El Foco

La independencia como coartada

En plena era de los gobiernos de Pujol tuve que realizar por motivos laborales frecuentes viajes a Barcelona, donde me entrevisté en varias ocasiones con distintos empresarios, sobre todo de la mediana empresa. Ya entonces, no sin cierta resignación y sotto voce, relataban las andanzas nocturnas y el don de la ubicuidad en suculentos negocios de los vástagos de la saga.

La sociedad catalana es quizá la más rígidamente estructurada en clases de todo el estado español, especialmente las capas altas muestran una jerarquía notable. La permeabilidad entre los distintos estratos y clanes es muy pequeña, y por ello es elevada la cohesión entre sus miembros. Entre ellos circulan con fluidez informaciones confidenciales, se comparte mesa y se traspasan affaires. El patrimonio y los niveles de renta son, lógicamente, el principal baremo para establecer diferencias, pero también pueden serlo los contactos, los apellidos y las procedencias. Los árboles genealógicos adquieren más relevancia social que en otras comunidades.

Resulta difícil creer con todo ello que la élite política y económica catalana desconociera los presuntos manejos que han dado lugar a la fortuna de los Pujol. Desde la conocida, y luego silenciada, frase de Maragall en el Parlament a los sucesivos casos de corrupción, cómo entender que personajes de la misma familia política ignoraran tales extremos. ¿Los mismos empresarios extorsionados también lo desconocían? El propio Artur Mas fue durante diez años consejero de Economía de la Generalitat en el Gobierno de Jordi Pujol, entre otros cargos.

La pregunta inmediata es quién estaba interesado en silenciar estas prácticas. Es evidente que mantener el statu quo beneficiaba a unos y a otros, por lo que la telaraña clientelar fue ampliándose legislatura a legislatura. Las disidencias se acallaban y a los traidores, que también lo eran a la causa del catalanismo, se les desterraba. A medida que iban aumentando las transferencias y el control institucional se hacía mayor, crecía en el mismo sentido la inmunidad. Ahora, la estrategia de comunicación de CiU, la única posible, es desvincularse del jefe, que solo pasaba por allí a leer el periódico –como decía aquel–, pero mucho nos tememos que el fuego haya llegado a los muebles.

Algunos medios de comunicación participaron activamente en esta feria de la ocultación y de la manipulación ciudadana. ¿Guardaron silencio por mandato, por miedo, por ser fieles a los deberes independentistas o por propio interés pecuniario? Otro interrogante se abre para las cúpulas políticas estatales, los miembros del PP y del PSOE que desde Madrid miraron para otro lado a cambio de tapar sus propias vergüenzas. Ahora se revela que el intercambio de apoyos políticos por cesiones de autogobierno fueron una maniobra cuestionable, porque dieron argumentos a los nacionalistas, además de responder a otros móviles diferentes a la estabilidad de gobierno invocada.

Desde la Transición, el ideario del independentismo ha ido transmitiéndose por inmersión a través de la educación y los medios de comunicación, sobre todo los públicos. CiU ha azuzado la pulsión secesionista creando un enemigo común por el método clásico: la acumulación de agravios, de humillaciones y desatenciones por parte del Estado central, a lo que este ha contribuido con probada torpeza. Ahora quiere aprovechar el malestar social creado por el desempleo, la deuda de la Generalitat, los recortes en sanidad y educación (los más duros están teniendo lugar en Cataluña), en suma, el grave deterioro del estado de bienestar –naturalmente, achacable al maltrato financiero a que se les somete desde Madrid–, conscientes de que es su mejor tabla de salvación en las urnas.

La historia nos ha mostrado malos ejemplos de cómo la exaltación de los sentimientos nacionalistas, el recurso a las emociones ligadas a las raíces étnicas, a la patria chica, a la lengua materna, a la bandera y a los himnos, a las tradiciones, a las creencias religiosas, etc. han sido utilizados por algunos grupos o clanes como coartada para sus propias ambiciones de poder político y/o económico.

La oligarquía modelo Ancien Regime, una parte del empresariado más tradicional y la élite burócrata y política conservadora catalana lo quieren todo. Por un lado, monopolizar el control de la armazón institucional de la Generalitat para gozar de los máximos privilegios para sus negocios, actuación sin trabas e inmunidad, y por otro, no quedar desenganchados del tren de Europa y del euro, aunque para ello tengan que asociarse con un artista invitado como es Esquerra Republicana, del que más adelante –piensan– podrían prescindir. Pero atención, porque los últimos acontecimientos pueden anunciar un tremendo error de cálculo.

Lástima que en lugar de recuperar el legítimo y auténtico sentimiento catalanista –con su parte de identidad europeista– maltratado durante el franquismo y dirigirlo hacia una constitución federalista democrática, internacionalista y solidaria, más propia de un nacionalismo europeo de siglo XXI, e integrarlo en un proyecto común que puede jugar un papel más importante en el mundo, se ha preferido abrir una brecha de confrontación que, alentada desde el poder, se complace en un cierto complejo narcisista, de ensimismamiento y autosuficiencia. En lugar de utilizar la lengua y la cultura catalanas como instrumentos de apertura, relación y enriquecimiento con el resto de comunidades, en lugar de mantener una convivencia pacífica con el castellano (beneficiosa sobre todo para la lengua catalana –lograría más difusión–) se la ha utilizado como arma política arrojadiza y buscado la competencia, la pelea por los espacios o las cuotas, cuando no la discriminación de los castellanoparlantes (¿trasunto o vendetta del trato sufrido en los años de la dictadura?).

Cultivada la semilla con buenas dosis de adoctrinamiento, afloran sus frutos: el gusano del separatismo ya está dentro. Se ha exacerbado su componente emocional dibujando a su sombra un futuro próspero y genial. Pero con los sentimientos no se puede jugar. Tendremos, todos, que entender el momento histórico y tender puentes de diálogo que reclaman una revisión o actualización del modelo autonómico/federal. Consensuando los cambios, los sectores fundamentalistas de ambos lados han de encontrarse en minoría. Se imponen los acuerdos negociados sin sobresaltos, tal es el grado de complicidad e historia en común, las relaciones personales y familiares compartidas, los intereses económicos comunes, la realidad de convivencia y respeto existente entre los ciudadanos tomados individualmente, lejos de las llamadas a la trifulca y el enredo del juego político.

Pedro Díaz Cepero es Sociólogo y Escritor