El Foco

Un sector innovador

Con casi medio millón de empleos, una facturación que roza los 100.000 millones de euros, compitiendo abiertamente con el mundo globalizado, pero con balanza comercial positiva, parece obvio que las 30.000 empresas que componen nuestra industria alimentaria constituyen uno de los pilares de nuestro sistema económico.

Solo la industria elaboradora de productos cárnicos tiene un volumen de ventas mayor que toda la industria química

Pero estas cifras no han sido suficientes para que la opinión pública, la política, las Administraciones públicas o la academia tuvieran presentes la solidez e importancia de este sector industrial, que algún especialista llamó el sector invisible. Ha tenido que venir la crisis económica para que se fuera desvaneciendo su invisibilidad y se apreciara su fortaleza, pues su comportamiento en la crisis está siendo también excelente, aunque sufra sus efectos: mantiene sus niveles de empleo, pues compensa las disminuciones que se observan en el mercado interior con el crecimiento de sus exportaciones.

Objetivamente es un sólido sector económico que, tras el turismo, es el segundo por su aportación al PIB y, claramente, el mayor sector industrial de nuestro país. Considérese, por ejemplo, que solo una de sus actividades, la industria elaboradora de productos cárnicos, tiene un volumen de ventas mayor que toda la industria química española.

Podría pensarse que el que ahora destaque es, sencillamente, una consecuencia lógica de los productos que elabora. Todos los días los ciudadanos quieren comer, al menos tres veces al día, por lo que no tiene mucho mérito no hundirse en las crisis. Su mercado está cautivo. La alimentación no es renunciable, como lo es cambiar de coche o de nevera. Pero ese juicio es muy superficial, pues el mercado de productos alimenticios está globalizado y muy abierto. Los alimentos viajan mucho. Prácticamente un 22% de lo que comemos en España nos viene de fuera. Y no son solo materias primas que importamos para transformar aquí; muchos son productos acabados, fabricados por, o para, los grandes conglomerados empresariales que se van consolidando en el mundo: los Nestlé, Unilever, Mondelez, Pepsico, Kellogs… que se venden diariamente en nuestros supermercados.

Y para competir en este mercado con éxito hay que ser muy eficientes, y nuestra industria alimentaria lo es. Y esa eficiencia descansa en una reconocida seguridad sanitaria de lo que produce, en la apreciable calidad de sus elaborados y en un creciente esfuerzo en investigación e innovación. A priori parece que este sector no reúne las condiciones idóneas para tener una alta intensidad en I+D. Hasta ahora utiliza tecnologías muy conocidas, la facilidad de copia es alta y está formado por miles de pequeñas y medianas empresas. Sin embargo, tiene otras condiciones que están impulsando sus inversiones en esta área.

En primer lugar, el propio avance del conocimiento. Si ya Hipócrates de Cos, hace 25 siglos, recomendaba que nuestros alimentos fueran nuestras medicinas, el avance de la ciencia está permitiendo profundizar en la clara relación existente entre la alimentación y la salud. Ya no es solo que una mejor dieta aumenta nuestro bienestar y nuestra esperanza de vida, sino que se pueden modificar los alimentos tradicionales para mejorar el impacto positivo que tienen sobre nuestra salud.

España es el sexto país del mundo en el número de artículos científicos de esta área en revistas reputadas

En ese conocimiento creciente influye también del segundo gran vector de esta dinamización: la genómica. El hombre ha descubierto el alfabeto de la vida y estamos aprendiendo tanto a diseñar formas de vida que se mejoran para dotar de aspectos positivos (productividad, sostenibilidad medioambiental, mejores calidades) como avanzando en un mayor conocimiento del funcionamiento de nuestro genoma individual y las interacciones que tienen con la alimentación y con nuestra salud.

El tercer vector dinamizador de nuestras innovaciones es la aplicación al sector de las tecnologías emergentes en otros campos del conocimiento: las altas presiones, los nuevos materiales, los campos magnéticos, los pulsos lumínicos, las nanotecnologías, etc., se están aplicando ya, proporcionando alimentos con una mayor vida comercial, más seguros, más sabrosos y más sostenibles.

En segundo lugar contamos con un nivel de excelencia en nuestros investigadores. España es el sexto país del mundo en el número de artículos científicos del área agroalimentaria publicados en revistas de la máxima reputación. ¡Los sextos del mundo! Si hasta ahora ese conocimiento no había impactado en la sociedad era por su excesivo alejamiento de la economía privada. Y en ese gap es donde actúa la tercera condición positiva: las estructuras que se han venido creando en los últimos decenios para facilitar la colaboración pública-privada. La organización empresarial del sector, la Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas, impulsó, al final de los ochenta, la creación de centros tecnológicos de constitución pública pero de propiedad y gestión privadas, que llevan ya más de 20 años creciendo ininterrumpidamente, generando patentes, innovando productos y procesos y poniendo la investigación al alcance de las pymes del sector. En el nuevo siglo impulsó la creación de la plataforma tecnológica Food for Life, tanto en la UE como en España. En los ocho años que lleva actuando ha propiciado que se hayan movilizado mil millones de euros en proyectos de investigación con participación española; suma que, para un sector aparentemente poco propicio para investigar, era impensable hace unas pocas décadas.

Como consecuencia de estos factores, la realidad del sector es que en 2012 (último año para el que se dispone de datos) existen cerca de 1.500 empresas que llevan a cabo actividades innovadoras, lo que representa el 23,87% de las empresas del sector, en la línea media de la industria, donde esta tasa es del 23,67%. Estas empresas invirtieron más de 560 millones de euros, lo que supone el 8,27% del total industrial. Detrás de estos datos hay dos aspectos que caracterizan la innovación en las empresas del sector. De una parte, el menor tamaño de las empresas supone que el esfuerzo económico posible sea más reducido que en otros casos. Y, segundo, que también debido a ese tamaño y al tipo de innovación realizada, en cerca de la mitad de los casos la innovación no se basa en actividades de I+D, sino en otras (adquisición de maquinaria y equipo, actividades formativas, diseños y otros preparativos para la innovación…).

Por ello, y desde el convencimiento de lo mucho ganado, la innovación debe ser fortalecida para garantizar su competitividad futura. Además, entendemos que la mayor visibilidad del sector debe reforzarse mediante medidas de estímulo a la innovación, acordes con sus características, además de que tengamos una política sobre la I+D+i menos errática de la sufrida en los últimos diez años.

Los estímulos a la innovación no deben centrarse en la I+D, sino también en ese amplio abanico de actividades relacionadas con la innovación, como la compra de equipos o la introducción de las TIC en la fabricación y gestión; medidas de política industrial orientadas al aumento del tamaño medio de las empresas que les permita abordar actividades más ambiciosas y, por último, estimular de manera decidida los consorcios público-privados para garantizar su adaptación a los continuos cambios tecnológicos y de mercado.

Jorge Jordana. Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas

José Molero. Foro de Empresas Innovadoras