Tribuna

Regreso al Telón de Acero

Hacía décadas que no se producía en Bruselas un relevo tan agitado como el que se está viviendo este mes de agosto. Cuando aún no hay acuerdo sobre la composición de la nueva Comisión Europa y los recién elegidos europarlamentarios apenas han estrenado sus flamantes despachos, el veto ruso ha encendido los ánimos del campo europeo y reclama acciones inmediatas desde las capitales del Viejo Continente.

Los productos alimenticios son el objetivo de la respuesta rusa a las sanciones europeas en el ámbito financiero, pero las consecuencias de una y otra acción son bien distintas. Las medidas financieras afectan a un grupo reducido de empresas y bancos rusos, a la vez que agentes de bolsa de la City o Fráncfort padecerán también sus efectos. En cambio, las consecuencias sobre el campo europeo son a priori más amplias, con miles de empleos amenazados y los precios de la fruta en riesgo de caída libre. Sin embargo, la política rusa en el ámbito alimenticio lleva ya años en una peligrosa deriva proteccionista.

Los años de Putin han estado marcados por su ambición de lograr mayor autosuficiencia alimenticia y desarrollar su industria en este ámbito, además de estar sujeta a los vaivenes de la geopolítica. Los exportadores españoles de carne ya han sufrido varios vetos en la última década, el más grave en mayo del pasado año cuando la agencia fitosanitaria rusa canceló unos 700 registros de exportadores europeos. En efecto, la agencia Rosselkhoznadzor se ha convertido en la bestia negra de las cárnicas europeas en los últimos años. Ahora se suma la fruta fresca, inicialmente no sometida a dicho organismo, pero afectada por el veto.

Rusia minimiza los efectos de su radical medida sobre su consumo interno, indicando que solo afecta al 10% del mercado. Sin embargo, algunos medios independientes cercanos a la OMC muestran cifras más altas, del 32% en la carne o el 43% en lácteos. Sin duda, el gobierno ruso ya se ha apresurado a encontrar alternativas, principalmente en el norte de África para la fruta y Sudamérica para la carne. Sin embargo, estos cambios no son rápidos y deberán adaptarse los canales de venta y de importación en Rusia.

Una Argentina ávida de divisas para pagar a los buitres y el Paraguay, en proceso de desarrollo de su sector cárnico de gran potencial, tienen gran interés en introducirse en el mercado ruso, como también la pujante industria hortofrutícola marroquí y egipcia. En este contexto se plantean posibles operaciones triangulares, en las que las empresas españolas puedan invertir o exportar su know how hacia estos países. Por fuerza deberemos reemplazar la exportación directa a Rusia por procesos más complejos y sofisticados.

Mientras Rusia renuncia a sus proveedores más cercanos, otro mercado emergente, China, toma posiciones en sentido opuesto. Entre 2008 y 2012, con la firma del acuerdo fitosanitario con China, las exportaciones españolas de carne a China se han quintuplicado. La inversión de los grupos Shuanghui/WH y Fosun en Campofrío y Osborne, respectivamente, confirman el interés estratégico chino en este sector. La homologación de los productos alimenticios españoles en China, aunque lenta, parece exenta de la arbitrariedad de Rosselkhoznadzor y resulta más accesible desde la instalación en España de algunas agencias certificadoras chinas. Sin duda, el futuro de la carne española se podría jugar en Asia.

En el caso de la fruta, es evidente que su carácter perecedero exige buscar mercados cercanos. Los países de Oriente Medio son una buena alternativa, a pocos días en contenedor refrigerado y donde España goza de una excelente imagen. Los países del Golfo importan anualmente unos 35.000 millones en alimentos, una cifra que se duplicará hasta 2020.

En el difícil contexto actual, la administración está obligada a multiplicar los convenios fitosanitarios y facilitar al máximo la homologación de alimentos españoles en nuevos mercados de alto crecimiento. La ausencia de liderazgo en Europa y el nuevo nacionalismo de Putin han impedido la creación de un gran espacio comercial que iría desde Cádiz hasta Vladivostok. En cambio se erige un nuevo telón de acero que de momento afecta a los productos alimenticios.

JacintoSoler-Matutes es socio de Emergia Partners y profesor de la UniversidadPompeu Fabra.