Editorial

Las tareas pendientes después de Escocia

La dimisión de Alex Salmond, ministro principal de Escocia, tras su fracaso político en el referéndum sobre la independencia de Escocia, coronó el viernes una semana en la que toda Europa y buena parte del mundo mantuvieron los ojos fijos en Edimburgo. Nada más conocerse los resultados de la votación, los mercados celebraban con alivio y en forma de subidas generalizadas el no a la segregación, pese a que el resultado no agota de un plumazo todas las incertidumbres políticas que agitan las aguas de la Gran Bretaña. No las agota, pero sí calma un escenario que, en caso de haber ganado la opción independentista, habría sembrado de interrogantes las perspectivas políticas y económicas de Reino Unido y de toda la zona euro. Pese a ello, Escocia no es la única nube capaz de incidir en la estabilidad de los mercados. Crisis como la de Ucrania y Rusia o la explosiva situación de Oriente Medio permanecen en la lista de riesgos que amenazan la seguridad de las inversiones, así como una Unión Europea cuyo liderazgo político continúa manteniendo un bajo perfil. Pero se trata de incertidumbres conocidas, a las que de haber ganado el sí a la independencia escocesa, habría habido que sumar la fractura política de una de las viejas naciones históricas de Europa, un acontecimiento cuyas consecuencias no son fáciles de calibrar.

Una vez pasado ese peligro, la renta variable ha vuelto a una coyuntura favorable en la que las perspectivas de recuperación económica, más un entorno de bajos tipos de interés ofrecen numerosas oportunidades. La apuesta por la Union Jack realizada por el pueblo escocés no solo ha pacificado los parqués, sino también la cotización de la libra esterlina, que llegó a caer durante la semana un 1%. Otro tanto ha ocurrido con el mercado de renta fija. Una vez descartada la hipótesis de una Gran Bretaña sin Escocia, las primas de riesgo de las economías periféricas –como la española– caían el viernes en picado. En el caso de España, el riesgo país tocó mínimos históricos.

Mas allá de la tarea política que afronta una Gran Bretaña que ha sido sacudida en sus cimientos, Europa tiene ante sí una labor de recuperación económica cuyo éxito constituye también una salvaguarda de estabilidad política para la región. No es casualidad, sino una vieja lección de historia, que el escepticismo y el descontento nacionalista crece considerablemente en las épocas de vacas flacas y se modera en las de bonanza. La larga trayectoria de ajustes presupuestarios y sinsabores fiscales que ha recorrido la zona euro desde que estalló la crisis ha servido de caldo de cultivo para el descontento social y ciudadano. A ello hay que sumar el mensaje de confrontación, diversidad de criterios y falta de gobernanza sembrado en numerosas ocasiones por la propia Comisión Europea. Precisamente han sido esas carencias las que han situado al presidente del BCE, Mario Draghi, y a la entidad que dirige como la mano encargada de señalar el camino a seguir en materia de política económica. Junto a las medidas extraordinarias adoptadas por el organismo, Draghi ha tomado sobre sus espaldas la responsabilidad de alertar a los Gobiernos de la zona euro de que ha llegado la hora de que hagan su parte del trabajo, esto es, de que comiencen a combinar el control presupuestario con los estímulos a la actividad.

Una prueba de la necesidad de acometer cuanto antes esa labor de estímulo se ha visto durante la primera de las dos grandes subasta de liquidez extraordinaria que ha puesto en marcha el BCE como fórmula para canalizar el crédito a las empresas. Pese a la expectación generada, la banca europea ha solicitado en conjunto 82.601 millones de euros, una cifra por debajo de los 100.000 millones que había previsto el mercado. En el caso del sector financiero español, la demanda se ha quedado en la mitad de lo que se podría haber pedido. Las razones de esta respuesta tienen que ver, en buena parte, con la falta de proyectos e iniciativas empresariales capaces de conformar una demanda solvente para el crédito. Las últimas proyecciones sobre la economía europea dibujan un panorama de enfriamiento económico que puede resultar tan o más peligroso, en términos de estabilidad, que un órdago independentista. Es hora de que los Gobiernos asuman seriamente que la política y la economía deben caminar a la par.