo, con un paro general del 6,8%, en 2013, las personas con FP tuvieron el 5% y las que no tenían titulación ni FP llegaron al 19%.

La formación profesional es vital en muchos sectores productivos o industriales. Por ejemplo, en el sector de la construcción la FP puede jugar un papel extraordinario, especialmente en la rehabilitación de viviendas, donde tan necesario es conjugar la práctica con las nuevas técnicas para ahorrar energía.

En cualquier campo profesional que toquemos vemos la necesidad de contar con personas innovadoras y competitivas. Para innovar es imprescindible conocer las técnicas para la correcta realización de los trabajos. Se necesita una formación de nivel adecuado, que pueda ser realizada por todas las personas con vocación profesional.

Da la impresión de que en España tenemos una gran torre de titulados, doctores y científicos y falta la base de apoyo para que la torre no se incline. Para mantenerla, la Administración debería dar mucho más valor, estimular y facilitar los estudios de FP. Esa valoración, que se ha perdido, hay que volver a recuperarla.

Modernizar la FP, sería la revalorización de una formación que tan importante fue para la industria, configurándola con una trayectoria completa de estudios, con nuevos ciclos y títulos adaptados a la industria moderna.

En definitiva, tanto la FP como las Ingenierías se deben adaptar a las necesidades del actual tejido productivo.

Sería fácil seguir el ejemplo de los países industrializados donde la formación profesional está muy valorada y los profesionales de oficios se sienten orgullosos y satisfechos. En gran parte, gracias al apoyo de los organismos públicos y de la Administración.

José Luis López Gómez es ingeniero.